Hay productores que logran desarrollar una firma sonora reconocible incluso trabajando con artistas completamente distintos entre sí. En la escena argentina actual, Mateo Rodó parece haberse convertido en uno de esos nombres. Sus créditos aparecen detrás de discos de Abel Pintos, Silvestre y La Naranja, Indios, Silvina Moreno, La K’onga o MYA, entre muchos otros proyectos atravesados por búsquedas musicales muy diferentes. Este año, Rodó se convirtió además en uno de los productores más presentes en los Premios Gardel 2026, donde obtuvo cuatro nominaciones y terminó ganando en la categoría Mejor Álbum Artista Romántico Melódico por Gracias a la vida, de Abel Pintos. Formado en Berklee College of Music y también vinculado desde chico al universo del teatro musical, el productor habla sobre identidad artística, narrativa sonora y el desafío de construir discos en tiempos de consumo veloz. ¿Qué busca preservar Rodó de la identidad de cada proyecto cuando entrás como productor? Su respuesta: “Esa es justamente la primera pregunta que me hago antes de arrancar cualquier proyecto. Lo que siempre intento descifrar es qué hace que la identidad de ese artista sea tan especial, para nunca perder de foco su personalidad. A partir de ahí, el desafío como productor es innovar y encontrar nuevos caminos para que esa esencia se exprese, pero sin desdibujarse jamás. Un caso muy claro es el de Silvestre y La Naranja. Son una banda con una fuerza arrolladora en vivo, pero al mismo tiempo tienen una mentalidad muy de laboratorio pop; les encanta experimentar en el estudio y generar complejidades musicales que a veces son un desafío enorme para llevar al escenario. Gran parte de su magia está en ese equilibrio entre el virtuosismo del vivo y la búsqueda sonora del estudio. Cuando entendés eso, podés explorar géneros distintos sin perder nunca la identidad de la banda”.
—Tus nominaciones de este año atravesaron rock, pop y canción de autor. ¿Sentís que hoy la producción musical argentina está menos atada a los géneros?
—En líneas generales sí, siento que hoy la producción musical está bastante menos atada a los géneros musicales. Pero al final también depende de cada productor. Hay quienes eligen enfocarse en un estilo muy específico y otros que prefieren moverse entre distintos universos musicales. Las dos opciones me parecen totalmente válidas. En mi caso disfruto mucho poder moverme entre artistas y géneros diferentes porque cada proyecto te obliga a encontrar nuevas herramientas y nuevas formas de escuchar.
—¿Qué cambia cuando la música acompaña una narrativa audiovisual?
—En los proyectos audiovisuales la narrativa es mucho más explícita porque hay una historia concreta y diálogos sobre los cuales apoyarse. En las canciones también existe una narrativa, pero muchas veces es más subjetiva. Igual, en ambos casos mi enfoque es parecido: intento seguir lo que esa obra necesita expresar emocionalmente. En una serie me guío por el desarrollo de la historia y en una canción por aquello que transmite el artista. Pero en ambos casos se trata de construir climas y acompañar una emoción.
—¿Cómo conviven en vos esa formación académica y una sensibilidad más intuitiva o popular?
—Me llevó bastante trabajo poder incorporar todo lo aprendido académicamente al trabajo concreto de producción. Pero con el tiempo entendí que la producción musical es una actividad muy integradora. Todas las influencias terminan moldeando tu personalidad como productor. Entonces incluso aquello que parecía lejano a mi trabajo específico terminó siendo importante, incluida toda mi influencia familiar y teatral.