El editorial de Jorge Fontevecchia

Día 824: Kicillof, el paleokirchnerismo y la pelea por el peronismo posmilei

El problema ya no es solo si Axel Kicillof puede prescindir de Cristina Kirchner, sino cómo convivir con su legado sin quedar atrapado en él. Definir el lugar de la expresidenta y el rumbo del peronismo después de su liderazgo es la discusión estratégica del peronismo hacia 2027.

Día 824: Kicillof, el paleokirchnerismo y la pelea por el peronismo posmilei Foto: CEDOC

Esta semana, una foto de Axel Kicillof dándole la mano a Mauricio Macri en una cena de Expoagro volvió a encender la polémica en el peronismo. El episodio fue simple: Macri extendió la mano, el gobernador la estrechó y cada uno siguió con su conversación. Sin embargo, en el kirchnerismo duro ese gesto protocolar fue leído casi como una traición política. La escena revela algo más profundo que una anécdota: el nivel de clausura mental al que ha llegado una parte del peronismo.

El caso de Kicillof es particularmente interesante porque su figura encarna una contradicción dentro del propio kirchnerismo. Su estilo personal es casi la antítesis de la estética política dominante en estos años. No grita, no insulta, no humilla públicamente a sus adversarios. A la vez, su emergencia política fue dentro del ciclo de poder de Cristina Fernández de Kirchner.

El gobernador bonaerense fue uno de los funcionarios más identificados con su proyecto económico y político: defendió la centralidad del Estado, cuestionó el endeudamiento externo y protagonizó decisiones emblemáticas del kirchnerismo como la recuperación de YPF en 2012. Su concepción del desarrollo, su desconfianza hacia el mercado como ordenador exclusivo de la economía y su mirada crítica sobre el poder financiero internacional son prácticamente calcadas de las que marcaron la etapa kirchnerista. En ese sentido, aunque su tono sea más moderado, su matriz ideológica es profundamente hija de aquel período.

Aquí aparece una vieja intuición de Sigmund Freud que ayuda a entender estas reacciones políticas. Freud observó que muchas veces los conflictos más intensos no se producen entre quienes son radicalmente distintos, sino entre quienes comparten una gran cercanía. A ese fenómeno lo llamó “el narcisismo de las pequeñas diferencias”: la tendencia de los grupos muy parecidos a exagerar sus divergencias para reafirmar su identidad. En lugar de reconocer lo que tienen en común, necesitan marcar distancia en detalles cada vez más mínimos.

En política, ese mecanismo se vuelve particularmente visible dentro de las propias tradiciones ideológicas, porque cuando una corriente parecida es la que más amenaza a reemplazar y ocupar el espacio político de otra corriente similar. Convirtiéndose en una corriente más moderna y actualizada del espacio político anterior.

Con el horizonte de las elecciones de 2027 y el dato de que comienza a expresarse en las encuestas y sondeos de opinión un creciente descontento con el oficialismo, el peronismo atraviesa una discusión estratégica sobre su propio futuro: si debe ampliar su base política para construir un frente opositor más amplio contra Javier Milei, como lo hizo Lula da Silva en Brasil, o si, por el contrario, debe replegarse en una identidad ideológica más cerrada. La posibilidad de un frente ampliado también revive el fantasma de repetir la experiencia fallida del Frente de Todos. Una experiencia cuyo fracaso se debió, en parte, a las disputas internas permanentes y al intento del kirchnerismo de mover los hilos del gobierno sin dar la cara. Esta es la imagen que encendió nuevamente las críticas y causó revuelo en el kirchnerismo duro. 

¿Qué debía hacer Kicillof? ¿Dejar a Macri con la mano extendida, como hace Javier Milei cuando quiere humillar a alguien en público? En un país que todavía intenta preservar algún resto de civilidad institucional, un saludo protocolar entre dirigentes no debería escandalizar a nadie. Pero el cristinismo vive cada gesto de Kicillof como una conspiración en su contra. 

Macri, cuando lo consultaron por el saludo, se lo tomó con calma y hasta se permitió hacer un chiste sobre el saludo. “Lo quiero mucho a Kicillof”, bromeó. Lo curioso es que esa lógica de amplitud parece válida solo cuando la decide el liderazgo de Cristina. ¿O no fue Cristina quien eligió a Daniel Scioli como candidato en 2015, quien hoy forma parte de Milei? ¿Y no es Cristina quien hoy sostiene que hay que ampliar al peronismo?

