Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 998: Argentina se desindustrializa cuando el mundo se reindustrializa

Argentina enfrenta una paradoja: mientras Estados Unidos, Europa y China vuelven a apostar por la industria como fuente de empleo, tecnología y autonomía estratégica, el país profundiza su desindustrialización sin definir qué estructura productiva quiere construir.

"Día 998: Editorial MF" Foto: +Perfil

Argentina enfrenta el riesgo de quedarse sin industria sin haber definido todavía qué estructura productiva quiere construir en su lugar. El Gobierno tiene un rumbo claro en materia macroeconómica —déficit cero, desregulación, apertura comercial y reducción de la intervención estatal—, pero esa orientación no equivale necesariamente a una estrategia de desarrollo productivo.

Mientras la energía, la minería y el agro aparecen como motores del crecimiento, la industria manufacturera y el mercado interno quedan rezagados, y las medidas oficiales parecen concentrarse más en quitar obstáculos que en definir qué capacidades productivas debería desarrollar el país. Paradójicamente Argentina se desindustrializa cuando el mundo se reindustrializa después de haber pasado por la utopía de postindustrialización de la que occidente está volviendo rápidamente. Lo que desarrollaremos más adelante en esta columna. Primero el contexto.

El Gobierno sostiene que las empresas deben adaptarse a la competencia y que el Estado no puede sostener artificialmente actividades ineficientes. El problema es que dejar que el mercado decida qué empresas sobreviven, no responde por sí solo qué sectores, tecnologías y conocimientos debería conservar Argentina para competir en las próximas décadas, además de una falacia porque el tipo de cambio y la presión tributaria diferenciada con el RIGI y las importaciones, es parte de la intervención del Estado sobre el mercado.

La Unión Industrial Argentina (UIA) conmemorara este miércoles el Día de la Industria con un acto en una planta de Malvinas Argentinas, en el Gran Buenos Aires, en un contexto marcado por la preocupación del sector y la tensión con el Gobierno. Unos 200 empresarios participarán del encuentro, que tendrá como principales representantes del Ejecutivo al jefe de Gabinete, Diego Santilli, y al secretario de Coordinación de Producción, Pablo Lavigne. Pero esta vez no asistirá el presidente Javier Milei.

El escenario llega lejos del clima de septiembre de 2025, cuando Milei visitó la UIA, y defendió un programa de apertura económica mientras cuestionaba al sector fabril por sus vínculos con el Estado. Incluso acusándolos de prebendarios y los acusó de “cazar en el zoológico”.

Vamos a escuchar un fragmento de aquel discurso.

Un año después, los industriales enfrentan una combinación de caída de ventas, menor crédito al consumo y una mayor competencia de productos importados. A esto se suma el aumento de algunos costos: los servicios, por ejemplo, acumularon una suba relativa del 30% desde el inicio de la gestión de Milei a moneda constante.

Los indicadores de actividad reflejan las dificultades. Durante el primer semestre de 2026, la producción industrial cayó 2,2% interanual del ya caído 2025 además de la caída en 2024. El dato se da en un contexto de cierres de establecimientos: según estimaciones de la consultora I+D, el año podría terminar con un saldo de unas 3.000 empresas industriales menos entre aperturas y cierres.

La morosidad en la industria se disparó desde 2024 y afecta a más de 4.300 empresas

Desde el Gobierno, Lavigne sostiene que el Estado no puede intervenir para sostener a cada empresa y plantea que la economía debe obligar a las compañías a adaptarse. La UIA, en cambio, viene reclamando medidas para aliviar la situación de las pequeñas y medianas empresas. Entre sus pedidos recientes, solicitó a la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA) suspender durante 180 días los embargos a las pymes.

El enfrentamiento verbal reciente entre el Gobierno y el sector industrial tuvo uno de sus momentos más fuertes el 5 de agosto. Durante una exposición ante empresarios de la Cámara de Agentes de Bolsa, en el Hotel Sheraton de Buenos Aires, el ministro de Economía, Luis Caputo, defendió el rumbo económico del Gobierno frente a las críticas por el impacto de la apertura comercial sobre la industria. En ese contexto, cuestionó la idea de que los gobiernos anteriores hubieran tenido una política industrial exitosa y sostuvo que la producción manufacturera había caído 10% entre 2011 y 2023 pese a los subsidios. Fue entonces cuando lanzó: “Para todos los tarados que hablan de la industria...”.

Vamos a escuchar ese fragmento.

