MEDIOS, PODER Y ALGORITMOS

Miguel Wiñazki: "La filosofía es esencial para el periodismo, porque al dato hay que completarlo con el concepto"

En un mano a mano imperdible, el analista y académico reflexiona sobre el rol de la inteligencia artificial, reivindica el valor de "estar en la calle" y advierte sobre el sesgo de la "noticia deseada" y la lógica de confrontación que hoy comparten Javier Milei y Cristina Kirchner.

Miguel Wiñazki Foto: Facebook Miguel Wiñazki

El periodista y filósofo Miguel Wiñazki visitó Modo Fontevecchia, por Net TVRadio Perfil (AM 1190), y dio su visión sobre el destino del periodismo no solo desde su impecable trayectoria académica y sus obras canónicas como La noticia deseada, sino desde el afecto entrañable de haber fundado juntos la revista Noticias, haber compartido redacciones que también habitó su hijo, y coincidir hoy en la Academia Nacional de Periodismo.

En un intercambio tan intelectual como cercano, Wiñazki cruza la rigurosidad kantiana con el barro de la calle para reivindicar el "cuerpo a cuerpo" en la era digital. Define a la inteligencia artificial como un mero copiloto incapaz de tener calle o creatividad, cuestiona el "antiperiodismo" de líderes como Donald Trump, Cristina Kirchner y Javier Milei —unidos por la necesidad de construir enemigos para acumular poder— y nos recuerda que el verdadero periodismo no se rige por algoritmos ni por lo que la audiencia desea escuchar, sino por la obstinación ética de buscar la verdad donde verdaderamente quema.

Periodista, escritor, profesor, licenciado en Filosofía por la Universidad de Morón, realizó un posgrado de Ciencia Política en la Universidad de Salamanca. Coordina y preside el Consejo Asesor de la Maestría en Periodismo del Grupo Clarín y de la Universidad de San Andrés. Escribió más de una decena de obras entre las que se destacan La noticia deseada, La posnormalidad y Estoicismo de altura.

Y un pacto de lectura con la audiencia, como hacemos siempre: además, Miguel fue parte fundamental de la redacción fundadora que hizo la revista Noticias, la revista más importante de la historia del periodismo argentino. Su hijo también pasó por esta redacción. Compartimos la Academia Nacional de Periodismo, donde ahora, dentro de muy poco tiempo, vamos a tener un conversatorio con el embajador inglés, alguien muy querido. Así que mi objetividad va a ser nula en esta charla. Y además, es uno de los, yo diría, casos extraordinarios dentro del periodismo que tiene un conocimiento filosófico, como acaba de marcar el currículum que leyó el locutor, muy destacado. Así que quería, primero, preguntarte: ¿qué ayuda a ser filósofo a ser mejor periodista y qué ayuda a ser filósofo a entender la realidad argentina mejor?

— En principio, el placer de siempre, Jorge, de conversar contigo. Yo, parafraseando a Kant, digo que el concepto sin la información está vacío y la información sin el concepto, ciega. Es informar la crónica, aquello que ocurre, pero tratar de aplicarle categorías conceptuales, no para definir terminantemente cómo son las cosas, pero sí para disparar un proceso de pensamiento: información y concepto. La filosofía u otras disciplinas que propicien la reflexión precisamente. 

— Me hace reflexionar sobre aquello de que la información es la materia prima, y que el periodismo en mayor proporción —incluso con la aparición de herramientas como la inteligencia artificial— se dedica más a la elaboración de un producto más elaborado que la información, que sería el entendimiento o el conocimiento. ¿Lo ves así?

— Ciertamente, sí. La información hoy es inmediata. Ganó Boca o veremos hoy a la tarde qué pasa. Allí está el dato, y sobre eso lo que cabe es un conflicto de las interpretaciones, digo yo, sobre aquello que ocurre. Hacer una especie de marco conceptual, reitero, sentando una perspectiva, asentando una perspectiva, pero lanzada a la arena pública, a la plaza pública para que haya perspectivas en confrontación. Es decir, el periodismo sin interpretación, sin conflicto de las interpretaciones, es plano; es lo que ocurre.

— Además, sos director del Consejo Asesor de la Maestría de Periodismo que tiene Clarín con la Universidad de San Andrés. ¿Qué fue cambiando a lo largo de estos años con las diferentes apariciones tecnológicas: las redes sociales en el 2006, la inteligencia artificial hace dos años? ¿Cómo fue cambiando formar periodistas?

