Martín Slipak: “Hoy el esfuerzo ya no alcanza”
El intérprete estrena Ambiente, una pieza sobre padres, hijos, vivienda y frustraciones generacionales atravesadas por la crisis actual.
En un tren de Madrid a Toledo, mientras viaja para presentar un podcast, Martín Slipak responde sobre Ambiente, la obra que escribió y dirige y que estrenó el 8 de mayo en Espacio Los Vidrios. Lo que comienza como una discusión doméstica alrededor de una mesa se transforma rápidamente en algo más incómodo: una radiografía de las tensiones económicas, emocionales y simbólicas de una generación que siente que el futuro quedó suspendido.
—La obra parte de una pregunta muy concreta pero también incómoda: si un hijo puede pedirles a sus padres que vendan su casa. ¿En qué momento sentiste que ese conflicto hablaba de algo mucho más grande que una discusión familiar?
—No tengo un pensamiento cerrado sobre la responsabilidad patrimonial entre padres e hijos. Entiendo que en sistemas donde no se puede garantizar una vivienda, muchas veces esa responsabilidad termina recayendo en las familias. Y ahí cada vínculo tiene sus propios códigos. Si respondo desde mi deseo como padre, diría que lo único que quisiera es dejarle una casa a mi hija para que viva tranquila. Pero también entiendo a quienes sienten que el esfuerzo económico de toda una vida quieren disfrutarlo en su vejez. Las generaciones jóvenes viven condiciones económicas muy distintas a las que vivieron sus padres y eso cambia todo. Creo que traer un hijo al mundo implica responsabilidades que no terminan cuando cumple 18 años. Cuando hay vínculos sanos, aparecen responsabilidades afectivas mutuas. A veces ayudan los padres y otras veces ayudan los hijos. La obra nace de esa tensión y de preguntarse cuánto sacrificio corresponde hacer por la familia y hasta dónde.
—La obra parece retratar una generación que heredó menos certezas que sus padres. ¿Te interesaba hablar también de una crisis emocional y simbólica de época?
—Totalmente. Muchos jóvenes de clase media sienten que solo van a tener una casa propia cuando sus padres ya no estén y la hereden. Y eso genera culpa. Porque nadie quiere vincular el deseo de estabilidad con la muerte de sus seres queridos. Pero al mismo tiempo evitamos hablar de esas cosas y el silencio empeora todo. También somos generaciones que perdieron la fe. Nos dicen que hay que esforzarse, que todo llega, pero no vemos resultados. Trabajamos todo el tiempo y aun así no alcanza. Encima aparece el discurso meritocrático y sentimos que si no logramos ciertas cosas es porque estamos haciendo algo mal. Y a veces vemos que nuestros padres viven mejor que nosotros. Eso también produce desconcierto.
—Hay algo muy potente en cómo la obra transforma una cena cotidiana en una batalla afectiva. ¿Cómo trabajaste el equilibrio entre el humor, la incomodidad y la tensión dramática?
—Yo creo que la vida es comedia hasta que aparece la tragedia. La obra tiene dos partes muy marcadas. Primero está lo absurdo de lo cotidiano: un padre que maneja Uber y quiere estudiar en Timbre 4, una madre que pinta cuadros de dudosa calidad, un hijo que arregla computadoras mecánicamente. Pero cuando el hijo plantea que necesita que sus padres se achiquen para poder tener algo propio, todo cambia. La obra se frena. Ya no hay automatismos. Los personajes empiezan a elegir cada palabra porque entienden que cualquier decisión va a producir dolor. Ahí aparece el drama. Hay humor negro y acidez, porque yo también soy así, pero llega un momento donde la obra obliga a parar y preguntarse qué clase de familia somos.
Teatro frente al derrumbe
J.M.D.
—En la obra nadie parece tener completamente la razón. ¿Te interesaba escapar de una mirada moral sobre padres e hijos?
—Sí. La obra funciona porque es dilemática. Todos tienen razón y todos sufren. Nadie habla desde la maldad o el egoísmo. El hijo no quiere desear la muerte de sus padres para tener una casa y los padres sienten que mudarse a cierta edad sería casi apocalíptico. Me interesa pensar el teatro como un espacio de crisis: personas que intentan resolver desde el amor algo que quizás no tiene solución. La obra no baja línea. Lo que propone es diálogo.
—Venís de una trayectoria muy amplia como actor, pero también escribís y dirigís. ¿Qué aparece en tu escritura que no encontrás solamente actuando?
—Las preguntas personales. Yo no escribo de manera constante. Generalmente escribo cuando hay una crisis existencial o algo que necesito pensar. Y además soy muy fanático de construir lenguaje. Para mí no es solo el texto: los actores, la luz, la sala, el barrio, el flyer, todo forma parte de la misma pregunta que se hace la obra. Veo cada proyecto como un sistema completo.
—En un contexto donde gran parte de las conversaciones públicas pasan por la crisis económica, ¿qué puede hacer el teatro para hablar de estos temas sin convertirse únicamente en “teatro de coyuntura”?
—Prefiero un teatro de coyuntura antes que un teatro que mire para otro lado. Hablar del presente no significa caer en obviedades. El lenguaje permite trabajar esos temas desde distintos lugares, con extrañamiento, con humor, con tensión. Pero la coyuntura actual es insostenible. Y si el teatro no se hace cargo de lo insostenible de este momento, entonces habría que preguntarse qué estamos haciendo.
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