Figuras mediáticas al poder

Diego Peretti y una definición sobre la Argentina: “Somos un país adolescente, en crisis de identidad”

El actor y psiquiatra cuestionó la falta de “políticas de Estado claras” y señaló que la sociedad “carece de madurez desarrollada” y vinculó esa situación con el subdesarrollo económico y cultural.

Diego Peretti Foto: Twitter

“Somos una sociedad todavía en una etapa de inmadurez adolescente”, definió Diego Peretti, quien trazó un diagnóstico sobre la Argentina al sostener que “no hay un eje, una personalidad establecida, con objetivos claros ni una estrategia de hacia dónde vamos”. En Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), el actor advirtió que el país atraviesa “una crisis de identidad” atravesada por la falta de “políticas de Estado claras” y una “disritmia de poder”, y consideró que esa falta de rumbo refleja una sociedad que aún “carece de una madurez desarrollada”. 

Diego Peretti es un reconocido actor, guionista, que cuenta con una vasta trayectoria en cine, teatro y televisión. Antes de dedicarse de lleno a la actuación, ejerció como psiquiatra, profesión que incluso combinó durante sus primeros años en la actuación. Algunas de las películas que protagonizó son Tiempo de valientes, No sos vos, soy yo y Sin hijos, entre otros. Recordado, además, por su papel representando a Emilio Ravena en la recordada serie Los simuladores. Recientemente protagonizó el film Risa y la cabina del viento, cuyo estreno en cines está programado para el próximo 16 de abril. La película ha sido premiada en festivales como el de Mar del Plata y Estocolmo. Además, el año pasado estrenó su primera película como director, titulada La muerte de un comediante, en la cual también actúa.

Especialmente, la cantidad de actuaciones que usted hizo en la representación de la ficción nos hace, a los periodistas, reflexionar cuánto ustedes, los artistas, tienen más capacidad para explicar lo que pasa, a veces adelantarlo, como fue en el caso de El reino, que nosotros, los periodistas. Y, al mismo tiempo, su doble actividad como psicoanalista nos permite entrar en el tema de cuánto lo que usted hace tiene que ver con una representación de lo que pasa en el país. Así que, primero, una reflexión general sobre el arte y la representación de la realidad.

Lo que me preguntás o lo que me invitás a reflexionar es sumamente complejo y, sinceramente, no llegaría a tener una explicación o alguna hipótesis con la que yo me sienta confortable. Es cierto que el artista tiene, dérmicamente, la necesidad de expresarse, y en esa necesidad de expresarse y en esa concreción de esa expresión, seguramente refleja la temperatura, la idiosincrasia, la cultura, la ideología de una sociedad. Ahora, la descripción de eso que refleja, pocas veces el artista llega a verla de manera clara.

Aun así, lo que arriesgo a decir o a explicar es que nosotros somos una sociedad que necesita de la expresividad audiovisual y teatral, de diferentes maneras y de diferentes expresiones. La necesita, y nuestra sociedad demanda eso. Claras son las señales de una producción teatral independiente y comercial de las más nutridas, complejas y coloridas del mundo.

Las grandes ciudades como Nueva York o Londres, por ejemplo, que son de las ciudades teatrales más importantes, no creo que estén por debajo de la producción teatral nuestra. Eso refleja la necesidad que tenemos de enfrentarnos con la gente como artistas y explicar los problemas morales que nos acechan, los problemas sociales que nos acechan, los problemas individuales que nos acechan, éticos.

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Y a la gente le encantaa, los que no son artistas, sentarse en una butaca y meterse en esa convención teatral con la que ve y con la que se identifica. Ahora, a partir de ahí, no me arriesgaría a decir qué es lo que nos pasa como artistas. Sí, como ciudadano, creo que somos una sociedad, o un país, todavía en una etapa de inmadurez adolescente. No hay un eje que, individualmente, podríamos decir un yo, una personalidad establecida, con objetivos establecidos, sabiendo de dónde venimos y teniendo en claro cuál es la estrategia, a dónde vamos. No lo tenemos.

