Jessica Kessel: 14 años de diseño y una apuesta por el futuro
Con 14 años de trayectoria, la diseñadora suma una tienda en barrio de Palermo y defiende el oficio artesanal mientras retrocede la producción argentina de zapatos.
Jessica Kessel inauguró un local en Palermo Viejo, Buenos Aires, en un escenario de contracción para la industria argentina del calzado. La apertura en el marco de los 14 años de su marca, busca acercar sus diseños a un público local y fortalecer la experiencia de compra presencial. Entre hormas, cueros y tacos de colores, la decisión pone el foco en una pregunta que atraviesa a la moda argentina: cómo crecer sin resignar identidad cuando el contexto económico obliga a revisar cada paso.
La firma presentó el espacio como su tercera tienda, durante un encuentro con periodistas, estilistas, clientes y amigos. Más allá de la celebración, la novedad permite observar una apuesta comercial apoyada en el diseño de autor: sostener una propuesta reconocible, trabajar con fabricantes locales y trasladar ese universo a un nuevo punto de venta.
Según un informe de IES Consultores publicado en septiembre, la producción argentina de calzado cayó 23,3% interanual durante el primer semestre de 2026, hasta alcanzar 34,5 millones de pares. En el mismo período, el consumo aparente la producción local más las importaciones, descontadas las exportaciones retrocedió un 25,1%.
El escenario, sin embargo, presenta matices: las ventas minoristas reales crecieron 1,2% en el acumulado a mayo, una dinámica que la consultora vincula con la venta de existencias sin reposición. La actividad comercial y la fabricación no evolucionan necesariamente al mismo ritmo. Por eso, una apertura individual no alcanza para hablar de recuperación sectorial, aunque sí muestra que todavía existen proyectos dispuestos a ampliar su presencia física.
En el caso de Kessel, la explicación combina cercanía y demanda de sus clientas. “Palermo me permitió acercarme a un público más local, menos turístico. Me lo venían pidiendo hace mucho y este año me animé. Cuando parece que todo va hacia lo digital o impersonal, yo reafirmo la importancia del encuentro y la experiencia de compra”, explicó la diseñadora. El vínculo presencial aparece como parte de su estrategia, especialmente para un producto en el que probar el calce resulta decisivo.
La marca nació en Buenos Aires en 2012, según su historia institucional. Desde entonces, desarrolló una propuesta de calzado de cuero producido junto a fabricantes y maestros zapateros argentinos, con el color como uno de sus recursos más persistentes. El contraste de materiales y las combinaciones cromáticas construyen un lenguaje que busca reconocerse más allá del cambio de temporada.
Antes de consolidar su proyecto, Kessel trabajó como asistente de la estilista Florence Argüello y se formó con el maestro zapatero Fernando López Bizcaíno. En una entrevista publicada por Convivimos en 2019, recordó que empezó vendiendo desde su casa y a través de Facebook, mientras recorría talleres y compraba materiales en Boedo. La construcción de la marca comenzó por aprender cómo se hace un zapato, además de imaginar cómo debía verse.
En ese mismo reportaje situó en 2015 la apertura de su local de San Telmo. También describió un primer diseño de gamuza celeste con puntera y talón rosas: el juego de recortes y colores ya estaba presente desde el comienzo. Esa continuidad ayuda a entender una colección que incorpora novedades, pero conserva modelos y códigos visuales propios.
“Todo termina en los pies, pero empieza con las manos”, resumió Kessel durante el encuentro de inauguración. La frase acompañó la proyección del proceso de creación: bocetos, diseño sobre la horma, moldería, elección de materiales e intercambios con proveedores y fabricantes. Detrás del objeto terminado hay una cadena de oficios que suele quedar fuera de la vidriera.
Según explicó la diseñadora, en cada par intervienen entre siete y diez personas. El desarrollo de un modelo puede extenderse desde treinta días hasta dos años, dependiendo de su complejidad. La experimentación convive con un repertorio de clásicos propios: diseños como Me quiero ir a Tokyo, Luisa y Dirty Dancing reaparecen en distintas combinaciones, sin desaparecer necesariamente al finalizar una temporada.
Esa permanencia también plantea una forma de pensar el guardarropa. El zapato puede funcionar como acento cromático, modificar las proporciones de una silueta o llevar el protagonismo de un conjunto. En el universo de Kessel, el accesorio tiene peso en la construcción del look, mientras la diseñadora insiste en que su uso cotidiano debe ser posible.
“Cada par pasa por mis pies. Quiero desterrar esa idea de que el zapato de taco tiene que ser incómodo. Unos Kessel te acompañan del día a la noche y que sean cómodos es mi prioridad”, señaló. El confort es una búsqueda declarada del desarrollo, que la zapatera vincula con las pruebas de calidad que realiza personalmente.
La colección primavera-verano presentada incluye ojotas con taco, zuecos, mocasines y sandalias, junto con las botas que forman parte del repertorio de la firma. La propuesta se completa con carteras
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