La milenaria civilización judía no es monolítica. Si algo la caracteriza es su diversidad de respuestas a los dilemas teológicos, filosóficos y prácticos de la existencia.
Un viejo relato lo ilustra brillantemente: primero vino un judío que dijo que todo era la Ley, y ese fue Moisés; luego vino otro que dijo que todo estaba en el corazón, y ese fue Jesús; luego vino otro que dijo que ambos estaban equivocados y que todo estaba en los bolsillos, y ese fue Marx; seguidamente vino otro que dijo que todo estaba en medio de los bolsillos, y ese fue Freud; y más tarde vino uno que les dijo que todos estaban equivocados porque todo era relativo, y ese fue Einstein.
Hablar de "un judaísmo" es una falacia. El dicho "dos judíos, tres opiniones" nace del deporte judío por excelencia: la discusión dialéctica talmúdica, la reformulación infinita de interpretaciones, preguntas y respuestas.
Este deporte puede resultar incomprensible para un Occidente que busca respuestas únicas y doctrinarias. Pero es la esencia misma de nuestro sistema. Como lo consagra el Talmud: "Elu ve-elu divrei Elokim Jaim - Estas y estas son palabras del Dios viviente" (Eruvin 13b).
El desafío Milei y la prudencia judía
El Talmud no excluye la respuesta de nadie. Entiende que todas son complementarias en la búsqueda de la verdad. Solo el Creador, llamado Emet (Verdad), puede tener esa Verdad absoluta. Nuestros sabios enseñan que Emet está compuesta por la primera letra, la del medio y la última del alefato - Alef, Mem, Tav - porque la verdad debe contenerlo todo (Shabat 55a). E incluso eso lo discutirán algunos kabalistas.
A la pregunta "¿qué piensa el judaísmo sobre...?", la única respuesta honesta es: depende de quién te conteste. Hay tantas respuestas como judíos. "Así como sus rostros no son iguales, sus opiniones no son iguales" (Berajot 58a). Es casi imposible encontrar consensos y eso es un desafío de tolerancia a la pluralidad en una comunidad hiper-atomizada, paradójica e incluso contradictoria.
La historia lo demuestra. Grandes portentos como Maimónides, que en su Guía de los Perplejos enseñó que la verdad tiene niveles, fue censurado y sus libros quemados. Baruj Spinoza fue excomulgado con el Jerem más duro de Ámsterdam en 1656 por atreverse a pensar distinto.
Parece un misterio de la historia que lo que ha unido a los judíos haya sido más el odio externo que el amor interno. Como advirtió Sartre, es el antisemita quien hace al judío.
El antisemitismo ha acusado al judaísmo de ser promotor del capitalismo, del socialismo, del marxismo y de cientos de otras ideologías. En realidad, tienen razón. Los judíos hemos estado a la vanguardia de todas las grandes utopías. Ya en la conformación como pueblo se destacaban los nombres propios y las características distintivas de cada uno de los hijos de Yaakov. "Cada tribu tenía su camino, su canto y su bandera" (Bamidbar Rabá 2:3). Muchos pueblos dentro de un pueblo. La absoluta diversidad.
El moderno Estado de Israel, tan difícil de comprender para muchos, es la fiel representación de esa diversidad. La Knesset es ese mosaico y muchas veces representantes de minorías hacen que algunos piensen que esa es la política o visión del país sobre algún tema. Los ejemplos sobran a diario y más en tiempos electorales.

En este último lustro, en un mundo donde la razón no pudo superar la tragedia de las dos guerras mundiales, volvimos a una búsqueda desesperada de respuestas en un guionista oculto. Es lo que Martin Buber llamó el eclipse de Dios, y lo que Abraham Joshua Heschel describió como el hombre en busca de Dios.
Es aquí donde debemos hablar del presidente de la Argentina. Nadie puede cuestionar la sinceridad de su búsqueda espiritual. Pero sí debemos cuestionar qué judaísmo es el que se está mostrando en la Casa Rosada.
Encontrar en los textos bíblicos y en la lectura semanal de la parashá pasajes que te inspiren no te convierte en judío. El proceso de conversión al judaísmo, no exento -como corresponde- de divergencias, es lento e implica una aceptación de normas y principios. La Torá, que no busca un mundo más judío sino un mundo más humano, establece las siete leyes de Nóaj como posibilidad de ser un fiel servidor de la Divinidad sin la necesidad de ser judío. El judaísmo no tiene un objetivo evangelizador ni busca que la humanidad sea judía. Otro desafío conceptual para otras religiones monoteístas. No hay impedimento alguno para ser judío, pero hay costos y prácticas que no todos pueden o quieren asumir.
