El análisis de Juan Tokatlian sobre el contraste entre el éxito militar y el fracaso político de Estados Unidos
El especialista pone en duda la idea de un cambio de rumbo global y advierte que las transformaciones son más superficiales de lo que parecen.
La crisis entre Estados Unidos, Israel e Irán escaló en febrero de 2026 con ataques a instalaciones clave y derivó en un frágil alto el fuego de dos semanas, atravesado por tensiones en Líbano y el control del estrecho de Ormuz. Ahora, en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), el especialista Juan Gabriel Tokatlian advierte un contraste cada vez más marcado: mientras Washington sostiene su ventaja militar, acumula desgaste político y simbólico en un sistema internacional que empieza a percibirlo como un actor imprevisible.
El reconocido académico y analista argentino, Juan Tokatlian, es doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad Johns Hopkins y ha desarrollado una extensa carrera en el estudio de la política exterior, la seguridad internacional y los vínculos entre América Latina y Estados Unidos. Se desempeñó como profesor e investigador en la Universidad Torcuato Di Tella, donde fue vicerrector, y también tuvo un rol clave en la Universidad de San Andrés. A lo largo de su trayectoria, participó como consultor y asesor en distintos organismos internacionales y espacios de política pública.
Si estamos asistiendo al principio de un cambio de época a partir de la contundente derrota de Orbán, podríamos decir casi derrota de Trump en su guerra. También que se cumplieron los 100 días de Mamdani, aunque esto no tenga necesariamente que ver, pero ¿estamos frente a un agotamiento de un ciclo que llegó a su cenit y empieza a descender o a las contradicciones del proceso de corrimiento a la derecha en la política mundial occidental?
No me atrevería a decir que los fenómenos que hemos estado viendo en los últimos años, en particular el auge de experiencias de extrema derecha tanto en Estados Unidos, Europa y América Latina, sea un proceso y un proyecto fugaz. Sí creo que hay situaciones que responden a realidades nacionales muy específicas y que además, más allá de las alternativas que se barajen, tampoco son salidas que sean muy estimulantes. Es decir, perfecto, Orbán fue derrotado después de 16 años de gobierno por alguien que estuvo con Orbán hasta el año 2024.
Ahora, este es un significativo giro, una reorientación sustantiva, un avance de proyectos alternativos, progresivos. No miro a la elección en Perú que acaban de comentar. Obviamente, si estamos entre Keiko Fujimori y un candidato más de extrema derecha, está bien. Esto resuelve algún problema transitorio peruano, pero en general la mayoría de los gobiernos en materia económica, social y hasta política en Perú han oscilado entre centro derecha y derecha.
Tampoco vemos ahí un cambio. Si miro los que quieren ser sucesores de Trump, que son JD Vance y Marco Rubio, pueden expresar variaciones dentro del partido republicano, pero son variaciones mínimas que no serán trascendentales a los fines de producir un viraje significativo en la política interna e internacional de Estados Unidos, si es que tienen chances de suceder a Trump. Así que yo sería un poco cauto y más cauto aún sería en anunciar la derrota de Estados Unidos en la guerra que con Israel iniciaron contra Irán.
Este conflicto hay que analizarlo desde diferentes ángulos y muchos de los objetivos que se plantearon en términos militares, Estados Unidos y Israel los han logrado. Ahora, para ambos actores, eso fue suficiente o, a su turno, están pagando un precio internacional y doméstico en cada uno de los países por las acciones emprendidas, por las amenazas, por un conjunto de factores que tienen que ver con el impacto de que Irán recurrió a una estrategia asimétrica que generó un rechazo y una problemática global grande a partir de temas como la energía, la inflación, etcétera.
Ahora bien, yendo más específicamente al tema Irán, Estados Unidos, yo insistiría mucho en que las dos semanas que anunció Trump que iban a ser para conversaciones no debe tomarse de ninguna manera como la antesala de un acuerdo de paz. Son dos semanas aún no agotadas para ver si hay una posibilidad de terminar una guerra.