Entonces, en esa búsqueda todavía estamos, y creo que ese desconcierto se ve en la disritmia de poder que hay. No hay políticas de Estado bien claras y sólidas que ayuden a tener reglas de juego claras, más allá de los gobiernos que aparecen. A mí me parece eso: un país adolescente que en términos técnicos sería subdesarrollado. Bueno, la etimología propia de “adolecer” es “carecer”. Entonces, se carece todavía de esa madurez desarrollada, y la madurez desarrollada conecta también con el subdesarrollo económico y cultural.

Argentina tiene, junto con Londres y Nueva York, y Buenos Aires, fundamentalmente, la mayor actividad teatral del mundo. Y, a favor de Argentina, uno puede decir, y de Buenos Aires, que en el caso de Londres y Nueva York gran parte de los asistentes al teatro son turistas, por la cantidad de turismo que tienen esas dos ciudades y que están ubicadas cerca de vecinos muy populosos. No es el caso de Argentina, donde el público de teatro lo construye el propio país.

Entonces, me gustaba hacer una reflexión inversa: es decir, por un lado, la necesidad expresiva de los actores argentinos y de los argentinos en su conjunto, siendo espectadores, de poder encontrar alguna explicación a través del arte. Ahora, por el otro lado, también pareciera como que la política copia a la ficción, en el sentido de que aquel gran texto de la sociedad del espectáculo de Guy Debord, en los años 70, de que todo se convierte en espectáculo. En Estados Unidos, la asociación de televisión, la suma de todos los canales de televisión, cuando Trump ganó en 2016, orgullosos, decían que tenían el primer presidente surgido de la televisión porque había hecho un programa de televisión, El aprendiz, bastante exitoso.

Salvando las distancias, en la Argentina tenemos el primer presidente panelista. ¿Qué te hace reflexionar esta idea de que el espectáculo pasa a la política? Ya no es simplemente la representación que el arte hace de la realidad, sino que luego pareciera que el espectáculo llega a la política convertido solo en representación, como decía Guy Debord hace 50 años.

Sí, estamos presenciando eso, es cierto. Me acuerdo de Ronald Reagan, que era un actor muy famoso y que, gracias a esa fama, más otros condimentos, desde ya, pudo ganar las elecciones. Creo que la liga o el link entre personaje famoso, mundo del espectáculo y el poder es algo que viene creciendo junto con el fenómeno de la fama, porque el fenómeno de la fama mundial o masiva es algo relativamente nuevo, es algo que empieza hace un siglo.

Y en la medida en que la comunicación va ganando terreno y se va haciendo cada vez más abarcativa en todo sentido, menos burocrática, más directa, estas posibilidades de la fama conseguida a través del impacto, el impacto de lo que se diga, el impacto discursivo, el impacto de las acciones, van provocando posibilidades mayores de que aparezcan en los lugares de poder político y de decisión política personas que no hicieron las inferiores, entre comillas, como nosotros las entendemos: meterse en un partido político, ir a las marchas, ejercer acciones sociales y así ir escalando posiciones como líder.

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Aun así, me parece que en el caso de Milei, si bien es panelista, siempre fue un panelista caracterizado por un saber académico económico que él defendió de una manera muy de barricada, y se emparenta un poquito con un personaje como Trump, que también es un personaje mediático, pero caracterizado por una gran habilidad como negociante.

Entonces, esta expansión de la comunicación mucho más directa y abarcativa hace que la gente preste atención a personajes que dicen cosas y de la forma en que las dicen, a las que no estamos acostumbrados a escuchar o a percibir en los políticos. Esto hace que la política, como la entendemos, de los partidos políticos y de la lucha de poder ideológico, se desvanezca un poco y comencemos a tener la posibilidad, o desventaja, de que un personaje suba al máximo poder de decisión en un país sin la formación como estadista o como político a la que estamos acostumbrados.