Dos días después, el 7 de agosto, Caputo intentó bajar la tensión y aclaró que no había llamado “tarados” a los industriales, sino a quienes, según él, defendían el modelo económico anterior. 

Pero si vamos a las consecuencias que esta situación está teniendo sobre los trabajadores, es evidente que el modelo económico está produciendo una transformación profunda del mercado laboral argentino. La combinación de apertura comercial, caída del consumo y menor actividad industrial está destruyendo puestos de trabajo registrados y empujando a una parte de los trabajadores hacia empleos más precarios, informales o de menor calidad. 

El problema no es solamente cuántos empleos se pierden, sino qué tipo de empleos los reemplazan: mientras desaparecen puestos industriales con estabilidad, derechos laborales y salarios relativamente más altos, crecen formas de inserción laboral más frágiles y con menor protección.

La crisis industrial viene teniendo un fuerte impacto, con cierres, despidos, suspensiones y reducción de turnos en distintos sectores de la industria. El caso más emblemático fue FATE, que cerró su planta de San Fernando y dejó a unos 920 trabajadores sin empleo. Pero no fue un caso aislado. También cerraron empresas como Aires del Sur, en Tierra del Fuego, que dejó unos 140 trabajadores afectados, y Grupo Dass, que terminó su producción en Eldorado y despidió a 150 empleados. En otras compañías, como Tenaris SIAT, los despidos fueron frenados temporalmente por la resistencia sindical.

El deterioro de la actividad golpeó especialmente a ramas intensivas en empleo, como textiles, calzado, automotrices y metalurgia. Para los trabajadores, la secuencia se repite: menos producción, reducción de turnos, suspensiones, despidos y, en los casos más extremos, cierre definitivo.

Ahora sí, vamos a la cuestión de fondo. La paradoja es que este proceso ocurre mientras buena parte del mundo desarrollado avanza en la dirección contraria. Estados Unidos, China y Europa están impulsando políticas de reindustrialización para recuperar capacidad productiva, tecnología, empleo y autonomía estratégica. En ese contexto, la Argentina de Javier Milei parece marchar a contramano: mientras otras economías buscan reconstruir sus capacidades industriales, el Gobierno apuesta por una mayor apertura y deja que la competencia externa determine qué sectores pueden sobrevivir.

El PBI puede evitar la recesión, pero la industria y el consumo siguen en crisis

Es cierto que durante décadas, buena parte del mundo desarrollado creyó que la fábrica era una etapa superada. La evolución natural de una economía avanzada parecía conducir desde la producción de bienes hacia los servicios, las finanzas, el software, el diseño y el conocimiento. Las fábricas podían mudarse, el ejemplo de Nike fabricando en el sudeste asiático, allí donde producir fuera más barato mientras los países ricos conservaban las marcas, las patentes y las universidades. Parecía un intercambio perfecto: Occidente pensaba y Asia fabricaba. 

Pero la industria nunca fue solamente un lugar donde entran materias primas y salen automóviles, medicamentos, máquinas o acero. Una fábrica arrastra proveedores, ingenieros, técnicos, transporte, logística, software, diseño, capacitación, investigación y crédito. Genera conocimientos que después pueden utilizarse en otros sectores y crea capacidades que difícilmente puedan improvisarse cuando se las necesita. La industria importa menos por lo que fabrica que por todo lo que obliga a aprender para poder fabricarlo. Por eso la fábrica fue, históricamente, una enorme máquina de acumulación de conocimiento.

La gran ilusión posindustrial comenzó a consolidarse desde los años 70 y 80 y adquirió una fuerza extraordinaria después de la caída del Muro de Berlín. Que para muchos fue el fin de la utopía de un gobierno de los trabajadores industriales. El señor historiador Eric Hobsbawm marcó el fin simbólico del siglo XX, en ese punto.

Sin embargo China, comprendió algo que Occidente había subestimado: fabricar también enseña. Quien produce baterías durante décadas aprende sobre baterías; quien fabrica paneles solares aprende sobre energía; quien fabrica automóviles eléctricos aprende sobre motores, electrónica, software, materiales y almacenamiento. La fórmula “Occidente piensa, China fabrica” comenzó a darse vuelta: China fabrica, China aprende, China innova y China compite. 

