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El fantasma de Alsina

En contra de los denuestos del pétreo J. A. Roca, el plan de A. Alsina no era en absoluto desatinado. Nada que ver con esa idea tan bella, tan literaria, de hacer una muralla china invertida, en excavación. En la Revue des Deux Mondes del 19 de mayo de 1876, el ingeniero francés A. Ebelot deja constancia de mi afirmación. Alsina planeaba una expedición militar para arrancar a los pueblos originarios una zona de treinta leguas de ancho y unas cien leguas de longitud que abarcaba parte del norte de la provincia de Buenos Aires y un cachito de Santa Fe, quitándoles los mejores pastos para instalar en ellos los campamentos de la tropa. Eso obligaría a los malones a estirar sus galopeadas por setenta leguas más entre la ida y la vuelta a los toldos, agotando los caballos y permitiendo que las fuerzas militares los alcanzaran y combatieran con mayor efectividad. En el fondo y a la larga, se trataba de ir tarasconeando nuevos territorios a cada continuidad de la expedición. Ahora bien…

El sueño de la plata dulce había imperado durante algunos años en la Confederación Argentina: edificaciones, lujo, importaciones. Lo que ayer fue novedad hoy, pasados 150 años, es repetición, redundancia. Como el gasto había que financiarlo, el gobierno nacional se apuró a sacar empréstitos a cuenta de la prosperidad futura. Y cuando la guita llega el presupuesto de gastos también crece, así que ¿qué otra cosa podían hacer nuestros benefactores ingleses salvo seguir prestándonos a las tasas que creyeran convenientes y a la espera del momento en que comenzáramos a pagar? A eso se llama crédito, que es un espejismo como cualquier otro: el oasis momentáneo te impide vislumbrar que el pago de la cuota será el pedazo de arena del desierto que empezarás a masticar. Y eso pasó, faltaba más. Cito acá a Alfredo Ebelot en su libro La zanja de Alsina: “El Estado y los particulares sufrieron por igual los efectos. Los particulares se zafaron con grandes quebrantos, el Estado sufrió una disminución tal de los ingresos que, para hacer frente a los servicios indispensables, tuvo que echar mano a recursos extraordinarios. Las importaciones habían cesado, la aduana no aportaba más nada. Al sonar la hora, establecida desde un año antes, para iniciar la expedición al desierto, el desajuste de las finanzas había llegado al colmo. No se sabía si podrían pagarse el día fijado los intereses de la deuda; se debían al ejército catorce meses de sueldos y sus proveedores de víveres se negaban a seguir suministrándolos (…) Incluso se discutió en la Casa Rosada la postergación de la esperanza de combatir a los indígenas en sus reductos (…)”.

Tradicionalmente, las potencias imperiales resolvían sus crisis con la apropiación de recursos ajenos y la colocación forzosa de los productos propios, bajo la figura de la invasión. El esquema no ha cambiado mucho. La sola diferencia, a escala local, es que el experimento social liberal-libertario no ceja de adherir a ese modelo como sinónimo de virtud, y de convertir a la hasta ahora obediente población local en crédulos o dolidos visitantes del pozo que está excavando, en involuntaria evocación del fantasma de Alsina.

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