¿Eso es bueno o malo? No tengo idea, porque la política, por lo menos en este país, no nos dio señales de preparar cuadros eficientes intelectualmente y nobles moralmente. Te diría que todo lo contrario en las primeras y segundas líneas. Como político en el que uno confiaba en su inteligencia, en su formación y en su decencia, el único casi que me viene es Alfonsín. Después, no veo políticos en los que uno diga: qué nobleza moral y qué inteligencia de estadista que tiene. Veo políticos preparados, sí, pero ¿preparados en qué? En la rosca, en la viveza, en la manera de robar sin que se note, en la manera de pactar sin blanquearlo, en las operaciones, en la picardía de los carpetazos. Pero no veo políticos que digas: qué nobleza moral y qué inteligencia de estadista. Entonces, evidentemente, la escuela política, entre comillas, la vieja escuela, tampoco funcionaba.

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Vos decías que definías a la sociedad argentina como un adolescente en la búsqueda todavía de su personalidad. Desde el punto de vista del psicoanálisis, ¿qué tendría que hacer un terapeuta con un adolescente en su etapa de constitución de su identidad? ¿Ayudarlo de qué manera? ¿Cuál sería el tránsito para que esa adolescencia progrese en una adultez satisfactoria? Y si hay alguna metáfora de lo que le tendría que pasar al país.

Y te hago un prólogo alargando la pregunta. Hoy planteamos en la apertura de este programa la idea del sinsentido, y nos referíamos a Camus con su idea del sinsentido y la vida del absurdo. Nos preguntábamos si lo que nos pasa es por algo, si es un aprendizaje, si la democracia es un aprendizaje, si elegir determinado tipo de líderes y luego equivocarnos es para algo y nos deja algún aprendizaje. Es decir, si inevitablemente, para llegar a la adultez, es necesario confrontar con los límites, con los fracasos y el aprendizaje que eso deja.

Un poco la pregunta o la reflexión a la que me invitaste pasa por esto que acabás de decir. Primero y fundamental, si vamos a metaforizar de manera psicoanalítica con un adolescente, es tener claros los límites. Y los límites son las reglas de juego, de convivencia social. Y en el centro de esa convivencia social es donde uno puede manejarse. En ese sentido, creo que el marco democrático tiene que ser intocable. Yo, que fui militante del Partido Intransigente hace 30 años, y me fui porque no tengo la vocación militante, te diría que sería capaz de arriesgar mi vida defendiendo la democracia, sea esta democracia gobernada coyunturalmente por el gobierno que sea. Pero el sistema democrático no se toca.

Y creo que ese sistema democrático, que no se toca, que a veces puede ser más participativo y otras veces más burocrático, es el que nos va a llevar a perfilar la personalidad del país. No lo voy a ver yo, porque es un país con tanto potencial… es como un vestuario con muchos Messi en todas las áreas: hay potencial, entonces todos quieren hacer su jugada mundial y así no se gana un partido.

Entonces, estamos en ese grado de inmadurez. Lo único que nos guía, yo creo, es eso. Y por eso Alfonsín es tan importante, a mi criterio, sin ser alfonsinista ni radical. Es importante que de acá a 50 años sigamos discutiendo dentro del marco democrático. Eso es lo único que yo defendería para que este adolescente tenga un norte, con reglas de juego claras, para crecer.

El otro día, la marcha que hubo por el 24 de marzo, no tiene que haber banderas políticas. Esto que yo digo, cuando lo hablo en un camarín, en un club me hacen gestos como diciendo: “Eh, pero sos un ingenuo”. Y yo creo que la ingenuidad parte de la gente que va a la plaza y quiere que su bandera esté adelante de la otra, y necesita un cartel que los represente como institución. Y creo que ese es un error, que todavía es un error y que demuestra la adolescencia que tenemos como país. Hay que ir a defender la democracia, más allá de cualquier partidismo, ideología, tendencia o coyuntura.

Así que creo que, en principio, como psicoanalista, diría: para solidificar el yo, el rumbo es ser un demócrata, no de pico, sino visceralmente demócrata. Eso es lo más difícil de que la Argentina tenga como base y como pilar fundamental.

RM / LT