— Estamos viviendo un momento fascinante de transformación, tan fascinante como cercado por múltiples acechanzas. Jorge, yo en el caso de los maestrandos con quienes comparto permanentemente desde hace varios años, lo que observo es una cierta tendencia, por un lado, extraordinaria de manejo de estas nuevas tecnologías: efectivamente, las redes, la inteligencia artificial, todos vuelan con el celular; y una cierta reticencia a estar en el terreno. Lo digo sinceramente: hace unas semanas murió el Indio Solari. Si lo vemos en la pantalla no entendemos, si lo vemos en las redes no entendemos. Hay que ir a los funerales, porque todavía la corporalidad, la materialidad es todavía —y supongo que para siempre— el espacio, diría, de lo real: los cuerpos, los llantos, pero en persona, el frente a frente. Y ahí veo que las tecnologías de pronto son muy tentadoras para evitar estar allí donde un periodista tiene que estar, que es donde ocurren las cosas.

De la defensa de la libertad de prensa a la advertencia sobre la IA

— Dos perspectivas sobre nuestra profesión se contraponen simultáneamente: unas que perciben que es una profesión, como han dicho algunos de los tecnomillonarios, en desaparición. De hecho, incluso otra relacionada con la comunicación, la publicidad. El dueño de Meta dijo que se iban a acabar directamente todos los publicistas y todas las agencias de publicidad porque le iban a hacer la publicidad directamente los metas de la vida con inteligencia artificial. La Universidad de Beijing eliminó la carrera de guionista de historietas, de traductor, porque considera que todas son profesiones que iban a ser sustituidas por la inteligencia artificial. Entonces, hay una perspectiva de que nuestra profesión es una de las que está amenazada por la tecnología y que tiene menos futuro. Incluso creo que desde los libertarios, al principio, nos decían algo así como «tienen que soportar ser como los ascensoristas. En el pasado, en los ascensores había ascensoristas y hoy los ascensores andan solos. Ustedes, los periodistas, son los ascensoristas del pasado». Y otra perspectiva exactamente opuesta de que nunca antes el periodismo tuvo tanto brillo, tanta importancia, tantas oportunidades, tantas posibilidades de ser aún más importante. ¿Con cuál te sentís más identificado?

— En un punto intermedio. Yo creo que la hipótesis de una suerte de agonía es desdichadamente plausible, pero en simultáneo es verdad que nunca hubo tantos lectores ni tanta audiencia. Y una cuestión que me parece que nos mantiene vivos: la inteligencia artificial es superlativa en cuanto a la información que ya está descubierta y distribuida.

— Lo bibliográfico.

— Claro, lo bibliográfico. Ahora, el descubrimiento es previo, es decir, los cuadernos de Centeno, para citar un ejemplo, no provienen de la inteligencia artificial, provienen de una investigación a priori, un descubrimiento que cambia la historia; el despliegue de la historia de la corrupción en la Argentina, pero el descubrimiento es todavía material, yo diría, periodístico. Pero yo, Jorge, lo que creo es que el periodismo es mucho más profundo, bueno, creo porque hemos vivido esto toda la vida, de lo que estas afirmaciones libertarias —o de donde vinieran— lo conciben. Tiene que ver con una epistemología, con una filosofía de la ciencia. El periodista verifica, contrasta, coopera con sus colegas. Esto es la clave de la filosofía: contrastar, verificar un protocolo y descubrir. El periodismo de investigación, en todo caso, pero no solo el de investigación...

 — Sí, el cronista en la calle.

— Claro, el que está en la calle. Entonces, eso no se resuelve con la inteligencia artificial, así como la inteligencia artificial —hablabas recién con un experto en Medio Oriente— no resuelve la guerra. Aporta, evidentemente, pero la guerra sigue estando porque es el problema. El problema está fuera del artificio extraordinario de esto que denominamos inteligencia; el problema es externo, es exterior a ese mundo retórico, discursivo, formidable, asombroso. Afuera estamos los seres humanos y el periodismo es más humano que artificial. Esto es lo que creo: lo humano con toda su problemática, con todos sus blancos y negros y sus pecados, lo humano está fuera de la inteligencia artificial. La inteligencia artificial es un copiloto, en todo caso.

