Ira y sátira: el nuevo orden antipolítico
¿Qué sucede cuando la sátira es capitalizada por el poder? ¿Cómo cuestionar a un gobierno que abraza el discurso del “todo vale”? Esta es la segunda parte de un artículo que se publica en las ediciones de sábado y domingo de El Observador de esta semana.
La bronca esputada en modestos caracteres en una red social, tanto como la rabia que rodea como espuma a ciertos personajes repletos de seguidores, no parecen asociados inmediatamente a hechos de injusticia o violencia sufrida por sus voceros victimizados. ¿Se trata de una ira vaciada, ensimismada, desligada de un encadenamiento que la vuelva inteligible a lo que en algún tiempo se consideró una “conciencia crítica”? ¿Se puede, de hecho, comprender la ira desde una posición serena, casi exterior?
La ira que sale a la superficie como petróleo y mancha con su textura poco receptiva y pegajosa todo lo que se parezca a una esfera pública aparece como reverso de una época dominada por un mandato positivo, que no reconoce en el conflicto un aspecto determinante de la estructuración social. En ese contexto crecen los discursos de quienes prefieren autoeximirse de la complejidad conflictiva y, en todo caso, discriminar a los “conflictivos críticos”. Pero cuando una sociedad se vuelve poco avezada para el conflicto, los vínculos y la negociación social; en definitiva, cuando se desentiende de la complejidad que está en su base, solo sabe de negacionismos y enfrentamientos. ¡Cómo no rehuir del conflicto si este solo puede ser fantaseado como confrontación virulenta!
La ira resulta inseparable del supremacismo. Este último es la figura complementaria que acoge la frustración, generando un sentido de la ofensa y un propósito de cierta escala y volumen para las vidas empequeñecidas. En Estados Unidos cuentan con una reserva supremacista de larga data, con organización y financiamiento y, hoy día, con un presidente que lo encarna cínicamente. En nuestro país, debemos acostumbrarnos a la versión arrabalera de la humillación y la autohumillación voluntaria, a un formato tilingo de supremacismo que encuentra personajes menores de la vida social y política, a planteos y enunciados entre torpes y decadentes que se autoperciben “superiores”. Encarnan aquella frase de: “Argentina, país generoso”, y la exprimen al máximo con sus performances de “make Argentina great again”.
Cualquier tipejo, desde un exbarrabrava devenido diputado hasta una exvedette con dudosas aptitudes, se suben por igual al tren de los ganadores y desde ahí denuestan a los demás por su condición socioeconómica o ideológica. Y este discurso de influencers llega a Davos en el discurso de Milei, menos un mandatario de un Estado que un influencer buscando un trabajo por venir.
En un provocador ensayo, el escritor y filósofo checo Vilém Flusser establece cierta conexión entre la ira y lo ilimitado, entre el rechazo a las leyes y la necesidad de estas para perseguir el ideal de la libertad. Así como la lujuria –del mismo género de los “pecados” que la ira– tiene que ver con la búsqueda del placer inmediato y extático al mismo tiempo, la ira es la emoción ciega detrás de la razón que calcula y gobierna las cosas. En última instancia, es un deseo rabioso de liberación completa de la mente. Una mente que se arroga la potestad de las leyes que reducen la naturaleza, pero que no estaría ella misma sometida a esas ni a ninguna ley.
Asumiendo su diagnóstico, como antecedente inmediato de una época como la nuestra, ¿hipermoderna?, cabe preguntarse por la relación de la ira que viaja a través del silicio como su único soporte material, con una mente no tanto “liberada” como “desregulada” y, esta vez, menos dueña de leyes e incluso subordinada a una racionalidad que por comodidad podríamos llamar algorítmica (la “enfermedad” que sucede a la prepotencia cientificista).
El sueño bajo de la razón, “el proyecto existencial de la ira”, consiste en controlarlo todo, aunque, en la era de la complejidad, momento en que ninguna voluntad está en condiciones siquiera de mover una ficha –de algo que, por cierto, ya no es un tablero–, la ira cambia de sentido, ya no se trata del pleno control sino de rechazarlo todo.
La ira desencarnada de nuestra época combina una mente desregulada con una red infinita de potenciales, tan precaria como alucinada, ya que no es necesario poner el cuerpo para odiar, nadie rinde cuentas ni se hace cargo de sus dichos, entre posteos y mensajes cobardes de la cloaca social. Tirar la piedra y esconder la mano se ha vuelto el gesto propio de nuestro fascismo actual.
En ese sentido, quienes cuestionan a personajes como Milei por sus modos y su supuesta falta de cordura deberían prestar atención a la reacción que se masculla cotidianamente en los recovecos de las metrópolis, en el desprecio a la vida que las personas cualesquiera sienten como su propio baluarte moral, en el deseo de castigo y humillación de los otros que creció en los lazos de la comunidad todos estos años. Milei es muy parecido a la pobreza de espíritu que atraviesa a buena parte de la población. En ese sentido, no hay nada de “outsider” en su figura. Se trata de una pura confirmación del policía que llevamos dentro de cada quien, nacido del terror menos que del deseo democrático (como sentenciaba León Rozitchner en la posdictadura). Un verdadero “outsider” no obtendría votos ni contaría con la imagen pública de Milei. Su figura combina esa relación casi mimética que mantiene con una parte importante de los argentinos, y la astucia política de una clase artera a la que pertenece y que él mismo –a fuerza de cálculo– supo llamar “casta”.
