EVALUACIÓN DE GESTIÓN Y TENDENCIAS ELECTORALES

Carlos Fara: “Pasaron 33 meses desde que Kicillof propuso nuevas canciones que todavía no compuso"

El reconocido consultor analizó la "pausa de hidratación" que el deporte le dio a la grieta, las tensiones narrativas del Gobierno ante la identidad nacional, los riesgos del alineamiento internacional y las encrucijadas que enfrentan tanto la oposición como el oficialismo de cara al próximo ciclo electoral.

Carlos Fara Foto: X @carlosfara

Poseedor de un manejo del lenguaje tan filoso como sintético, Carlos Fara aporta una mirada estratégica indispensable para entender los humores de la sociedad argentina. En Modo Fontevecchia, por Net TVRadio Perfil (AM 1190), el analista evalúa el panorama político tras el cierre del Mundial y el impacto simbólico de causas históricas como Malvinas dentro del relato libertario.

En esta entrevista, Fara desglosa los cortocircuitos ideológicos entre la ultraglobalización y el sentimiento nacional, el peso que los escándalos de gestión y la economía cotidiana ejercen sobre el Gobierno, y la cautela con la que se debe leer la "ola de derecha" a nivel global. Asimismo, proyecta las dinámicas de un tablero político en constante ebullición: las encrucijadas de Axel Kicillof y el kirchnerismo, las tensiones internas en el PRO, las maniobras de los gobernadores provinciales ante un eventual "Supermayo" electoral y las reales posibilidades de que emerja una tercera vía competitiva hacia 2027.

Carlos Fara es consultor y analista político que cuenta con más de 40 años de trayectoria profesional en opinión pública, campañas electorales y comunicación de gobierno. Fue presidente de la Asociación Latinoamericana de Consultores Políticos y primer presidente de la Asociación Argentina de Consultores Políticos. Preside su propia consultora, Fara Vegetti, fundada en el año 1991.

—Con el pacto de lectura que habitualmente tenemos con la audiencia —de contarles qué estuvimos comentando con el entrevistado mientras estábamos en el corte comercial—, les cuento que yo le decía a Carlos que, de todos los analistas políticos, tiene una capacidad de síntesis en pocas palabras y un manejo del lenguaje muy llamativo. Entre los economistas, Melconian es, yo le digo, el rey de la metáfora para explicar una realidad económica compleja; y en la política eso hace el señor Carlos Fara, a quien tenemos el placer de tener acá. Se acabó el Mundial. Tu última columna, asociada al tema de Malvinas, se titulaba Tras un manto de neblina. ¿Qué dejó el Mundial? Prácticamente, si dejó algo, ¿dejó alguna huella?

—Bueno, a ver, dejó primero un reencontrarse con una especie de identidad de la sociedad, lo cual no fue menor. Si bien hubo intentos de usos políticos y algunas idas y venidas, hubo de todas maneras una transversalidad. Como que la política tomó una "pausa de hidratación" y logró evitar conflictos innecesarios. Todos leyeron ese gran amor, no solamente por la entrega y la admiración por los resultados, sino también por una Selección que logró representar el ideal de lo que nos gustaría ser. Y me parece que la política lo leyó y por eso frenó su nivel de conflictividad.

—Y en ese caso, específicamente sobre Malvinas, ¿qué generó esa incomodidad en el Gobierno?

—Primero, un Gobierno que quiere, lógicamente, desmalvinizar su política exterior y en general la relación con Gran Bretaña, pero que claro, se enfrentó con un momento muy particular de lo que iba a representar sí o sí una especie de marca respecto de lo que había sido el partido del 86, el gol de Maradona, etcétera. Además, el presidente tuvo que salir a decir que se estaban haciendo avances; su militancia digital había salido a cuestionar el famoso tema de la bandera y el presidente tuvo que recoger el barrilete como diciendo "esto no nos conviene". Y al final de la cuestión hubo un descubrimiento: cómo se fue trasladando de generación en generación la gesta de Malvinas, independientemente de que la mayoría cree que la guerra fue un error. Pero la guerra lo que sirvió fue para fortalecer en generaciones futuras el sentimiento de soberanía.