Para terminar una guerra hay dos alternativas: hay alguien que se impone categóricamente o hay una situación de lo que se llamaría un empate costoso para las partes. Ninguno de los dos puede avanzar mucho más de lo que avanzó. Creo que estamos en una situación en la cual para ninguno de los dos todavía es suficientemente costosa la guerra, ni para Estados Unidos ni para Irán. Es decir, por razones distintas podrían sustentarla: uno con la guerra convencional y otra con la guerra asimétrica Irán por un tiempo y generar más inestabilidad.
Lo que aquí sucedió es que se abrió una puerta no deseada por Trump, que llevó a estas dos semanas supuestamente de diálogo, pero que se agotaron en 21 horas. Esto estaba destinado a fracasar. Estaba destinado a fracasar porque la agenda de 15 puntos original de Estados Unidos y de 10 puntos original de Irán no tenían ningún punto de coincidencia. Uno era exigir la claudicación, Estados Unidos exigiendo la claudicación de Irán, y el otro era un conjunto de condiciones como si alguien ya hubiera ganado una guerra. Desde esos dos lugares, no había mucho para buscar.
En medio de todo esto, al parecer, el vicepresidente JD Vance, como cabeza de la negociación, quiere imponer un criterio asombroso, insólito casi, y es que Irán deje de enriquecer uranio. No solamente esto nunca estuvo en ninguna negociación, la que llevó al acuerdo del año 2015, en las negociaciones que hubo en algún punto después del 24, en el 25, antes del ataque en junio de Israel a Irán, después del ataque y de la guerra de los 12 días, antes de esta nueva arremetida de Estados Unidos e Israel. Nunca estuvo eso como el leitmotiv de Estados Unidos.
Una cosa es que Irán no tenga armas de destrucción masiva, que no tenga una bomba nuclear. Otra cosa distinta es impedirle que tenga la posibilidad de enriquecer uranio.
Máxime cuando a finales del año 2025 Estados Unidos firmó lo que se llama un Acuerdo 123 de cooperación civil con Arabia Saudita, que insólitamente no le coloca restricciones de enriquecimiento a Arabia Saudita, a tal punto que en febrero este acuerdo entra en el Congreso de Estados Unidos. Tiene 60 días el Congreso de Estados Unidos para decidir sobre este acuerdo y el Congreso ya está exigiéndole al Ejecutivo que le ponga mecanismos intrusivos para supervisar el uso civil de la energía nuclear por parte de Arabia Saudita.
Entonces, sentado uno en Irán, no tiene que amar a Irán, puede odiar a Irán si quiere, sentado en Irán, me piden a mí que deje de enriquecer categóricamente, a mi adversario histórico en el Golfo, sunita, le van a habilitar que enriquezca sin las restricciones de pedir un protocolo adicional, sin involucrar intrusivamente a la Organización Internacional de Energía Atómica, con Israel incuestionado en su capacidad nuclear que ya tiene. Bueno, esto es una claudicación de otra forma.
Termino con lo insólito, agravado, por así decirlo, y es que Estados Unidos, que históricamente defendió la libertad de navegación, decidió actuar hoy a través de la imposición de un bloqueo sobre el bloqueo que tiene Irán en el estrecho de Ormuz. Digo que esto es muy preocupante, en la crisis de los misiles en Cuba, una exigencia del Departamento de Estado, de los asesores legales de Kennedy era: no use jamás la palabra bloqueo, porque bloqueo es igual a declaración de guerra, no la use. Tal fue así que entonces Robert McNamara, su secretario de defensa, ingenió una palabra: cuarentena. Se declaró en cuarentena la capacidad de llegada de los navíos soviéticos en ese momento a Cuba.
¿Por qué? Porque si uno decreta, anuncia y practica un bloqueo militar, está definitivamente en guerra. En este caso, faltando al derecho internacional, algo que ya Estados Unidos rutinariamente ha venido horadando, pero también a la política histórica de Estados Unidos en materia de libertad de navegación. Entonces, esto es increíble.
