Los titanes tecnológicos salieron prácticamente ilesos de entre los escombros. Luego llegó el ascenso de Trump, que los obligó a abandonar la relativa comodidad de la corrección política progresista de la era Obama. Silicon Valley había construido una relación de trabajo con el Partido Demócrata tras el desmantelamiento de los sindicatos por parte de Ronald Reagan –hasta entonces sus principales financiadores–, según explicó el académico Jonathan Taplin durante una entrevista publicada hoy en página 38. Pero en el fondo, la mayoría de estos emprendedores estaban más próximos a las ideologías libertarias, muchos formados en la lectura de Ayn Rand, empujando al Estado a apartarse de su camino para dejarlos innovar. Trump, maestro de la atención mediática que brilló en la era de las redes sociales, volvió sus propias herramientas contra ellos. Se unieron para enfrentarlo tras los disturbios en el Capitolio de 2021, cuando se negó a reconocer su derrota electoral. En su segundo mandato, todos se alinearon detrás de él; todos dijeron presente en su toma de posesión, y Elon Musk lo hizo como representante oficial dentro de la administración. El covid-19 sumó más caos y una dependencia aún mayor de sus tecnologías.
Una vez que se volvieron trumpistas, cayeron todas las máscaras. Comprendieron que debían jugar el juego político de la única manera que conocen: el control monopólico. Financiaron partidos de extrema derecha en todo el mundo y se lanzaron de lleno a las guerras culturales anti-woke. Mark Zuckerberg quedó expuesto ante la opinión pública con el escándalo de Cambridge Analytica, donde su empresa fue cómplice del uso de datos personales para manipular votantes. Sus apariciones robotizadas ante el Congreso confirmaron lo peor de lo que el personaje interpretado por Jesse Eisenberg en La red social había retratado, en contraste total con la imagen que construyó después: saliendo con DJs, cargando cadenas de oro y siendo el alma de la fiesta. Nadie duda ya de que las redes sociales y los datos personales se utilizan para la influencia política. Elon Musk compró Twitter, lo rebautizó X y se otorgó una plataforma global desde la cual cuestionar cualquier expresión de la cultura progresista, mientras impulsa una agenda de derecha y hace propaganda de sus empresas para inflar el precio de sus acciones. Según Taplin, además está comprometido como contratista del Estado, en particular del complejo industrial-militar, un esquema que comparte con Peter Thiel y Marc Andreessen.
SpaceX controla los lanzamientos espaciales para el gobierno norteamericano, Palantir –de Thiel– es el jugador principal en vigilancia masiva, y Anduril –de Thiel y Andreessen– provee drones para operaciones militares.
La inteligencia artificial turboalimentó una era de cambio exponencial y los ciclos de innovación se suceden ahora en meses, incluso semanas. Una nueva generación de oligarcas tecnológicos llegó con ella: Sam Altman, de OpenAI; y Dario Amodei, de Anthropic, entre los más destacados. Sus herramientas, en desarrollo desde hace al menos una década, permiten procesar volúmenes masivos de datos en una fracción del tiempo que antes demandaban. Ocurre en un momento en que una porción sustancial de nuestras vidas transcurre conectada al ecosistema digital, dada la proliferación global de smartphones y dispositivos. La posibilidad de resolver problemas enormemente complejos en tiempo récord lleva a muchos a predecir la erradicación del sufrimiento global a medida que la mayoría de las enfermedades sean abordadas. Los robots podrían reemplazar a toda la fuerza laboral humana, llevando a algunos a proponer el ingreso básico universal mientras las personas quedan liberadas para dedicarse a lo que deseen. El envejecimiento podría revertirse acercándonos a algo parecido a la eterna juventud. Estas visiones tecno-optimistas contrastan con el temor a una vigilancia masiva que conduzca a un Estado del Gran Hermano, donde cada movimiento sea observado y analizado para predecir intenciones. Los algoritmos quedarían a cargo de identificar criminales, librar guerras y decidir cuándo apretar el gatillo. Vehículos no tripulados podrían convertirse en armas entre Estados o en una suerte de raza digital de robots autónomos. Las películas de Matrix pintan un cuadro que ya no parece tan lejano.
El futuro es incierto y el final siempre está cerca –cantaba Jim Morrison con The Doors en Roadhouse Blues, en los años 60. Las predicciones suelen fallar y el ritmo del cambio es tal que la experiencia acumulada vale cada vez menos para construir visiones prospectivas.
La creciente desigualdad, la colosal concentración de riqueza en la cima y el estancamiento económico de las clases medias y bajas marcan tendencias preocupantes. El ascenso de populismos extremistas en ambas puntas del espectro y la erosión de la confianza en las instituciones democráticas se han vuelto una realidad. La inestabilidad geopolítica crece a medida que la superioridad de Estados Unidos se erosiona y China achica distancias. La innovación tecnológica abre oportunidades para abordar muchos de estos problemas. La verdadera pregunta es si la humanidad será capaz de articular un futuro juntos en el que la mayoría esté bien o si solo unos pocos prosperarán a costa del resto. Es curioso: se trata del mismo problema de siempre.