—Vos habías entrevistado recién a un colega español y le preguntabas sobre Gibraltar. La semana pasada, el presidente español y el no sé cómo llamarlo, virrey de Gibraltar, conjuntamente sacaron una especie de barreras que había en el límite de ambos territorios. Le preguntaba qué significaba Gibraltar, y algunos habían cantado "Gibraltar es española", pero decía que era incomparable con el tema de Malvinas porque lo de Gibraltar tenía 300 años de historia. Bueno, en el caso de Malvinas, obviamente la guerra fue infortunada en todo sentido, pero volvió a traer el tema. Probablemente, si no hubiera sido por ella, nuestra situación no hubiera sido tan distinta de la de los españoles. Probablemente Malvinas estaría totalmente olvidada y no hubiera habido ningún partido que tuviera la connotación que tenían los partidos con Inglaterra. A veces, así como los males vienen de los bienes, los bienes pueden venir de los males. Pero bueno, el tema de Malvinas evidentemente crea una sensación muy cómoda para este Gobierno.

—Sí, totalmente, porque el Gobierno hace narrativamente una gran apuesta a la ultraglobalización y Malvinas es la respuesta de la identidad nacional. Entonces ahí entra en un ruido que no puede resolver, porque obviamente tiene todo que ver con cómo experimenta cotidianamente la sociedad cuánto se globaliza y cuánto vive su identidad en medio de este contexto global.

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—Le contábamos a la audiencia que quizás la mejor biografía no autorizada de Milei, y la primera o la más exitosa, se llamaba El Loco, de Juan Luis González, editor de Noticias. Allí contaba la historia del mayor disgusto entre Milei y su padre, que fue cuando comenzó la guerra de Malvinas. Un Milei de creo que 12 o 13 años, preadolescente, se animó a decir que esto era un gran error y el padre, que tenía un sentimiento muy favorable a la guerra —el sentimiento común de la mayoría de los adultos en ese momento—, lo cascó, y eso quedó marcado para siempre. Ahí intervino la hermana, creo que hubo hasta un episodio de desmayo e intervención médica, y el libro coloca esto como un punto central en la biografía adolescente de Milei. O sea, evidentemente para él además es doblemente difícil, porque no es simplemente una estrategia, podríamos decir, universalista o anarco; alguien podría decir que a lo mejor por eso tiene esa ideología. Ahora, esa ideología choca con sectores de su propia alianza, como por ejemplo la alianza con lo que representa la vicepresidenta: los conservadores más católicos, más nacionalistas reaccionarios. ¿Ves alguna posibilidad de ruptura de esa alianza de la derecha? ¿Y si Malvinas fue un punto, o si colocar a Malvinas nuevamente en la agenda, fue un punto para reinsertar ese problema?

—Bueno, no hay que descartarlo. Porque fue una situación en la cual el Gobierno se ve contradicho en su política exterior. Este tema del encolumnamiento, sobre todo con Trump, es lo que termina haciéndole poner estas banderas de Occidente, que no es una discusión que esté en la opinión pública. Sí está en la opinión pública el tema Malvinas, claramente. Digo, lo que pasó el día del partido será recordado durante mucho tiempo y es como una especie de segundo capítulo en esta cuestión. Desde ese lado, yo te diría que en la medida en la cual el Gobierno le pone tanto acento a la globalización, a borrar fronteras y borrar límites, se despierta una demanda mítica que toda sociedad tiene. Donde vos la obturas, sale por algún otro lado y puede generar dolores de cabeza.

—También ayer se veía que lo silbaban a Trump, dada la enorme cantidad de argentinos —y españoles también— que no se llevan bien con Trump. Uno podría suponer también que hay cierto rechazo al alineamiento con Trump, aunque luego haya sumisión.

—Totalmente. Una situación en donde a la mayoría de los argentinos sabemos que no les cae bien Trump. Y España, digamos, con un gobierno socialista enfrentado con Trump. Es un personaje impopular en todo el mundo, inclusive en Estados Unidos, por supuesto. Con lo cual, desde ese punto de vista, era una especie de unificar sentimientos con su presencia ahí.