La metáfora puede llevarse incluso a la filosofía de Hegel. En la Fenomenología del espíritu, la dialéctica del amo y el esclavo muestra una paradoja: quien parece dominar depende de quien trabaja para él, mientras que quien ocupa la posición subordinada transforma la naturaleza mediante el trabajo y, al hacerlo, se transforma también a sí mismo. El trabajo no es solamente una actividad destinada a satisfacer las necesidades del amo: es la experiencia mediante la cual el esclavo adquiere una relación propia con el mundo y avanza hacia su propia transformación. Eso es China hoy.

La analogía con la economía global es inevitable. Durante décadas, Occidente conservó el diseño, las finanzas y buena parte de las actividades consideradas de mayor valor, mientras trasladaba la fabricación hacia Asia. China ocupó el lugar de la fábrica del mundo, pero esa posición subordinada le permitió desarrollar una relación cada vez más profunda con el proceso productivo: aprendió haciendo, perfeccionó sus capacidades y terminó compitiendo también en tecnología, diseño e innovación. El que fabricaba para otros terminó aprendiendo a fabricar para sí mismo y, finalmente, a competir con aquellos que habían dejado de fabricar.

Hoy el gigante asiático concentra alrededor de un tercio de toda la manufactura mundial y se convirtió en una potencia tecnológica precisamente a partir de una gigantesca capacidad productiva. Entonces llegó el arrepentimiento. Estados Unidos descubrió que había bienes cuya producción no podía dejar enteramente en manos de otros países. La guerra en Ucrania, por su parte, recordó a Europa que la interdependencia económica no elimina la geopolítica. La industria dejó de ser solamente una discusión sobre costos y pasó a ser nuevamente una cuestión de poder, autonomía y seguridad nacional. Por eso Estados Unidos volvió a utilizar herramientas que durante años parecían pertenecientes a otra época: aranceles, subsidios, incentivos fiscales y presión para que las empresas produzcan dentro de su territorio. 

Europa recorrió un camino similar, aunque con otros instrumentos, con programas destinados a recuperar fabricación estratégica y favorecer el “Made in EU”, o sea, hacerlo en Europa. Pero mientras las grandes potencias vuelven a discutir cómo recuperar capacidades productivas, nuestro país lleva décadas atravesando procesos de desindustrialización y discutiendo si la industria constituye una ventaja estratégica o un costo que los consumidores terminan pagando. 

En América Latina, la participación de la manufactura en el Producto Bruto y en el empleo cayó durante las últimas décadas. No es un fenómeno solo Argentina. Argentina quedó atrapada muchas veces en una discusión binaria entre campo e industria, como si desarrollar uno necesariamente implicara sacrificar al otro. Tal vez esa sea una discusión del siglo XX. La industria del siglo XXI no necesariamente consiste en fabricar todo aquello que consumimos. Consiste en agregar conocimiento a aquello que el país tiene para ofrecer. Vaca Muerta puede significar energía, pero también petroquímica, fertilizantes, maquinaria y tecnología.

El litio y el cobre pueden ser minerales exportados o el punto de partida de nuevas cadenas productivas. Pero depende de cuánto se involucre el país en su explotación.  La cuestión es qué combinación de competencia, inversión privada, apertura, infraestructura, educación, crédito y políticas públicas puede permitir que las ventajas naturales argentinas se transformen en ventajas tecnológicas y productivas.

La industria no encuentra piso: caen la producción, la inversión y el empleo en los principales polos fabriles

La paradoja argentina del siglo XXI sería que terminara abandonando capacidades industriales justamente cuando Estados Unidos y Europa decidieron que volver a producir, y China, no lo dejó de hacer nunca, es demasiado importante como para dejarlo exclusivamente en manos del mercado global.  Australia y Noruega muestran que menos manufactura no implica necesariamente menos desarrollo. La lección argentina no debería ser defender cualquier fábrica, sino defender la productividad. Noruega agrega otra clave: convirtió parte de la renta petrolera en ahorro e inversión de largo plazo. Para Argentina, la pregunta es qué hacer con Vaca Muerta, el litio y el cobre: consumir la renta o transformarla en infraestructura, conocimiento y capacidades futuras.

Además, Noruega industrializó alrededor del petróleo mediante ingeniería, tecnología, equipamiento y servicios. Argentina podría hacer lo mismo: no “Vaca Muerta o industria”, sino “cómo industrializamos Vaca Muerta” y nuestros recursos naturales. Brasil ofrece otra oportunidad. A 439 años de aquella primera exportación hacia Brasil, que es el origen de la efeméride, el país vecino impulsa una nueva industrialización con financiamiento, innovación y políticas sectoriales. Argentina podría aprovechar esa escala sin repetir el viejo proteccionismo.