El judaísmo normativo, halájico y mayoritario, se construyó sobre tres pilares: "Al shlosha devarim haolam omed: al haTorah, veal haavodah veal guemilut jasadim - El mundo se sostiene sobre tres cosas: sobre la Torá, sobre el servicio y sobre los actos de bondad" (Pirkei Avot 1:2).
El presidente, en cambio, ha abrazado públicamente una vertiente muy específica y minoritaria: el mesianismo jasídico de Jabad. Milei se inspira en ella como herramienta de poder e identificación personal con figuras bíblicas de fuerza y venganza. Cuando se compara con Moisés o con los Macabeos, cuando habla de "las fuerzas del cielo", cuando cita al Ari HaKadosh fuera de contexto y lo transforma en eslogan, no está representando al judaísmo rabínico clásico. Está representando a un judaísmo marginal. Si algo es cierto en su aproximación es que la salida de la esclavitud de Egipto marca una evocación permanente. Solo el hombre libre puede buscar respuestas y encontrar caminos a su tierra prometida.
El judaísmo central desconfió siempre del mesianismo personalista. Lo pagamos muy caro. Maimónides, en su Mishné Torá (Hiljot Melajim), establece criterios racionales y muy restrictivos para el mesianismo y advierte contra los mesías apresurados. Por esa desconfianza, Shabtai Zvi en el siglo XVII fue considerado la mayor catástrofe espiritual de nuestra historia.
Lo que encarna el presidente es lo que el gran historiador Gershom Scholem llamó en las grandes corrientes de la mística judía la deriva siempre posible del misticismo hacia el nihilismo mesiánico: cuando la mística deja de ser interpretación y se convierte en instrumento de poder político.
Hay un segundo problema. La tradición judía es esencialmente anti-idolátrica del poder. "Lo taase leja pesel - No te harás ídolo" (Éxodo 20:4). Y nuestros profetas fueron los primeros críticos del poder. Como enseña Heschel en Los Profetas, el profeta no predice el futuro, denuncia el presente en nombre de la justicia. "Tzedek, tzedek tirdof - Justicia, justicia perseguirás" (Deuteronomio 16:20). No hay Torá sin justicia social.
Un judaísmo que solo habla de fuerza, de batalla cultural, de aniquilación del enemigo, de pureza ideológica, olvida que el corazón del judaísmo es la compasión. "Los judíos son rajmanim bnei rajmanim - Compasivos, hijos de compasivos" (Beitzá 32b). Y como sentenció Rabí Akiva, "Veahavta lereaja kamoja - Amarás a tu prójimo como a ti mismo, este es un gran principio de la Torá" (Bereshit Rabá 24:7).
El riesgo, entonces, es doble. Para los judíos: que se identifique a toda una civilización de 4.000 años de debate, de Hillel y Shamai, de Rashi y Tosafot, de Spinoza y Levinas, con una sola lectura mesiánica. Para los argentinos no judíos: que crean que el judaísmo es una doctrina de la fuerza, del elegido, del ungido. Todo lo contrario de lo que enseñó Martin Buber en Yo y Tú: que lo divino solo aparece en el encuentro con el otro, no en su destrucción.
Como nos advirtió Yeshayahu Leibowitz, uno de los pensadores judíos más lúcidos del siglo XX: "El mesianismo político es la forma más profunda de idolatría".
No es el judaísmo el que está en la Casa Rosada. Es un espejo de una búsqueda personal, legítima, pero que usa un tipo de ropaje judío para legitimar un proyecto político que nada tiene que ver con la ética judía de la responsabilidad y la duda.
Y nuestro deber, como judíos, es decirlo. Porque si no lo decimos nosotros, ¿quién lo dirá? "Im ein ani li, mi li? Ujshéani leatzmi, ma ani? Veim lo ajshav, eimatai? - Si no soy yo para mí, ¿quién lo será? Y si soy solo para mí, ¿qué soy? Y si no es ahora, ¿cuándo?" (Pirkei Avot 1:14)
Todo nuestro respeto al presidente Milei por su acercamiento sincero al judaísmo y su apoyo inequívoco al Estado de Israel en un momento donde tantos miran para otro lado. Ese gesto lo valoramos y lo agradecemos.
Pero una cosa es el afecto y otra la confusión. Acercarse no es convertirse, inspirarse no es pertenecer y citar la Torá no es representar al pueblo judío.
Milei no es judío. Y está bien que no lo sea. No necesita serlo.
El judaísmo no necesita presidentes judíos. Necesita que no se lo reduzca a un eslogan o a una batalla cultural.
(*) Miguel Steuermann es periodista. Director de Radio Jai