—Carlos, dos lecturas que vienen de afuera hacia adentro. Mucha gente considera que Milei, más allá de representar una corriente histórica de derecha que siempre tuvo en la Argentina un porcentaje significativo del total de votantes —aunque no determinante, pero siempre constante—, también es parte de una ola mundial. ¿Esa ola mundial podría estar cesando? ¿Podría estar afectando el futuro electoral argentino? Un colega tuyo me decía: "Mire, tenga cuidado con el análisis de lo que pasó en Colombia o en Perú, porque ganaron solo por el 1% la derecha. ¿Qué pasa si pierde Trump las elecciones de medio término y gana Lula las elecciones presidenciales en Brasil?". Dos situaciones que parecen ser el escenario más probable.

—Sí, totalmente así. A ver, primero está claro que Trump ya perdió una vez. No es absolutamente cierto que en las elecciones de medio término casi todos los presidentes después de la Segunda Guerra Mundial las perdieron; el tema es por cuánto pierde y si también pierde el Senado. Yo creo que eso primero le quita margen de maniobra ante cualquier eventualidad financiera que pueda llegar a tener la Argentina el año que viene. Luego es una advertencia de que Milei, si fuese reelecto, correría un serio riesgo de tener que convivir con un presidente demócrata en su segundo mandato, con todo lo que eso implica. Y después, porque me parece que también atrás de toda esta descripción —para mi gusto, simplista— de un corrimiento a la derecha, lo que decimos muchos colegas es que en realidad lo que el mundo está experimentando es cambio permanente. Que es cierto que hay sociedades mucho más individualistas, etcétera, que claramente te pueden identificar un poco más a la derecha, pero estamos viendo muchas situaciones en donde eso tiene ciclos cada vez más cortos. Lo vimos en Australia, en Gran Bretaña, lo vimos en Hungría y puede pasar fácilmente en Estados Unidos. En Brasil, Bolsonaro duró un solo mandato, con lo cual yo en ese punto sería muy cauteloso respecto de la ola de derecha.

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—Dijiste "si es reelegido" y al mismo tiempo "Bolsonaro un solo mandato". ¿Cómo imaginas que, por lo menos hoy, están plantadas las posibilidades de esa reelección o de un solo mandato?

—Bueno, a ver. Hoy por hoy, Milei lleva ventaja, eso sin lugar a dudas, entre otras cosas porque no se sabe exactamente cómo se va a parar todo lo que no aprueba, que recordemos es la mayoría de la sociedad. La mayoría de la sociedad pide cambios en la política económica. No es que todo el mundo considera positivo haber bajado la inflación, estabilizado el dólar, etcétera, pero de todas maneras está claro que hay mucho ruido en ese sentido. Me parece que falta una eternidad para terminar de ver el escenario. Yo digo permanentemente en estos meses que si estuviésemos en julio del 2018, nos faltarían 10 meses para que se anuncie quién iba a ser el próximo presidente, que fue Alberto Fernández acompañado por Cristina. En ese punto digo "cautela", porque es absolutamente cierto —y lo sabemos por experiencia de estos 42 años de democracia— que cuando se enquista un mal humor con un Gobierno porque algo en la economía de calle no funciona, no hay estadística macro que lo dé vuelta. Recordemos que en el año 97 Argentina creció al 8%, a tasa china, y la sociedad no se enteró y votó a la Alianza. Entonces, ojo con el simplismo de pensar que los números macro resuelven o generan un clima positivo para el Gobierno de turno.

—O sea, le colocas a la economía un punto decisorio.

—Sí, totalmente.

—Te agrego un elemento más. A ver, también en el 99 cuando gana la Alianza, como en el 2015 cuando gana Macri, la corrupción, por lo menos en las formas o en la superficie, aparecía como un elemento determinante. De hecho, inclusive la Alianza proponía mantener la convertibilidad y Macri proponía mantener las asistencias y los subsidios. La corrupción evidentemente aparece cuando también hay un agotamiento de ese modelo económico. ¿Puede ser otro factor electoral, dado que La Libertad Avanza venía con una bandera opuesta?