Estados Unidos pide concesiones que son absolutamente imposibles de conceder. ¿Cuál es el fin? Si es algo que era tan obvio que del otro lado no podía ser concedido. ¿Cuál era el objetivo de estas dos semanas de interrupción? Podríamos decir, de alguna manera, no sé si es una hipótesis plausible, que lo que estaba era buscando ganar tiempo para la segunda fase de su ataque.
No sé si esto era un nuevo juego de parte de Estados Unidos.
Existe una situación en la cual el prestigio, la credibilidad y la reputación de Estados Unidos iban en caída olímpica desde marzo en adelante y aún más cuando anunció el presidente Trump su deseo de aniquilar una civilización. Yo creo que ahí hubo voces que tuvieron que haber tenido algún peso, entre otras de sus mejores y mayores aliados, entre otras de actores mucho más racionales, los militares estadounidenses dentro de Estados Unidos. Y por lo tanto no hubo otra alternativa que decir: vamos por dos semanas. ¿Qué había detrás de eso? Yo creo que poco.
Trump es imprevisible, lo ha sido siempre. Trump tiene la vocación de llevar todo hasta el límite y en un momento regresar. Pero no es eso una estrategia, eso es táctica pura para darle algún nivel de presentación a estas dos semanas, dado que Kerry, que son los dos negociadores históricos con el gobierno de Irán, e Irán no cree en ellos porque cada vez que se sentaron a negociar incumplieron todo lo que decían que iban a hacer y que iban a llegar a firmar, así no lo firmaran.
Y por lo tanto fue JD Vance, el vicepresidente, como una figura prominente que, a su vez, por lo que sabemos a través del New York Times y la escenificación de la decisión de atacar el 28 de febrero, fue el más cauto de todos, porque Vance no tiene en su agenda Medio Oriente. En su agenda internacional está China y en su agenda interna está la capacidad de reindustrializar Estados Unidos. Y para ambos objetivos esta guerra no tenía ningún sentido. Entonces envió a alguien de alta credibilidad, Vance, que podía sentarse. Ahora se sienta, supongo yo, con las restricciones que ya venía de antes y por lo tanto lleva al proceso de diálogo una propuesta que no podía ser aceptable.
Del lado iraní aparece otro problema no menor. Hay un líder máximo, Mojtaba Khamenei, que no aparece públicamente porque está severamente herido y no participa activamente en el proceso de toma de decisiones. También hay una Guardia Revolucionaria Islámica muy empoderada, mucho más que en el pasado, y un presidente que intenta moderar en medio de una situación doméstica muy delicada en Irán. Ese faccionalismo llega a la mesa con una desconcertación evidente para Estados Unidos: cuál es, finalmente, la posición de quienes se sientan a negociar.
Otra vez los sectores más duros de ambos lados terminan imponiéndose. Vance se retira con la idea de que no iban a enriquecer más uranio, mientras que desde la guardia revolucionaria responden que van a defender el estrecho de Ormuz. Mientras predominen esos extremos, la guerra va a persistir en alguna de sus formas: indirecta, directa, tensa o más brutal. La dinámica se sostiene porque no hay incentivos ni costos recíprocos suficientes que empujen a los actores principales a sentarse a negociar un acuerdo inicial que, con el tiempo, permita avanzar hacia uno más amplio.
El hecho de bloquear el estrecho de Ormuz, dado que en principio Irán podía utilizar esa vía para enviar exportaciones hacia China y considerando que la agenda de Vance está centrada en ese país, puede establecer un punto de contacto con la agenda de Trump. Si no saliera un solo barco de petróleo hacia China, esta guerra con Irán podría convertirse indirectamente en un conflicto con China.
Hay varios elementos a tener en cuenta. El bloqueo anunciado por Estados Unidos no alcanzaría, en principio, a los buques que partan desde Emiratos Árabes Unidos o desde Omán. La medida apunta al movimiento de petróleo, fertilizantes y otros productos transportados por vía marítima a través del estrecho de Ormuz, con origen en Irán.
La implementación no resulta sencilla, aunque es posible: implicaría que Estados Unidos identifique y determine qué buques pueden dirigirse a determinados puertos y cuáles no.