Desde el kicillofismo respondieron señalando una “doble vara” y mencionaron antecedentes de encuentros similares entre dirigentes kirchneristas y figuras del establishment o de la oposición. Así, una escena que el gobierno bonaerense define como protocolar terminó exponiendo las disputas internas y las tensiones por el liderazgo dentro del peronismo. Es una vieja práctica del estalinismo que comparte el kirchnerismo: la realidad se mide con varas distintas según quién la protagonice. Así, un saludo protocolar puede convertirse en un pecado ideológico si lo protagoniza quien disputa liderazgo dentro del movimiento.

Quien señaló esta contradicción fue Leandro Santoro. En su cuenta de X posteó: “Si el gobernador de la provincia de Buenos Aires no se puede saludar protocolarmente , en una reunión de Expoagro, con un expresidente de la Nación, olvidémonos de ser un país normal algún día.”

Pero a la vez agregó, en la segunda parte de su posteo: “Lo que resulta inaceptable es hacer una alianza electoral, que lo incluya a Macri, como propusieron ayer.”

En una reciente entrevista con Gustavo Sylvestre quedó claro a quién se refería: a Guillermo Moreno. “Moreno, principal sponsor de la candidatura de (Miguel Ángel) Pichetto dijo que quería un acuerdo con Macri. Pichetto viene de ser candidato a vicepresidente de Macri, y la gente no es boluda”, dijo el legislador porteño. “Estoy de acuerdo en sumar a Macri para Capital”, había declarado el inefable Moreno.

En otro momento, Santoro acusó directamente al kirchnerismo de haber armado una lista paralela en las últimas elecciones funcional al triunfo de Javier Milei en primera vuelta. “Tenemos un problema de identidad política. En las ciudades vamos a tener una fuga por izquierda, y en el interior, hacia los sectores moderados. Es lo que me pasó en la Ciudad: armaron dos listas para que gane Javier Milei”, denunció.

Kicillof avanza en la construcción de su proyecto político con base en la provincia de Buenos Aires y proyección nacional a través del Movimiento Derecho al Futuro. El gobernador sostiene que 2026 debe ser un año de “construcción” para el peronismo, con el objetivo de pasar de una lógica defensiva frente al gobierno de Milei a la elaboración de una alternativa política. En ese marco, prepara dos movimientos clave: su asunción en el Partido Justicialista bonaerense y la inauguración del Centro de Estudios Derecho al Futuro (CEDAF), una usina de ideas destinada a aportar programa y formación política.

Las elecciones del PJ bonaerense, que se realizarán este domingo, incluyen internas en 17 distritos bonaerenses y una campaña de afiliación y capacitación para fortalecer la estructura del PJ provincial. Desde el entorno del gobernador plantean una mirada “federal” dentro de la provincia, destacando la diversidad política, productiva y cultural de sus 135 municipios. En paralelo, dirigentes cercanos comienzan a impulsar su proyección nacional: el intendente de La Plata, Julio Alak, expresó públicamente su apoyo a una eventual candidatura presidencial de Kicillof, en lo que aparece como el inicio de un operativo político para posicionarlo de cara a 2027.

La postulación de Kicillof para presidir el PJ provincial es un reconocimiento del lugar cada vez mayor que tiene el gobernador al frente del armado peronista y como el candidato con más posibilidades de llegar a un balotaje con Milei en 2027. Kicillof había impulsado originalmente a su vicegobernadora, Verónica Magario, como candidata para reemplazar a Máximo Kirchner al frente del PJ provincial, lo que abría la posibilidad de una competencia interna si el cristinismo no aceptaba esa alternativa. Finalmente será él, que era lo que le pedía Kirchner.

Pero el crecimiento temprano también tiene sus riesgos. En la política argentina existe lo que podríamos llamar el “síndrome Larreta”: el peligro de quedar instalado demasiado pronto como candidato presidencial. Cuando la carrera empieza con tanta anticipación, el desgaste puede ser inevitable. La exposición constante, las internas permanentes y la presión de las expectativas suelen erosionar a los dirigentes antes de llegar a la elección. La historia reciente muestra que llegar demasiado pronto a la pole position no siempre garantiza cruzar primero la meta.

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En una de las últimas declaraciones, el hijo de la expresidenta lanzó dardos contra Kicillof. “Yo no me monté encima de nadie para llegar a ningún lugar”, aseguró. Es llamativo, porque Máximo afirma que “no se montó encima de nadie”, pero es innegable que está en el lugar que está no solamente debido a sus méritos, sino por ser hijo de Cristina.

En ese trasfondo también pesa una frustración política que recorre al kirchnerismo desde hace tiempo. Cristina imaginó durante años la posibilidad de una transición generacional que tuviera a su hijo como figura central hacia 2027, así como ella sucedió a su esposo. Sin embargo, el propio Máximo no ha podido hasta ahora colocarse en ese lugar, por las resistencias que genera su figura incluso dentro del peronismo.