—Primero, hay que decir que esa bandera la perdió. Con Adorni la perdió, porque además no fue el único caso: se sumó $Libra, se sumó ANDIS, el caso Espert, etcétera. Y va a haber otros casos, lo están mostrando varias investigaciones periodísticas; o sea que sorpresas puede seguir habiendo. Eso por un lado. Segundo, está buena la comparación que hacés porque el 99 termina con una economía estable, con amenazas pero estable, y con cansancio cultural hacia el menemismo. En 2015 la economía, de los últimos tres cambios, definitivamente la que dejó Cristina en términos de ordenamiento fue mejor que la que dejó Macri y después la que dejó Alberto, con lo cual no es que estaba bien, había amenazas, pero está claro que era una economía mucho más fácil de arreglar que la que encontró Milei. Y efectivamente, el cansancio cultural de vuelta —entre otras cosas por el estilo confrontativo y el tema corrupción— terminó de generar ruido. Acá va a depender muchísimo... Yo creo que hay una gran oportunidad para que haya una opción que diga: "Señores, al estilo de la Alianza del 97, esto está bien y no lo vamos a tocar, pero vamos a discutir todo lo que falta". Por ahora no está, pero falta muchísimo tiempo como para que efectivamente pueda aparecer.

—Mencionás conceptos muy interesantes; tenés un manejo del lenguaje fluido: "Libre de Libra", que la recuerdo de tu columna, "cansancio cultural". Macri y el PRO, ¿tienen alguna oportunidad de representar eso o están indefectiblemente asociados al pasado?

—Muy complicado. Primero porque, en general, ese espacio tendría que ser algo nuevo. Vamos a decirlo así: alguien de afuera, un outsider necesariamente —que por ahora los veo un poco complicados—, o una figura fresca, un tapado; alguien que ya está en el sistema político pero que hoy no lo imaginamos como alternativa. En primer lugar eso, porque te da un título de cambio: es otra persona, con otro tipo de coalición, etcétera. Eso no es Macri. El PRO ha perdido claramente densidad de marca. Macri quedó como tibio: quedó como tibio para los que ahora les gusta Milei y quedó como tibio para los que no les gustaba Macri. Es una complicación fuerte y me parece que ahí deberían barajar y dar de nuevo para decir: "Esta es nuestra agenda". Ahora, si la agenda es la del Gobierno con algunos retoques, eso no marca mucha diferencia.

—El otro día un colega tuyo decía: "Algo le vence a la nada, aunque sea poco". Si no hay nada del otro lado... Vos decías que falta una eternidad, ¿crees que existe tiempo para que se genere otro "algo"?

—Sí. Primero porque los tiempos históricos se aceleran, con lo cual en el mundo de las redes sociales estamos en la época de las políticas exponenciales: si todo puede crecer muy rápidamente, también puede bajar muy rápidamente. Eso desde ya. Segundo, porque a veces las sociedades, para terminar de ver algo que las entusiasme, necesitan estar en una predisposición energética especial que hoy no está, porque todavía se está en el "no me gusta lo que está sucediendo, pero no sé si hay una alternativa para esto". Si hoy le tengo que decir a la mayoría de la sociedad que no aprueba la gestión de Milei que tiene que volver a pensar en cambiar, me parece que todavía no hay energía en ese sentido. Ahora, cuando entrás en el año electoral, esa energía se comporta de manera distinta porque todo el mundo empieza a prestar atención de otra manera. Entonces digo: que algo aparezca mañana no es garantía de que pueda prosperar el año que viene. El tema del timing va a ser fundamental para lo que pueda aparecer.

—¿Eso nuevo podría provenir del peronismo, o el peronismo, al igual que el PRO, está estigmatizado con lo viejo?

—Podría perfectamente. Pero tiene que hacer sus modificaciones estilísticas, propositivas, etcétera. Lo decía en la columna de la semana anterior: pasaron 33 meses desde que Kicillof dijo que había que componer una nueva canción y todavía no la compuso. Él puso el título y todavía no lo hizo. Eso no lo ayuda a mostrarse como una alternativa renovadora. Ahora, lo puede hacer otro, perfectamente. Me parece que para mucha gente que está golpeada por este proceso de cambio económico, el tema del partido ya no es una cuestión de dónde venís, sino qué proponés para adelante.

—¿Imaginas un escenario de polarización en primera vuelta, un escenario de tercios, o un escenario de sextos como de alguna manera se dio en 2003? Con una posible división de Kicillof por un lado, el kirchnerismo residual por otro, eventualmente un candidato del peronismo de centroderecha, y una división en el lado no peronista entre la vicepresidenta por un lado—aunque sea testimonialmente para sacar un 7%, 8% o 10%—, el PRO haciendo lo mismo para fortalecer sus candidaturas provinciales y municipales sabiendo que no gana pero sacando un 10% o 15%, y el Gobierno a lo mejor con un 25%. ¿O ves un escenario donde se polarice directamente en primera vuelta?