Ahora bien, por el otro lado, el Reino Unido llevó a cabo una reunión con 40 países para buscar no un bloqueo militar, sino una solución diplomática para el estrecho de Ormuz. Por lo tanto, cuando ahora Trump le pide que lo acompañe en este bloqueo, el Reino Unido dice: “No, yo lo que quiero es una solución política, no una solución militar”. Después tenemos el movimiento de buques. Esto va a buscar cuando haya, puede haber un encontronazo entre un barco chino y la armada de Estados Unidos y sí, puede pasar, que cada uno va a tener los recaudos para que eso no pase.
Pero en este escenario también aparece otro factor. Una eventual reacción de Irán, como la activación de minas en el estrecho, abriría un frente distinto y mucho más complejo. A la vez, la decisión de Estados Unidos de imponer un bloqueo sobre uno ya existente genera tensiones con aliados como India y Pakistán. Este último, además, funcionó como sede de la negociación fallida y es destino de una parte importante del petróleo iraní.
También entran en juego los envíos hacia India y países del sudeste asiático. Si se desencadena una dinámica de bloqueos cruzados, con interrupciones en puertos y bombardeos como los ya registrados, el resultado sería una pérdida colectiva. En ese marco, la medida adquiere un carácter más simbólico que efectivo.
En paralelo, todo indica que podrían intensificarse los ataques aéreos de Israel y Estados Unidos, con nuevas respuestas por parte de Irán. A esto se suma un actor clave: los países árabes del Golfo, que hasta ahora han evitado involucrarse directamente. Allí convive una coalición frágil, con tensiones internas y sin un liderazgo unificado. Arabia Saudita no logra ordenar al conjunto, y persiste una diferencia marcada entre las élites y la población. Mientras en los gobiernos predomina una postura antiiraní, en la calle prima una identidad común musulmana. Ese contraste puede traducirse en reacciones sociales que impacten incluso sobre los aliados más cercanos de Washington.
El bloqueo podría tener efectos inesperados y muy nocivos en la relación entre Estados Unidos y China, aunque no es el único factor que incide en esta dinámica. Tampoco hay indicios de que Trump avance con amenazas descomunales. ¿Implica eso el uso de un arma nuclear contra Irán? No. Pero a esta altura, Trump muestra una disposición a declaraciones extremas, en un escenario donde la imagen que proyecta Estados Unidos es la de una superpotencia que oscila entre la prepotencia y la impotencia. Ese comportamiento favorece que otros países empiecen a ver a China como el único actor racional dentro de un contexto cada vez más inestable.
¿Estados Unidos puede estar ganando la guerra militar, pero claramente está perdiendo la guerra política?
Evidentemente es así. Venía siendo así y ahora, el haber avanzado en una propuesta de dos semanas pero haberse retirado de la mesa, deja todo en una situación aún más nebulosa y confusa, lo cual atenta mucho más contra el prestigio de Estados Unidos que contra la eventual maldad que se le quiera asignar a Irán.
En ese marco, el perdedor simbólico y político sigue siendo Estados Unidos.
Esto también lleva a una cuestión muy singular. En los años 90, tras el fin de la Guerra Fría y más aún después de 2001, con los ataques terroristas, se instaló en la jerga de las relaciones internacionales la figura del Estado que procuraba hacer daño: el llamado Estado forajido. Ese concepto se aplicaba a países como Corea del Norte, Irak o Libia, con gobiernos autoritarios, ideologías extremas y prácticas que afectaban la paz regional y el derecho internacional.
Las amenazas entre Donald Trump y el gobierno de Irán generan la controversia en Oriente Medio
Hoy, quien empieza a aparecer bajo esa lógica es Estados Unidos. Esto resulta grave para el sistema en su conjunto. No le conviene ni a Argentina, ni a América Latina, ni al mundo. La resolución dependerá, en última instancia, de la capacidad de los propios estadounidenses para actuar y ordenar esta situación, tanto hacia adentro como hacia afuera.
MV