El desafío del Mercosur es convertir esa complementariedad en cadenas productivas. Brasil tiene mercado, capital e industria; Argentina, energía, alimentos, minerales y capacidades tecnológicas. Vaca Muerta podría abastecer gas, pero también impulsar petroquímica, fertilizantes, maquinaria, ingeniería y servicios energéticos.

Pero vamos al origen de la fecha. ¿Por qué se celebra el día de la industria hoy?

Su origen está en un episodio ocurrido el 2 de septiembre de 1587, apenas siete años después de la segunda fundación de Buenos Aires por Juan de Garay. Ese día partió hacia Brasil la carabela San Antonio, al mando de Antonio Pereyra, con un cargamento que suele ser considerado la primera exportación de productos manufacturados desde el territorio que luego sería la Argentina. El dato, sin embargo, tiene varias particularidades: Buenos Aires era todavía un pequeño asentamiento colonial y el puerto no era mucho más que un fondeadero en el Riachuelo.

Lo más curioso es que buena parte de aquella primera “exportación industrial” no había sido producida en Buenos Aires. El cargamento había llegado desde el interior, principalmente desde Santiago del Estero, y estaba compuesto por tejidos, lienzos, lana, frazadas, sombreros, cueros trabajados, costales, sobrecamas y harina. Las fuentes detallan, entre otros productos, 650 varas de sayal, 680 de lienzo, 526 cordobanes, 38 frazadas, 212 sombreros y 160 arrobas de lana. Detrás de aquella operación estaba fray Francisco de Vitoria, obispo del Tucumán y, al mismo tiempo, un activo hombre de negocios. La ruta de aquellas mercancías ya mostraba una cadena productiva que conectaba el interior con Buenos Aires y, desde allí, con el comercio internacional. Pero la historia tiene un componente todavía más sorprendente: el cargamento habría incluido contrabando. 

Vamos a escuchar el relato de Felipe Pigna sobre la efeméride.

Según denunció el gobernador del Tucumán, Juan Ramírez de Velasco, entre las bolsas de harina se ocultaban barras de plata provenientes de Potosí, cuya salida estaba prohibida por la Corona española. También aparecen referencias al transporte clandestino de oro. La ironía resulta difícil de ignorar: el día que hoy Argentina utiliza para celebrar su industria recuerda una operación comercial que, además de exportar manufacturas, habría utilizado el puerto porteño para sacar ilegalmente metales preciosos. Por entonces las minas de lo que hoy es Bolivia eran parte del ecosistema rioplatense incluso representantes de esa parte de Bolivia participaron de la declaración de Independencia como parte de las Provincias Unidas en Tucumán en 1816, hoy no está el oro y la plata de Potosí pero sí el litio y el cobre de la Cordillera argentina.

La aventura de la San Antonio tampoco terminó como estaba previsto. Algunas reconstrucciones históricas señalan que la embarcación naufragó apenas tres días después de su partida, frente a las costas de la Banda Oriental, y que parte de la carga terminó saqueada. En un solo episodio aparecen varios elementos que atravesarían buena parte de la historia económica argentina: producción en el interior pero capitalizada por Buenos Aires como salida al mundo, contrabando, conflictos con las autoridades y hasta un naufragio. Más que una anécdota, 1587 puede leerse como una primera fotografía de las tensiones entre producción, comercio y regulación que acompañarían al país durante siglos.

Quizás la mejor imagen para contar aquella historia sea, precisamente, una reconstrucción: el Riachuelo casi despoblado, las carretas llegadas desde Santiago del Estero con sus fardos de manufacturas, la pequeña ciudad colonial detrás y la San Antonio preparándose para partir. Cuatro siglos después, la pregunta sigue siendo sorprendentemente actual: ¿Qué puede producir la Argentina para venderle al mundo?

Argentina no debería elegir entre industria y recursos naturales, ni proteger cualquier fábrica por el solo hecho de producir: el verdadero desafío es transformar sus ventajas naturales en capacidades productivas, tecnológicas y de conocimiento que permitan sostener empleos de calidad y competir internacionalmente. El Estado tiene un rol que cumplir en ese camino, desarrollando una industria que permita aprender a fabricar aquello que el mundo demanda y que Argentina puede producir mejor. Invirtiendo en Ciencia y Desarrollo y perfeccionando la capacitación en el área de formación y recursos humanos. El desafío no es defender la industria del siglo XX, sino construir las capacidades productivas que necesitará la Argentina del siglo XXI.

 

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

 

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