—A mí me da la impresión de que estamos más cerca de un escenario fragmentado con tres actores principales. Uno obviamente diría: "Bueno, pero ¿dónde está el tercero?". Hoy no lo vemos, pero por lo que comentábamos, no significa que no aparezca, porque hay caldo de cultivo para eso. Ese es el punto: hablando futbolísticamente, ¿dónde va la pelota más que dónde están parados los jugadores? Y acá la pelota es la opinión pública. Caldo de cultivo para eso hay. Que sea una ultrafragmentación no lo veo. Me parece que Cristina lo que está haciendo es presionar todo el tiempo a Kicillof para obligarlo a imponerle condiciones, a sabiendas de que hoy, así como están, pierden. ¿Y ultrapolarización? Bueno, el 2019 nos dio una imagen distorsionada de la sociedad: la polarización en dos. La verdad es que la sociedad se parece mucho más a 2015 o 2023, donde aparece un tercero que supera los 20 puntos. Eso no es tercios, es verdad, pero sabemos que ese tercero juega y tiene una importancia de la lectura sociológica electoral muy fuerte. Eso es lo que veo. A medida que pasa el tiempo, hay dos elementos para tener en cuenta: el primero es que, una vez que te decepcionaste, es más difícil volver a querer, y esto me parece que es lo que está pasando con el gobierno de Milei. La segunda cuestión es que el que perdió espacio en la decepción no está teniendo los gestos de amor como para reentusiasmar al decepcionado; no tiene un discurso productivo, solamente tiene el discurso del ajuste, la estabilidad y el orden macroeconómico. Después, en la comparación de blanco y negro, gana frente a un kirchnerismo que por ahora solo se anima a representar el pasado.

—Claro. Al mismo tiempo, si Cristina no estuviese simplemente cantando "falta envido" sin cartas —que es lo que todo el mundo supone—... Hay dos grandes suposiciones: que Cristina está cacareando para conseguir mejores condiciones para darle el apoyo definitivo a Kicillof, y que lo mismo estaría haciendo Macri tratando de mantener mejores posibilidades en la Ciudad. ¿Qué pasaría si cada uno de ellos finalmente no estuviese cacareando y realmente estuviese dispuesto a avanzar en lo que dice? ¿No habría la posibilidad de un Kicillof sin Cristina? ¿Terminaría beneficiando a Kicillof una ruptura con Cristina y que pudiese, compitiendo con un candidato con Cristina, ser ese tercero?

—Podría ser, no lo descarto. Ahí la responsabilidad mayor para que no se produzca una ultrafragmentación está del lado de Cristina y de Milei, que son los que tienen la sartén por el mango en su espacio. Si al otro no le dejás posibilidades, como decía Sun Tzu, el otro pelea con mucha más fuerza. En Milei estoy viendo alternativas: la propuesta a los gobernadores de decir "tranquilos, vamos a ir viendo cómo arreglamos la estrategia electoral del año que viene, no les queremos complicar la vida ni poner un candidato que los amenace". Por el lado de Cristina, por ahora no lo veo. Ahora, el punto es que Kicillof, si no le dan alternativa, puede decir: "Bueno, mi aporte a la historia será que finalmente rompí con Cristina y será barajar y dar de nuevo. Perdido por perdido, por lo menos me quedaré con la dignidad de esta pelea". No lo descarto en absoluto, en la medida en que él seguro no quiere ser Alberto y tiene buena disposición para que haya paso hacia un frente amplio progresista. Muchos peronistas antikirchneristas están en diálogo con Kicillof sabiendo que abre la puerta para la discusión, siempre y cuando haya una nueva canción, se modere y —tema fundamental— se saque de encima el slogan "Cristina Libre".