Nada más reaccionario en nuestro tiempo que la creencia en una suerte de mente liberada, de la posibilidad de realizar la fantasía de decir y hacer cualquier cosa sin consecuencias. La ira, en el fondo, tiene que ver con la voluntad de dominio, de gobernar las cosas y de ejercer un poder sobre los demás. Se trata de una racionalidad violenta y posesiva que suele esconderse bajo alguna forma de victimismo y justificarse tautológicamente por su “emoción violenta”, figura que logró hacerse un lugar en la razón jurídica. Es el momento en que superstición y extrema racionalidad de la ciencia aplicada se encuentran.
La frase ultimum barbarum, aquellos que indignaron a Spinoza, no son ya las turbas del siglo XVII, están más cerca de los linchadores de hace unos años, personas “de bien” que en el trayecto de la casa al trabajo y del trabajo a la casa se descubrían capaces de participar en una golpiza a un chico por un presunto robo. Linchamientos que en algunos casos terminaron en asesinato colectivo. En nombre de la autoridad, en afinidad con la policía, nuestros linchadores se mostraron capaces de albergar un imaginario aspiracional de persona “de bien”, en la disputa callejera por la legitimidad de las vidas (según analizamos testimonios y actividad en redes cuando armamos el libro Linchamientos. La policía que llevamos dentro, 2015).
Hoy las redes sociales mantienen a resguardo de causas penales a esas mentes “liberadas”, a ese deseo desregulado al que Milei dio una voz institucional, realizando la paradoja de legalizar comportamientos que, por definición, exceden cualquier legalidad. Porque, en el fondo, la ira dice “yo soy la ley”. Y en la superficie virtual ni siquiera hay “yo”, sino la pura indistinción entre ley y mente desregulada, la posibilidad efectiva de una “idea desnuda”, sin cuerpo ni relación encarnada.
Eso es el algoritmo. Ya no expresa el conocimiento matemático para la manipulación del mundo, sino una matemática que opera de hecho y conforma el suelo de los desechos pasionales, de los sucios secretos de miles de pusilánimes vueltos derrame iracundo detrás de un seudónimo. La confusión definitiva de pasión y cálculo. El vaciamiento del lenguaje es correlativo de una pobreza de experiencia que avanza haciendo su curso.
Es esa la “libertad” que avanza. El fin de toda exigencia de pensamiento, de consideración por los demás y de costos reales por las acciones. Aunque sabemos que nadie escapa al purgatorio.
Mientras tanto, desde el pensamiento crítico se postulan “disputas” aquí y allá y se simboliza en exceso. La sobresimbolización es, en algún punto, pariente de las fake news, algo así como un fervor prefabricado que en un mar de incertezas provee islotes seguros, lugares (imaginarios, virtuales, fantaseados) en los cuales es posible constatar una sensación, una idea, incluso una bronca. El reverso de ese deseo de verificación de la propia existencia es la negación de los demás, una desconfianza radical cada vez más a la mano, ya que los habitantes de esos frágiles islotes no pueden sino ver en los demás a gente empeñada en verificar, contra ellos, su propia existencia.
Acostumbrados a pensar, analizar y librar disputas políticas, diputas por el sentido o territoriales, nos debemos hoy una pregunta sincera: ¿estamos disputando algo realmente?, ¿vivimos en un escenario de disputas reales? La vida anímica de nuestras sociedades se mueve entre el descontento creciente y la sátira en declive. Sátira que, proveniente de los bajos fondos populares, encarnó una forma de burlar jerarquías, desgastar el cuero de los poderosos y hasta habilitó zonas de complicidad horizontales habitables para cualquiera.
Pero no es lo mismo “cualquiera” en la calle que cualquier usuario en las redes. La diferencia entre unos y otros es nada menos que el cuerpo. La sátira surgió y vivió como un fenómeno corporal, entre catártico y reivindicatorio, una forma de pasar a la ofensiva sin gran costo y restituir una dignidad disponible para quien la deseara.
Entre tanta voluntad de humillación de los otros, deseo de punición, e incluso de sometimiento, la sátira capturada por redes de poder invierte su sentido histórico, literario y humorístico. La sátira goza de cierto encanto popular cuando vaga disponible para su uso callejero, cuando el humor gráfico, la literatura o el periodismo logran convertirse en su fiel caja de resonancia y sus ecos dejan sin demasiada respuesta a un ministro o a un presidente, a un cura o a un CEO.
Cuando las “disputas” se pusieron demasiado serias, sobre todo cuando empezaron a caer desde arriba con su pátina “progresista”, como bajadas de línea listas para su consumo, la muy tematizada y a esta altura innegable separación entre representantes y representados, instituciones y vida social, se volvió reacción de odio e ira entremezclada.
En los últimos años no solo experimentamos un duelo definitivo respecto de la potencia y creatividad social que, entre otros vectores, caracterizó a la irrupción de 2001 en nuestro país, sino que fuimos testigos de su completa inversión (o de la persistencia de su aspecto reaccionario, antipolítico).
*Ensayista, docente e investigador (Unpaz, UNA, IIGG-UBA).
**Doctor en Filosofía y Letras (USP), ensayista y poeta, docente e investigador (UBA, Undav).
Ambos autores de varios libros y artículos, editores y compiladores. Juntos publicaron El anarca (Filosofía y política en Max Stirner) (Red Editorial), y recientemente Sátira y política. Diario de la Argentina de Milei (Prometeo).
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