— Otra palabra que me parece interesante que está relacionada con la comunicación, que a veces es considerada pecado porque el periodismo tiene solo el monopolio del lenguaje verista, pero comparte con otros comunicadores también la construcción de subjetividad, muchas veces más potente que nosotros —como el Indio Solari, por ejemplo, para poner un caso—, qué es la creatividad. Este es otro punto del que carece la inteligencia artificial. Entonces allí hay otro aspecto fundamental en el concepto que vos planteabas. Muchas veces la creatividad requiere nuevas interpretaciones que, obviamente, la inteligencia artificial no puede más que utilizar las existentes. ¿Qué relación encontrás entre la creatividad y el periodismo?

— Es fundamental en cuanto al buen periodismo. Del buen periodismo se trata. La creatividad tiene que ver, me parece, con una antena. Doy un ejemplo: Tomás Eloy Martínez vio Cien años de soledad, para citar algo; lo vio y lo puso en la tapa de Primera Plana. Hay una sensibilidad que habilita la creatividad y permite cambiar el mundo, pero para tener esa sensibilidad hay que estar allí. O doy un ejemplo, y lo digo sinceramente: antes de la revista Noticias, ya que la citaste y donde yo estuve con mi hijo tanto tiempo, no había una revista así, a todo color, con páginas, ilustración y con una mística como la que hubo. Eso no fue robótico, es una idea. El periodismo son ideas al margen de lo que el robot pueda decirnos.

Libertad de prensa

— Y escalando del concepto, la pura información como dato puro, perfectamente cuantificable y, si es cuantificable, por lo tanto es computable, y si es computable, por lo tanto puede ser robótico. Pero cuando uno se eleva y se plantea colocar el concepto dentro de un esquema ontológico, esto que pasa, ¿qué significa? Le agrega el aspecto de creatividad, que es algo humano, algo inexplicable, como hablábamos de lo que representan las emociones, la capacidad de emocionarse que una computadora no tiene y que desarrolla una perspectiva, una creatividad que permite descubrir algo que estaba oculto. Y le agrego un escalón más en una especie de metafísica del periodismo, que es ser una herramienta de intervención sobre la realidad, no solamente de registro, sino una herramienta ética de lo que debe ser, la capacidad de sentir que lo que uno hace no es solo un trabajo.

— Efectivamente, no es justamente una tarea automática. El periodismo tiene una potencialidad transformacional, puede cambiar y cambia una cantidad de situaciones. Anticipa la justicia tantísimas veces y en esa intervención pone sobre la plaza pública tantas temáticas. La agenda setting, manejar la agenda, es una cuestión relativa, porque uno no puede y no debe —y no ocurre— determinar qué es lo que piensa cada uno a partir de la acción comunicativa y periodística, pero sí pone un marco conceptual, informacional que permite justamente este diálogo, y el diálogo es lo propiamente democrático. Pero hay otra cuestión: el concepto es crucial, pero la información es una compleja tarea. Por una parte, hay una información literal que sale al instante, pero por otra parte es un trabajo moroso, costoso, que requiere justamente deambular por los espacios reales. Por el momento, yo no veo quién pueda sustituir eso, quién pueda saber qué es lo que ocurre entre bambalinas. El periodismo atraviesa por aproximación, con cierto margen de error, las bambalinas y lo que se trata de exhibir. Los gobiernos tratan de exhibirse a sí mismos este y, en general, todos tratan de propagandizarse sin periodismo. Tenemos el cassette —es una cuestión de antaño el casete— o lo que fuera: el discurso armado, propagandizado.

— Venía pensando la idea de que supuestamente una de las profesiones más importantes del futuro va a ser promptear, o sea, saber preguntarle a la inteligencia artificial. Es decir, personas que sepan sacarle a la simbólica biblioteca de Alejandría toda su riqueza sabiendo qué preguntar, y que por lo tanto los periodistas tienen un enorme futuro porque son la profesión que más sabe preguntar; su tarea es preguntar. Una vieja frase dice que quien pregunta por lo menos tiene que conocer la mitad de la respuesta, porque si no, no sabe preguntar. Y esta paradoja de que finalmente somos los expertos en preguntar, y que para manejar la inteligencia artificial lo que hay que saber es hacerle buenas preguntas, sería otro mensaje clarísimo del enorme futuro del periodismo.

— Yo coincido con eso y además es propiamente filosófico también. Preguntar, y ante cada respuesta proponer y desplegar una nueva pregunta. Pero el periodismo sabe preguntar en la medida en que está informado. Por lo menos la mitad de lo que preguntás lo tenés que conocer, pero tenés que estar informado y eso es un trabajo: una tarea minuciosa y rigurosa.

