Manifiesto del espacismo

La poesía exiliada de la memoria y de la voz pide volver a su tierra

Reprimido y exiliado de fuerza, el poema huyó de la memoria de los hombres y se sacralizó su grabación en lo atemporal del libro. Los “espacistas” exigen devolverle a la poesía su lugar: el espacio íntimo que nace entre el que la grita y el pecho que la recibe.

‘Verba manent, scripta volant’. Lo que un libro recuerda un hombre se olvida. Foto: cedoc

Frente al hombre moderno quieto y callado, frente al distraído definitivo: la biblioteca resplandeciente e intacta como objeto de decoración, como símbolo inánime. En cada biblioteca inmóvil se extiende el cementerio de la poesía, se extiende la necrópolis desértica. Adentro: filas y filas de tumbas ruinosas, filas y filas de versos olvidados que esperan.

Reprimido y exiliado de fuerza, el Poema huyó de la memoria de los hombres, huyó de la voz que lo declama y del pecho que lo recibe. Destierro tras destierro, vino a morir aquí: en el libro mudo y cerrado del hombre moderno. 

No existen mitologías contemporáneas, tampoco existen odiseas de nuestro tiempo justo porque no quedan voces para contarlas. Sin mitología de lo vivido, uno no se da cuenta de que su propio testigo se incluye dentro de algo más grande que se llama la historia de nuestro tiempo; uno no puede concebir que el grito impotente de su lucha cotidiana se suma al canto general de guerrillas ideológicas más extensas. De ahí que el grito queda sin otra respuesta que su propio eco, que el sentido mayúsculo fallece y que el Sísifo moderno se retranquea en su rutina amnésica: ganar dinero y gastar dinero, consumirse en su trabajo y olvidarse en el consumo. 

Nos falta el espejo que nos despeja de lo absurdo de la vida y que nos enseña cómo y cuánto nuestros rostros y nuestros destinos se encuentran en otros. Este espejo que nos permite compartir rostro y destino, que nos permite entonces hacer comunidad humana, este espejo que nos libera de la ilusión del vacío de la vida, se llama poesía. 

Basta entonces con encerrar a nuestros testigos en poemarios-ataúdes. Basta con descubrirlos a solas en libros poéticos. 

Mis hermanos versos desean liberarse de sus cadenas y vivir libres sobre los labios de los que los pronuncian, difundirse dentro del aliento cálido que emite una voz al declamar y desplegarse dentro del espacio íntimo entre un hombre y otro.

De ahí que la poesía no pide ramos u oraciones, tampoco le importan los lamentos y las piedades de los fatalistas que se complacen en el diagnóstico sin remedio. La poesía aún sobrevive y pide, y lleva tiempo pidiendo, tiene derecho a pedir, y pedimos con ella que vuelva a su tierra. 

Pide y pedimos con ella que vuelva a existir dentro de la memoria humana; espacio privilegiado que uno construye en sí mismo cuando elige compartir su vida con cierto itinerario laberíntico de palabras, con ciertos testimonios de vida y de lucha. Pide y pedimos con ella que también vuelva a existir dentro del espacio íntimo que la voz al exprimirse crea. En fin, pide que le devolvamos un espacio de vida, un espacio de lucha, un rincón en la cultura viva. Otra vez: la poesía quiere volver a su tierra.

Los modernos “poesidios” (asesinos de poesía) veneraron a los signos, sacralizaron a los textos, y dieron forma geométrica al poema, convirtiendo la poesía en caligramas enigmáticos, en dibujos herméticos, en arte plástico, convirtiendo su descubrimiento en un acto individual de contemplación muda. 

Al sacralizar la grabación de la poesía en lo atemporal del libro, al creer convertirla en eternidad, justo impidieron su existencia en lo real, su existencia imperfecta dentro del instante y de la voz, dentro de la fuga inesperada de una declamación viva. La poesía no se contempla como un arte sin movimiento, como un arte muerto, no se venera como un texto sagrado tampoco, sino que se vive, se chilla, se silba, se palmea y se zapatea. La poesía es un grito popular y profano que despierta el hombre, que lo extrae de su rutina y que lo recibe en el territorio salvador de la comunión humana. 

¿Verba volant, scripta manent? (¿La palabra se esfuma, lo escrito perdura?). 

A menudo uno piensa que lo que se escribe, lo que se publica, lo que se imprime, es lo que merece ser memorizado. Nosotros, espacistas, afirmamos todo lo contrario: lo que un libro recuerda, un hombre se lo olvida. Entonces, todo lo que no se merece memorizar debería estar escrito, publicado, impreso. El resto, todo el resto, merece que se memorice y que se declame, que se transmita por la palabra de generación en generación y que adquiera tantas versiones que hay de declamadores o de momentos en cual se declama, que se transmita por la palabra que siempre queda viva. De ahí que: Verba volant, scripta manent, no. Verba manent, scripta volant. (La palabra perdura, lo escrito se esfuma). 

Por lo tanto, no pedimos un auto da fe general. Nosotros, espacistas, concebimos el libro como un músico las partituras. De hecho, la partitura nunca remplazará el concierto, sino que justo es lo que lo vuelve posible y por esa única razón adquiere valor. Lo que pedimos del libro es que salga de la figura sagrada que aquellos modernos “poesidios” construyeron, que vuelva a su función inicial: hacer posible la declamación. 

Como un percusionista con las manos ensangrentadas y la frente sudada que anotaría frenéticamente su partitura al descubrirla y practicarla, el espacista cuya voluntad es que la poesía regrese a su tierra de la palabra, debe anotar sus libros con la misma intensidad, con las mismas ganas, la misma frenesí, orientando la lectura hacia la declamación. 

Espacistas son los que memorizan. Espacistas los que declaman. Espacistas los que contribuyen a que la poesía vuelva a su tierra. Cada memorización es un acto de resistencia contra el gran olvido. Cada declamación un acto de rebelión frente a lo absurdo. Resistamos juntos y ahora justo porque urge. Hagamos que el regreso empiece ahora. Declamemos juntos y completemos la siguiente estrofa, ahora: