Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 995: Milei, el gatopardo invertido

Entre concesiones de gestión, pactos con la casta y un relato cada vez más radicalizado, el Gobierno aplica una lógica particular: moderar las medidas para poder gobernar y darle el toque de furia al discurso para sostener la identidad. Las claves del "gatopardismo invertido", donde la retórica contra el sistema oculta los cambios de rumbo en la realidad.

Día 995 editorial JF Foto: + Perfil

El gatopardismo en política es la táctica que lleva adelante el establishment de un país que consiste en hacer cambios superficiales para ocultar la realidad: que en el fondo, nada ha cambiado. Cambiar todo para que todo siga como siempre. Milei, para conservar el poder, parece que estuviese haciendo un gatopardismo invertido.

Sigue con el mismo discurso de enfrentamiento a la casta política y el periodismo, incluso lo radicaliza, pero por abajo hace cada vez más concesiones. Pacta con los gobernadores y les da más coparticipación para que les voten las leyes, incorpora a la casta política al Gabinete, con Santilli como máxima expresión. Refuerza el Banco Central en vez de quemarlo. Toma deuda cuando dijo que la deuda es inmoral y hasta su ministro de Economía, Luis Caputo, presentó un mini "plan platita" evocando la "justicia social".

Conociendo a Milei, este gatopardismo invertido debe ser un poco una táctica para retener a su núcleo duro, que lo votó cansado de todo el sistema político, y otro poco, un autoconvencimiento de que sigue siendo él, de que el poder no lo ha cambiado.

El gatopardismo invertido sucede cuando la realidad obliga al gobierno a cambiar y al presidente a demostrar que no cambió. Cuanto más pragmático precisa ser el Gobierno, más dogmático necesita mostrarse. Moderación práctica, radicalización política. Consiste en radicalizar el relato mientras se modera la política.

¿Es una estrategia intensificar una forma de comunicación confrontativa para seguir luciendo un outsider contra todos o es una limitación psicológica de Milei que puede corregir planes de gobierno, pero no su forma de comunicarse? Es funcional a las dos necesidades: ocultárselo a los demás y ocultárselo a él mismo.

Paralelamente, el fracaso parcial de un dogma no necesariamente modera al creyente, sino que a veces lo radicaliza, convenciéndolo de que es preciso profundizar la convicción. Mantener las formas igual, demostrando que “tenía razón” para ocultar modificaciones en el plan que sería reconocer errores.

Milei construyó una identidad de profeta, de visionario, que ve antes. Reconocer que corrige y hace cambios tendría un costo psicológico que afectaría su identidad. Y es la pérdida de capacidad de dominar la conversación pública lo que obliga a subir el tono. Instalando que “Milei es Milei”, que “Milei no cambió”, para que, en realidad, cambien ciertas políticas. O sea, cambiar sin poder admitir que se cambia.

Así, lo que comienza siendo funcional políticamente, simultáneamente satisface una necesidad psicológica de continuidad del yo.

La economía obliga a hacer correcciones y cambios, algo que su personalidad le impide hacer y aceptar. Es cuando las necesidades adaptativas del gobierno chocan con las necesidades identitarias de quien lo conduce. En cambio, Menem podía hacer del cambio virtud: “Si les decía que iba a hacer, no me votaban”. Así, el cambio era continuidad de una misma estrategia: sabía lo que había que hacer y sabía antes cómo ganar las elecciones.

Milei, cada vez más iracundo y también a la defensiva

En el caso de Milei, donde la autenticidad es uno de sus atributos diferenciadores, el cambio impide la continuidad de la narrativa.

No es la primera vez que sucede: terminar con el Banco Central, a reforzarlo; el peso es un excremento, a valorizarlo; terminar con la casta, a incluirla destacadamente en su gobierno; de comenzar dándole la espalda al Congreso, a negociar con todos los bloques y gobernadores. El volumen del discurso compensando moderación en ciertos hechos.

Por eso, el insulto, la reiteración de los enemigos, la reivindicación doctrinaria y la insistencia en que “no negociamos nuestros valores” pueden cumplir una función política mucho más profunda que la simple agresividad: certificar continuidad identitaria mientras ocurre adaptación gubernamental.

La autonomía queda focalizada en el lenguaje: el discurso se transforma así en el territorio donde la revolución puede continuar sin los costos que tendría llevarla íntegramente a los hechos.

No solamente hacer creer a los demás que uno no cambió mientras cambia; al mismo tiempo, necesitar creer uno mismo que se sigue siendo el mismo mientras se adapta.

En el gatopardismo, las apariencias cambian para conservar la estructura. En el gatopardismo inverso, las políticas pueden cambiar para conservar la identidad. Lo que paralelamente es imprescindible cuando cambiar es más fácil que cambiar uno mismo.

Viene a su auxilio la compartimentalización de la personalidad, que permite mantener simultáneamente lógicas diferentes separándolas en compartimentos: “No estoy cambiando; estoy haciendo lo necesario para llegar al mismo lugar que siempre anuncié”. Ese discurso no solo serviría para convencer a los otros de que Milei no cambió, sino a Milei para convencerse de que sigue siendo Milei.

El término “gatopardismo” viene del libro italiano El gatopardo (Il Gattopardo), escrito por Giuseppe Tomasi di Lampedusa y publicado en 1958. En la historia, que ocurre durante la unificación de Italia, un joven aristócrata llamado Tancredi le dice a su tío que, si quieren que la nobleza siga mandando, ellos mismos deben apoyar los cambios políticos aparentes. El nombre se debe al “gatopardo” (un felino parecido a un leopardo) que aparece en el escudo de armas de la familia noble que protagoniza la novela.

La adaptación cinematográfica de El Gatopardo se estrenó en 1963. Fue dirigida por el célebre director italiano Luchino Visconti y contó con un elenco internacional de primer nivel, con Alain Delon como Tancredi. Vamos a ver un fragmento de la película.

Hace tiempo venimos diciendo que hay una economía en dos velocidades. Un sector minoritario, ligado a la minería, el petróleo, el agro y el sector financiero, con importantes ganancias, y el resto de la industria, la construcción y el comercio, en caída. Paralelamente, parece que ligado a este problema ahora hay un gobierno a dos velocidades. Milei y un grupo de funcionarios, como Sturzenegger, dando la batalla cultural y radicalizados contra todos los críticos del modelo económico que hace agua en varios frentes, y el resto del Gobierno, con Santilli, Toto Caputo y otros, haciendo concesiones para sostener la gestión y ser competitivos de cara a las elecciones del año que viene.

El reciente paquete económico anunciado por Luis Caputo busca inyectar liquidez directa en la economía mediante un fondo de 2 billones de pesos provenientes del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la ANSES, los cuales se licitan entre bancos privados para otorgar créditos hipotecarios destinados a la primera vivienda, construcción, refacción o ampliación, fijando un tope de tasa de UVA más 7,5% y un límite de 150.000 UVA por crédito para beneficiar a unas 18.000 familias sin recurrir a la emisión monetaria.

Esta medida central se complementa con la liberación de unos 500.000 millones de pesos al circuito bancario tras no renovar la totalidad de los vencimientos de deuda en pesos, la flexibilización de los requisitos para que las empresas no exportadoras puedan acceder a financiamiento directo en dólares y el envío al Congreso del proyecto de Inocencia Fiscal II para facilitar la circulación e integración formal de fondos no registrados en el mercado local.

Con este conjunto de acciones, el Palacio de Hacienda apunta a reactivar el consumo masivo, el sector inmobiliario y la industria de la construcción, trasladando el riesgo crediticio directamente a las entidades financieras encargadas de evaluar a los solicitantes. Al mismo tiempo, el esquema intenta dinamizar el crédito privado y movilizar las divisas fuera del sistema bancario dentro de un marco de estricto equilibrio fiscal y ordenamiento macroeconómico.

Todo esto, luego de que el ministro haya anunciado el lanzamiento de la línea de créditos bajo el argumento de que favorece a la “justicia social”, término maldito para Milei. Difícilmente cualquier cambio económico importante se haga en el Gobierno sin la aprobación de Milei, así sea a regañadientes. Pero, al mismo tiempo que Caputo hacía este tipo de concesiones a la falta de actividad económica que genera su modelo, Milei criticaba duramente a todos los que afirmaban esto. Sigue gritando que no hay caída en la actividad, que los salarios siguen creciendo y todo va bien en su Gobierno en materia económica.

Ayer, Federico Sturzenegger sacó una nota en La Nación titulada “Más allá del ruido”, que defiende la gestión de Milei a capa y espada. Es interesante que lo haga el ministro de Desregulación, porque era uno de los apuntados por una parte del Gobierno por generar derrotas parlamentarias con sus leyes demasiado radicalizadas, como la llamada por la oposición Ley de Extranjerización. Vamos a escuchar un segmento de su nota, leída con su voz por una inteligencia artificial.

“A fines de 2017, el gobierno de Macri tenía bastante para mostrar. La economía crecía al 5% (la inversión al 20%), la inflación corría al 1,4% mensual y la pobreza alcanzaba al 26%, su menor valor desde principios de los 90. Sin embargo, la Plaza de Mayo vivía estallada, las calles eran un caos (las 14 toneladas de piedras, la plaza del Congreso y la 9 de Julio) y se instaló la idea de que todo iba mal. Caló tan hondo eso que el gobierno perdió el rumbo. Se desvió de su camino, agobiado por la supuesta urgencia. Lo que vino después es historia conocida.

Es importante rescatar este episodio porque deja dos importantes lecciones. La primera es que un gobierno tiene que mantenerse fiel al rumbo y a sus ideas, sobre todo cuando están generando los resultados esperados. La otra es que, independientemente de cuán buenos sean los resultados, la oposición siempre va a tratar de construir un relato de que las cosas van mal”.

Por su parte, el propio Milei se dedicó a insultar a todos sus críticos de una manera virulenta. Después de estar recluido durante casi un mes en Olivos, salió a la carga totalmente radicalizado. Vamos a ver una catarata de tuits insultantes que hizo durante tan solo un día, que recuperó y mencionó el stream Pue.

En el gatopardismo invertido, las políticas pueden cambiar para conservar la identidad. Paralelamente, es imprescindible cuando cambiar es más fácil que cambiar uno mismo.

Milei comienza una semana de viajes e importantes encuentros en Argentina y Chile, incluyendo una reunión con una funcionaria norteamericana

La compartimentalización de la personalidad puede mantener simultáneamente lógicas diferentes separándolas en compartimentos: “No estoy cambiando; estoy haciendo lo necesario para llegar al mismo lugar que siempre anuncié”. Ese discurso no solo serviría para convencer a los otros de que Milei no cambió, sino a Milei para convencerse de que sigue siendo Milei.

Y se podría relacionar con el “doble pensar” de George Orwell. El doublethink es uno de los conceptos centrales de 1984. No significa simplemente mentir ni ser hipócrita. Es algo más complejo: la capacidad de aceptar simultáneamente dos ideas contradictorias y considerar verdaderas ambas, suprimiendo la percepción de la contradicción cuando resulta necesario.

En 1984, Orwell lo vincula al funcionamiento del poder totalitario. Es una especie de administración política de la propia conciencia. El doble pensar es más profundo que la propaganda. La propaganda busca modificar lo que creen los demás; el doblepensar modifica también la relación del propagandista con aquello que él mismo sabe.

Quizás no se trate necesariamente de ocultar el cambio, sino de construir un relato en el que cambiar y no cambiar puedan ser, al mismo tiempo, verdaderos.

Según el monitor de la Universidad Austral, hasta el 3 de agosto Milei promediaba 14 insultos por hora; desde el 4 de agosto, promedia 29 insultos por hora. 81% de ellos, a periodistas; 10%, a la oposición; 3%, economistas; y 5%, al resto de colectivos. Probablemente agarrársela con los periodistas tiene menor costo que con otros colectivos, además de que le molestan porque son el espejo de la realidad que detesta aceptar.

Decíamos que Milei mismo intenta convencerse de que no está haciendo concesiones, que sigue siendo el mismo y que el poder no lo cambió. Si logra convencerse a fuerza de repetir una y otra vez lo mismo, no perderá su carácter genuino, eso que lo hace distinto al resto de los políticos, que suenan más coacheados y que dicen lo que se espera escuchar de ellos.

En eso Milei tiene un punto fuerte: la oposición no ofrece nada nuevo y los candidatos del peronismo que tienen más chances de derrotarlo son el exministro de Economía Sergio Massa y el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, dos figuras de primera línea durante el gobierno de Alberto Fernández, que desembocó en un hastío tan importante con el peronismo que inclusive votantes del propio kirchnerismo terminaron inclinándose por Milei.

Si Milei logra convencerse de que es el mismo loco que lucha contra la casta y todos los políticos, tal vez pueda seguir convenciendo a su núcleo duro. Sin embargo, en la práctica política real, pacta permanentemente con aquellos gobernadores del peronismo que dice combatir. Inclusive hay propuestas de no presentarle candidatos opositores en sus distritos si votan la suspensión de las PASO.

Todo a cambio de darle más coparticipación. Con lo cual, estaría ayudando a que se perpetúen en el poder. Además del mini plan platita de Caputo y los acuerdos en el Senado con el peronismo para votar al juez Yadarola en la Cámara Federal, quien, junto con Bertuzzi, blindarán a Milei y su hermana en las causas de Libra, Andis y el presunto enriquecimiento ilícito de Adorni.

En este punto, son parecidos con el kirchnerismo, que también tenía su cuota de gatopardismo invertido. Hablaba de soberanía nacional mientras hacía acuerdos secretos con la multinacional Chevron para la explotación de Vaca Muerta y permitía la explotación de litio con solo un 3% de retenciones a las empresas multinacionales sin saber exactamente cuánto mineral se llevaban, solo con ver una declaración jurada. Hablaban de políticas progresistas y cajonearon el derecho al aborto durante doce años y toda la retórica de la juventud militante y de la pasión por la política de transformación terminó en militantes rentados ocupándose de cajas importantes y amparando un sistema de corrupción a gran escala.

En el populismo, sea de derecha o de izquierda, parece que lo último que se pierde es el discurso. A pesar de que todo cambie para peor y se haga lo que se dice combatir, el discurso sigue igual o radicalizado. En el gatopardismo invertido, en las palabras todo sigue igual; en los hechos, todo cambia, para peor, lamentablemente.

 

CS/ff