— Por último, Miguel, ¿te parece que la dura animosidad de personas como Trump o como Milei, y líderes similares, con el periodismo refleja el síntoma de alguna manera de algo de lo que veníamos hablando en esta conversación desde el comienzo?

— Sí, yo creo que desde el poder político en general hay una tendencia hacia el antiperiodismo —estoy generalizando— que es transversal, que es agraviar, subestimar, insultar y complicar la tarea periodística, y que tiene un éxito muy relativo tanto allá como aquí, aunque genera problemas al periodismo de todo tipo: desde asfixias comerciales hasta una intervención en la opinión pública para desacreditar toda acción periodística. En principio, una vez que había ganado Trump, en el Washington Post decían: «Este es nuestro momento». Entonces estaban contratando a los mejores periodistas de los Estados Unidos y les fue bien. O sea que lo de Trump operó como un bumerán. Ahora, también puede ocurrir que aquí no estamos en eso: lo de Venezuela, donde liquidó al periodismo, Chávez tomó Radio Caracas Televisión, y al liquidarlo, bueno, ahí tenemos los resultados. En Venezuela vemos el ejemplo in extremis de lo que es el antiperiodismo armado, por decirlo de alguna manera. Aquí tenemos un antiperiodismo muy agresivo, retórico, que nos desacredita ante la opinión pública con cierta eficiencia, porque no tenemos los prestigios de antaño, por cierto.

— ¿Y qué dice de ellos la similitud en esa actitud antiperiodística más marcada entre Milei y Cristina Kirchner?

— Eso es interesante. Estaba leyendo un ensayo, yo he escrito La crítica a la razón populista sobre ciertas estructuras en la razón populista de Ernesto Laclau que, como sabemos, divide en pueblo y antipueblo: «el pueblo somos nosotros y debemos confrontar», algo que hereda de Carl Schmitt, la confrontación como base. Hay un punto en donde se parecen el cristinismo con el mileísmo —alguna vez lo hablamos en Perfil— que es en la dicotomía y la búsqueda de enemigos permanentemente como modo de acumulación de poder. En este caso, es la casta enfrente y nosotros del otro lado, lo cual es simplemente...

— Una retórica, pero tienen el mismo planteo.

— En el fondo, la lógica es análoga: es la búsqueda del enemigo, los dardos hacia el mismo, generar retóricos, la propaganda, la inversión en desacreditar la acción periodística y, de alguna manera, a la vez propiciar la buena respuesta periodística. Entonces tenemos pseudoperiodistas que son propagandistas, que es uno de los grandes dramas, la obsecuencia con Cristina o ahora con el oficialismo. Y por otro lado hay periodistas, que seguimos estando.

— Vos escribiste otro libro que es un libro canónico para el periodismo, que es La noticia deseada. Cómo, consciente y a veces inconscientemente, la mala praxis periodística lleva a darle verosimilitud a aquello que no lo tiene, juzgar con una doble vara, mirar con un solo ojo. Me gustaría una reflexión tuya de eso que escribiste hace más de 20 años, cuando hoy ves en algunos colegas televisivos, ya no inconscientemente sino conscientemente, que todo es la noticia deseada en cualquier circunstancia.

— El deseo tiene algunas características... El deseo es tantas cosas, pero es mimético.

— Es la vida.

— Claro, es la vida. Es mimético, y uno tiende a desear aquello que desean muchos, lo cual te desvía de lo que es para ubicarte en un mundo deseado. En el caso propiamente periodístico, es otorgarle a las audiencias aquello que las audiencias quieren oír, no lo que ocurre, sino lo que desean oír; incluso lo que deseamos oír. Yo creo que el periodismo es una lucha, en algún sentido, contra la noticia deseada. Aunque aquello que uno detecte, verifique e informe, aunque todo eso contradiga nuestras creencias y nuestros deseos, hay que difundirlo. Porque si no, también hay una especie de populismo periodístico que es otorgar esa fabulación tan pregnante que es la teoría conspirativa, siempre aquello que no ocurrió pero que desea ser oído y que desafía los prejuicios. El mito de Yabrán: la noticia de que está vivo porque un tipo poderoso no se suicida. Se suicidó.

— Exactamente. Y por el periodismo.

— Así es.

— Querido Miguel, muchísimas gracias. Un placer tenerte acá. Larga vida al periodismo.

— Así es, larga vida al periodismo. Gracias.

 

MEG/ff