—Te escuchaba y reflexionaba: 16 gobernadores tienen posibilidad de ser reelectos. De ellos, la mayoría son sub-50 o sub-55. Todo parece indicar que para un gobernador que puede ser reelecto y es sub-55, lo más lógico sea buscar la reelección, esperar un desgaste del proceso político, el cansancio cultural, y pensar en 2031. Si así fuera, y por otro lado decíamos que el PRO padece parte de ese cansancio cultural, ¿quién podría ser el creador de ese tercer espacio? ¿No será la división del peronismo la que cree ese tercer espacio? Tratando de hacer pensamiento lateral juntos: ¿quién podría crear esa alternativa? El outsider tipo Brito o un pastor evangelista, ¿alcanzará? ¿Cuál es tu visión? ¿De dónde podría venir o con qué posibilidades se podría generar esa tercera vía?

—Empiezo por los outsiders, que hoy por hoy no lucen con mucha probabilidad, más allá del nivel de conocimiento que tengan. El caso del pastor Gebel hizo un primer vuelo rasante no muy eficiente en términos de opinión pública. Además hay un detalle que está sucediendo en el escenario: los errores políticos de Milei llevan a mucha gente a pensar que otro outsider ya es demasiado riesgo; es preferible tomar lo mejor o lo más nuevo de lo existente. Esa hipótesis por ahora la veo como la más complicada de todas. Luego, Provincias Unidas existió y no le fue bien, pero cometió errores estratégicos: no tuvieron una agenda propositiva, tuvieron títulos y buenas intenciones. Después pasó lo que era muy difícil de saber: que Milei se recuperara de la mano de Trump. Pero lo cierto es que no se tiraron a la pileta sin agua, había agua. ¿Cuánta? Era un interrogante, pero había, porque varios de ellos son profesionales de la política; Pullaro, Llaryora no es un personaje presto a locuras. Y luego, la ruptura del peronismo hoy no la descarto. Me da la impresión de que Cristina y La Cámpora están en una posición un poco fratricida y corren serios riesgos de. El punto ahí es que Kicillof por ahora, como figura, no termina de entusiasmar más allá de la Provincia de Buenos Aires.

—¿Comienza ahora, mañana 2027 postmundial, o como vos decís falta mucho y en ese camino no está pasando nuevo ahora?

—Están las vacaciones, que favorecen entre comillas, y el duelo de la derrota. Pero lo cierto es que sí, el 1° de agosto para mí empieza el proceso hacia adelante. En la medida en que va pasando el tiempo, todavía no tenemos claro el cronograma electoral nacional 2027 porque no sabemos qué va a pasar con las PASO. Como eso no se define, muchos gobernadores dicen: "Yo no voy a querer contaminarme con el proceso electoral nacional". Y como las PASO vigentes tienen que empezar a principios de junio, es probable que vayamos a una especie de "Supermayo" donde varios adelanten. Algunos adelantan siempre; el tema es cuánto. Córdoba estaba más entre junio y agosto y ya sabemos que va a ir a mayo, Tucumán va a ir a mayo, etcétera. Ojo con ese detalle, porque significa que si no pasa el tiempo, vos como gobernador tenés que definir la tuya para no darle tiempo a La Libertad Avanza de instalar un candidato competitivo si no se cumplen los acuerdos.

—Esta idea que dicen los gobernadores, probablemente un "Supermayo" con 10 provincias desdoblando —de hecho, algunas por su propia Constitución están obligadas a desdoblar— y que "bueno, después de que ganamos nuestra lección provincial, vemos. Entonces, coqueteamos con Milei para que nos ponga la menor competencia posible. Pero, después entre la elección provincial y la nacional pasa medio año". ¿Existe la posibilidad de que los gobernadores terminen construyendo Provincias Unidas inclusive después de sus propias elecciones?

—Claro, porque primero no sabemos cómo va a llegar el Gobierno a esa instancia y cuán cumplidor va a ser, tratándose de un Gobierno que no tiene fama de cumplidor, en parte por la restricción fiscal. Acá se juegan tres cosas: primero, qué va a pasar con las PASO y las colectoras, no lo sabemos, pero les complica la vida porque tira los plazos para adelante y hay que resolver antes. Segundo, si les van a poner competencia formal o si les van a poner competencia sin darle apoyo; vamos a ver cómo administra internamente La Libertad Avanza esa cuestión, porque por otro lado es el ejército se para dar una guerra y en algún momento van a decir "no va a haber guerra", entonces yo como cobro políticamente... La tercera son los recursos porque la coparticipación se viene cayendo y todo hace pensar que se va a seguir cayendo en los próximos meses como efecto de la frialdad de la actividad económica. Tenés que conjugar tres elementos que no son fáciles, llevan tiempo y no dependen exclusivamente de que el Gobierno tome decisiones consensuadas. Si sos gobernador y ves todo eso sobre la mesa, decís: "Ojo, primero voy a definir la mía y luego vemos, no vaya a ser que este personaje se caiga y vuelva sobre la mesa la hipótesis del establishment pidiendo un Milei tranquilo, prolijo e institucional".