Desde ambos sectores de la interna se dice que la discusión no debe ser de candidatos, sino de ideas. Es una de las frases más repetidas por Pichetto, quien recientemente se reunió con Cristina Kirchner, donde hablaron de “perdonar el pasado”. Pichetto fue durante años el principal jefe parlamentario del kirchnerismo. Luego terminó siendo candidato a vicepresidente de Macri en 2019. Su regreso al diálogo con Cristina abrió la puerta a una posible “tabula rasa” dentro del peronismo.

Pero esa idea de reconciliación selectiva también tiene su paradoja, porque para el kirchnerismo duro Pichetto resulta hoy más aceptable que el propio Kicillof. La razón es simple: no comparten público electoral. Pichetto no compite por el liderazgo del sector “progresista” dentro del espacio. Con Axel la situación es distinta. Su crecimiento político amenaza con disputar el lugar que La Cámpora quiere ocupar en la izquierda del peronismo. La lógica es clara: primero eliminar a Axel, después ocuparse de Juan Grabois.

Dentro de la estrategia de Kicillof también está el desarrollo de un programa e ideas políticas de Gobierno. El próximo martes 17 de marzo a las 16 se lanzará el CEDAF, una usina de ideas impulsada por su espacio para elaborar una plataforma programática de cara a 2027. Según la convocatoria, el proyecto tendrá un enfoque federal y buscará articular debates y propuestas más allá del propio peronismo, promoviendo espacios amplios que incluyan a otras fuerzas políticas. Desde el entorno del gobernador sostienen que el objetivo es construir un programa de gobierno previo a cualquier alianza electoral, evitando repetir la experiencia de 2019, cuando, según admiten, se logró ganar las elecciones sin un acuerdo previo claro sobre las decisiones de gestión.

La parálisis interna producto de estas desavenencias también dificultó aprovechar ángulos que existían en gérmen en el perfil de Kicillof, como la austeridad en el Gobierno y el combate a las “prácticas de casta” presentes en la política. Emmanuel Álvarez Agis se refirió a esta experiencia de gestión junto a Kicillof en el Ministerio de Economía, y declaró: “Siento que Milei nos robó una bandera. ”.

Kicillof no carga con denuncias de corrupción, nepotismo o comportamientos indecorosos que suelen perseguir a buena parte de la dirigencia argentina. En ese sentido, representa una figura política más limpia desde el punto de vista institucional. Pero esa misma moderación estilística lo vuelve sospechoso para quienes creen que la política debe librarse como una guerra permanente. En un clima dominado por la agresividad libertaria, algunos dentro del peronismo creen que la única respuesta posible es imitar ese tono.

Ayer, en este mismo programa, la diputada Florencia Carignano lo dijo sin rodeos: las formas de Milei son las formas de la política actual defendiendo tácitamente la propia estética combativa del kirchnerismo. “Cuando se están llevando puesto al país, lo políticamente correcto, las buenas formas, me parece que quedan a un costado”, sostuvo.

Polémica entre Florencia Carignano y Fontevecchia sobre el pago de la deuda

Respecto de la deuda externa, la diputada planteó una postura crítica hacia el préstamo otorgado durante el gobierno de Macri. Sostiene que el propio Fondo Monetario Internacional (FMI) reconocía que Argentina no podía pagar esos 45 mil millones de dólares y cuestiona la lógica del préstamo, y por eso no correspondería pagarla.  Recordemos que Máximo renunció a la presidencia de la bancada peronista cuando se trató la deuda externa de Macri, pero no ofreció una alternativa política. El kirchnerismo pareciera querer revivir aquel momento cuando Adolfo Rodríguez Saá, tras asumir la presidencia, anunció el no pago de la deuda, pero el contexto era muy distinto. 

El país se encontraba en una situación límite. Argentina estaba en default de hecho, el sistema bancario había colapsado tras el “corralito”, el gobierno de Fernando de la Rúa había caído en medio de una crisis institucional y el país llevaba más de tres años de recesión profunda. El Estado carecía de acceso a los mercados internacionales, las reservas del Banco Central eran mínimas y la convertibilidad se encontraba agotada.  En ese contexto extremo, la declaración de default fue más la formalización de una realidad que una decisión estratégica: el país simplemente no tenía capacidad material de pagar. 

Dos décadas después, el escenario es distinto. La economía argentina sigue  enfrenta problemas estructurales, pero logró reintegrarse al sistema financiero internacional y como cualquier país precisa ser sujeto de crédito para que sus empresas también lo puedan ser y al mismo tiempo invertir.  Por eso, invocar aquel precedente como si se tratara de una decisión política replicable sin costos ignora las enormes diferencias entre aquella crisis sistémica y la situación actual.

