Llama la atención, pero no llama tanto la atención. El énfasis democrático no forma parte del relato oficial y el aniversario de los 50 años del golpe de Estado de 1976 vino a confirmar la regla. Veamos: al analizar todos los discursos desde que Javier Milei llegó al poder se puede comprobar que la palabra “democracia” no está entre sus preferidas. La mencionó la mitad de veces que la palabra “casta” y una quinta parte de las veces que emitió insultos como “parásito”, “estúpido”, “miserable”, “basura”, “mierda” o “imbécil”.
El mismo día que asumió, en su discurso de espaldas al Congreso, no la mencionó ni una vez. Tampoco el término “república”. Este año, en los doce discursos que dio, desde la apertura de sesiones hasta el de este viernes, sólo dijo tres veces la palabra democracia, las tres durante el acto en memoria del atentado a la embajada de Israel.
Formas: lo que Milei llama 'casta', la dictadura lo llamaba 'partidocracia'.
El martes pasado, cuando más que nunca la oportunidad parecía demandarlo, ni en el video de la Casa Rosada ni en ninguna otra comunicación se utilizó ese término para recordar aquella interrupción violenta de un gobierno democrático.
De hecho, no existió algún repudio hacia tal ruptura institucional y sus trágicas secuelas. Lo mismo había ocurrido el año pasado.
Es la primera vez desde la recuperación democrática que un gobierno no se hace eco de ese acuerdo social que tanto sufrimiento costó alcanzar y que se sintetizó en el “Nunca más”.
Por eso llama la atención, pero no tanto.
Porque, desde Rothbard hasta Milei, el anarcocapitalismo no tiene a la democracia como un valor a defender.
Así de simple.
Puede resultar escandaloso o parecer ofensivo que un gobierno elegido democráticamente demuestre ese malestar hacia el sistema que lo votó. Pero es otro ejemplo del esfuerzo colectivo por seguir haciendo de cuenta de que todo esto es normal.
Milei explícito. Rothbard creía que la democracia es un sistema por el cual cada persona posee una parte de los demás, lo que para él constituía una variante moderna de la esclavitud. Mises sostenía la inmoralidad de cualquier gobierno, “un puñado de personas, tan minoritarias como los productores de zapatos”, cuyo fin es coartar la libertad del resto para robarles a través de los impuestos.
Para la ideología que Milei promociona (y que por primera vez llegó a gobernar un país) cualquier interferencia en la vida de los individuos, por más que fuera ejercida como consecuencia de una mayoría de votantes, viola la libertad individual y representa “un acto de agresión”.
No sólo está dicho y escrito en discursos y libros de los anarquistas que Milei admira y reproduce. Él se cansó de repetirlo.
A uno de los conductores que más lo entrevista, Esteban Trebucq, le dijo que coincidía con las advertencias de Friedrich Hayek (un libertario admirador de dictaduras como la de Pinochet) sobre los peligros de la “democracia ilimitada”.
Milei lo tradujo como una “dictadura de las mayorías” y, como muestra de lo que las mayorías son capaces de hacer, ejemplificó: “Se juntan cuatro lobos y una gallina y van a votar qué se come a la noche… Esa es la democracia de las mayorías.”
Es recordado el reportaje que quedó trunco cuando la periodista Luciana Geuna se cansó de preguntarle si creía en la democracia y él evitó responderle. Cuando al final Geuna optó por preguntarle cuál era su mundo ideal, Milei fue claro: no creía en el Estado ni en la democracia liberal, pero en la transición hacia el anarquismo, los aceptaba como “lo menos malo”.
Los 'zurdos de mierda' de hoy eran los 'subversivos' de ayer. ´'Ratas del Congreso' antes no había: estaba clausurado.
Lo paradójico es que esa “dictadura de las mayorías” es la que lo eligió para conducir un sistema al que él planea destruir.
¿Mercado o democracia liberal? Siempre rescatamos en esta columna que, más allá del pragmatismo obligado de cualquier gobernante, Milei es la expresión de quien intenta mantener una coherencia entre lo que dijo y lo que hace.
Él y sus ideólogos anarquistas nunca ocultaron su desprecio hacia la democracia liberal.
Para ellos, el único sistema aceptable es el que deja que las personas interactúen como lo crean conveniente, sin instituciones (votaciones, gobiernos, congresos) que interfieran en esa relación y más allá del efecto que esos acuerdos individuales puedan ejercer sobre el resto.
El único valor a defender es el mercado que esa interrelación natural genera.
Milei acaba de anunciar su próximo libro, La Moral como política de Estado. Al margen de que habrá que ver cómo relaciona lo primero con un Estado que considera inmoral y al que promete destruir, desde su último discurso en Davos él asocia a la moral con el “derecho natural”. En ese foro, y para sorpresa de los presentes, lo mencionó doce veces y siempre vinculado con la moral.
La verdadera razón es que para el anarcocapitalismo de origen místico, como el de Milei, el derecho natural viene dado por Dios y los hombres no deben cuestionarlo.
El mercado, esa interrelación natural entre las personas, representaría una decisión divina que ninguna institución humana tiene derecho a modificar.
De ahí que cuando nuestro Presidente parece poseído al hablar de su lucha contra el Estado, es porque para él es la lucha divina del bien contra el mal.
Formas y fondo. Volviendo a la coherencia de Milei, frente al golpe de 1976 reiteró el mismo desinterés democrático que siempre expresó. En línea con aquellas creencias.
Si bien hay un abismo que lo separa de aquella dictadura, los une –desde ideologías distintas– un desprecio similar hacia aquel sistema y sus representantes. Aunque las formas para expresar ese desdén ya no son las mismas.
Lo que Milei caracterizó como “casta”, la última dictadura militar lo llamó “partidocracia”. Lo que Milei llama “las peleas de la casta para mantener sus curros”, antes se llamaba “lucha facciosa”. Lo que para él son “zurdos de mierda”, antes eran “subversivos”. Lo que para Milei es “populismo”, para los militares era “demagogia”. Y lo que él llama “políticos corruptos”, antes también eran “políticos corruptos”.
En cambio, la figura mileísta de “ratas del Congreso” no tiene un correlato literal con el pasado por la simple razón de que la dictadura pudo cerrar el Congreso.
El desprecio hacia le democracia a lo largo de la historia incluye el combo completo. No sólo la desvalorización del sistema como tal, sino de todas las personas e instituciones que lo representen.
El objetivo es parecido: derribar lo anterior para crear un nuevo andamiaje de valores capaz de sustentar un modelo económico y político distinto.
Es cierto que incluso hay notables similitudes entre el plan Martínez de Hoz (apertura indiscriminada de importaciones, dólar contenido y boom de viajes y consumos del exterior que antes se llamaba “plata dulce”, desregulaciones, etc.) y el plan Caputo-Sturzenegger. Pero si Milei llevara su coherencia hasta el final, sólo se trataría de coincidencias circunstanciales, ya que lo suyo es la destrucción de cualquier intermediación estatal y, para la dictadura, el Estado era omnipresente.
Reconocer la coherencia de Milei de actuar como siempre dijo que actuaría, también en cuanto a su concepción democrática, es reconocer que detrás de esa coherencia está el apoyo que le dio una mayoría (la “dictadura de la mayoría”, diría él) para que lo haga.
Son las reglas de este sistema que, si todo funcionara de acuerdo al plan, algún día será reemplazado por otro en el que sólo rija la ley divina del mercado.