—Hay dos distritos fundamentales en los cuales sus gobernadores o jefes de Gobierno tienen la lapicera para decidir si desdoblan o no. En la Provincia de Buenos Aires, asumiendo que el que va a firmar el desdoblamiento es Kicillof, al mismo tiempo se perjudicaría porque va a ser candidato presidencial. Y luego, la Ciudad de Buenos Aires. ¿Qué imaginas para estos dos distritos?

—En la Ciudad de Buenos Aires hay un detalle interesante: el distanciamiento entre los primos, entre Jorge y Mauricio. Me parece que Jorge Macri está en una posición muy pragmática de decir: "Bueno, si al final todo esto es poner a Pilar Ramírez como número dos de la fórmula y armar la alianza PRO-Libertaria, sabemos que es para ganar en el distrito a un peronismo que no tiene mucha alternativa". Desde ese lado, la Ciudad está para arreglar, desdoblando o no, pero acomodando los tantos.

—O sea, sin Adorni, ¿Jorge Macri termina teniendo el camino más despejado?

—Sí, totalmente. Y con una Patricia Bullrich que, cuando acumulás mucho capital, te preguntás: ¿ahora qué hacés con ese capital? Progresó mucho en lo político, pero "¿voy de vicepresidenta?" "Quizás no me acepten". "¿Voy a la Ciudad a pelearse con Jorge Macri?" "¿Me quedo como senadora?" "¿Hago el enroque con Santilli por la Provincia de Buenos Aires?" Son alternativas complejas, lo cual favoreció a Jorge Macri. Y en la Provincia de Buenos Aires, en la medida en que pasa el tiempo y los aliados de Kicillof no lo ven progresar, el rumor que empieza a correr es que le van a decir: "Desdoblá, protegemos la nuestra y trataremos de ayudarte en octubre".

—¿Y a quién ves en la Provincia de Buenos Aires? ¿Crees que ahí gana Santilli?

—Sí, lo de Santilli es medio indiscutible, aunque más no sea por el hecho de que él ya ganó las dos últimas legislativas y era el mejor candidato en el 2023. Esa primaria lo sacó de carrera, pero si no, el PRO hubiera tenido la Provincia de Buenos Aires y la relación hoy entre el PRO y La Libertad Avanza hubiese sido distinta; pero bueno, es contrafáctico. A mí me da la impresión de que no hay intendentes con proyección como para ocupar ese rol y ser competitivos. Si uno lo toma históricamente, el único que logró salir del laberinto por arriba fue Massa. Después son nombres que se mencionan de un lado y del otro, Diego Valenzuela...

—Un intendente a 100 kilómetros de su intendencia no es conocido, ni los del sur en el norte ni los del norte en el sur.

—No, porque la Provincia de Buenos Aires tiene otro problema: los bonaerenses ven su municipio y ven la Nación, nadie ve La Plata. Es un problema cultural que trató de resolver Duhalde con el tema de la bandera, pero la verdad es que no sienten a Buenos Aires como una provincia unificada; hay más de una realidad sociocultural. En ese sentido, Kicillof tiene un nombre que es el de Gabriel Katopodis: un personaje que es kirchnerista pero no cristinista, moderado, con fama de honesto, que fue funcionario de Alberto Fernández y ahora ministro provincial. Haber sido ministro nacional y provincial le da cierto handicap, y además viene de los intendentes. El resto de los que se mencionan —la posibilidad de Achával, la posibilidad de Alak— por ahora lo veo demasiado prematuro.

—Carlos Fara, el poeta del análisis político, muchísimas gracias.

—Un placer enorme.

—De la misma forma. 

 

MEG