La renuncia de Máximo a la presidencia del bloque en diputados fue el gesto político fuerte que marcó la distancia entre el kirchnerismo duro y la estrategia del gobierno, y precipitó la debacle del Frente de Todos. Pero ese gesto también reveló una paradoja. El sector que se oponía al acuerdo nunca presentó una alternativa concreta. Se rechazaba el pacto con el Fondo, pero no existía un plan económico superador.

Lo mismo se repitió cuatro años después, hace pocos meses en la última visita numerosa que pudo recibir Cristina y motivo restricciones judiciales posteriores a su prisión domiciliaria. Fue la de un grupo de economistas del partido justicialista que también llevaban como proyecto económico repudiar la deuda externa. Era más una posición identitaria que una propuesta de gobierno. En política, esa diferencia no es menor. Defender una posición identitaria puede servir para sobrevivir residualmente como una secta, pero no sirve para construir una alternativa de poder.

Algo muy distinto ocurrió en Brasil cuando Lula decidió enfrentar a Jair Bolsonaro en las elecciones de 2022. Lula entendió que el desafío no era solo electoral sino también institucional, y por eso impulsó un frente político mucho más amplio que el tradicional campo de la izquierda. Incorporó sectores del centro, del liberalismo, del conservadurismo democrático e incluso dirigentes provenientes de la centroderecha. El gesto más simbólico fue elegir como vicepresidente a Geraldo Alckmin, un histórico adversario del Partido de los Trabajadores que durante años había sido uno de los principales referentes del establishment paulista. Alguien que podría ser equiparable a Macri en Argentina.

Aquella alianza implicó resignar pureza ideológica en favor de una coalición más amplia capaz de garantizar gobernabilidad y derrotar al bolsonarismo en las urnas. El resultado fue una coalición heterogénea que logró imponerse por un margen estrecho, pero suficiente para reconstruir una mayoría política democrática frente a un proyecto que muchos consideraban un riesgo para las instituciones brasileñas. Ese debate será inevitable si el proyecto político de Kicillof sigue creciendo y el deterioro de Milei continúa. Sin embargo, es claro que se requiere un programa político claro para definir un rumbo alternativo a La Libertad Avanza.

El jefe de Gabinete bonaerense, Carlos Bianco, sostuvo que el desafío del peronismo es construir un espacio que reúna sectores diversos, desde el progresismo hasta corrientes más conservadoras, en torno a ejes como la producción y el trabajo. Dirigentes como Pichetto advierten que el peronismo no puede limitar su estrategia a “frenar a Milei”, sino que debe elaborar un programa de ideas propio, pero también busca ampliar. Las posiciones no son irreconciliables.

En La Matanza, el debate sobre la amplitud del peronismo tomó forma concreta cuando el intendente Fernando Espinoza incorporó a su gabinete a dos exconcejales del PRO y a Héctor “Toty” Flores, dirigente cercano a Elisa Carrió. La medida, sin embargo, generó fuertes críticas dentro del kirchnerismo. El diputado bonaerense Facundo Tignanelli sostuvo que, en un distrito históricamente peronista, esa estrategia subestima a los votantes y desplaza a militantes propios. 

La experiencia de 2019 pesa demasiado todavía para clarificar la discusión. Aquella coalición ganó las elecciones, pero nunca resolvió sus diferencias internas. El resultado fue un gobierno paralizado por sus propias tensiones. Muchos dentro del peronismo reconocen hoy que esa lógica fue tóxica. La estrategia fracasó. El gobierno se desgastó sin resolver la crisis económica. Y el kirchnerismo terminó asociado a esa experiencia tanto como el propio presidente. La distancia discursiva del kirchnerismo no le alcanzó para evitar el costo político del gobierno de Alberto Fernández.

En el fondo, la discusión que hoy atraviesa al peronismo es una discusión sobre su propio futuro en la era posmilei. Tarde o temprano, el ciclo político que hoy domina la escena se agotará. La pregunta es qué tipo de peronismo emergerá: uno abierto, capaz de construir mayorías amplias, o uno más cerrado, aferrado a una identidad cada vez más minoritaria. En esa definición aparece inevitablemente la figura de Cristina, que durante dos décadas organizó el poder dentro del movimiento. El problema ya no es solo si Kicillof puede prescindir de Cristina, sino cómo convivir con su legado sin quedar atrapado en él. Porque resolver esa ecuación (qué hacer con Cristina y qué hacer después de Cristina) es, probablemente, la verdadera discusión estratégica del peronismo hacia 2027.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

 

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