Fragilidad de la democracia

A 90 años de la Guerra Civil Española

Guerra. Fue el desenlace de la suma de tensiones estructurales. Foto: cedoc

El 17 y 18 de julio de 1936, un sector de las Fuerzas Armadas españolas se sublevó contra el gobierno legítimo de la Segunda República. Lo que se concibió como un rápido pronunciamiento militar para restaurar el orden derivó en una cruenta guerra civil de casi tres años que dejó una huella imborrable en la historia europea. Noventa años después, este trágico episodio continúa interpelándonos. No solo por la magnitud de la tragedia humana, sino porque recuerda hasta qué punto la polarización política y la erosión de la legitimidad institucional pueden desembocar en la destrucción del orden constitucional.

La guerra fue el desenlace de una acumulación de tensiones estructurales. La España de comienzos del siglo XX experimentaba un proceso desigual de modernización económica y social. La proclamación de la República en 1931 abrió la posibilidad de canalizar democráticamente demandas postergadas mediante un ambicioso programa reformista. Sin embargo, las reformas en materia agraria, laicidad, educación y reorganización militar concitaron fuertes resistencias entre los sectores conservadores, la jerarquía eclesiástica y los grandes propietarios.

A diferencia de lo ocurrido en Italia y Alemania, donde las élites pactaron con movimientos fascistas, en España esa salida institucional resultó inviable debido a la extrema fragmentación del sistema de partidos. En ese vacío, el Ejército retomó su histórica tradición intervencionista. La posterior alternancia política y la insurrección de octubre de 1934 profundizaron la desconfianza mutua. Tras la ajustada victoria electoral del Frente Popular en febrero de 1936, la primavera se sumió en una intensa conflictividad social y violencia callejera. El asesinato del dirigente monárquico José Calvo Sotelo el 13 de julio fue la justificación inmediata para acelerar un golpe militar cuidadosamente preparado bajo la dirección del general Emilio Mola y al que terminó sumándose el general Francisco Franco.

El levantamiento fracasó en su objetivo de imponer una autoridad rápida. El golpe triunfó en zonas del interior, pero fue neutralizado en los grandes centros urbanos e industriales gracias a la movilización de milicias populares y fuerzas de seguridad leales. La división del ejército y la resistencia social transformaron la asonada en una guerra abierta y extraordinariamente violenta, donde las retaguardias de ambos bandos se convirtieron en escenario de ejecuciones masivas y persecución política.

Asimismo, la dimensión internacional convirtió a España en el preludio de la catástrofe global de 1939. La intervención de la Alemania nazi y la Italia fascista en apoyo al bando sublevado contrastó con la política de no intervención de las democracias occidentales, mientras que la Unión Soviética y las Brigadas Internacionales asistieron a la República. El conflicto anticipó dinámicas de la Segunda Guerra Mundial: el bombardeo sistemático de civiles –simbolizado en Guernica– y la audacia de las potencias totalitarias ante la pasividad de quienes buscaban preservar la paz mediante acuerdos diplomáticos. La victoria de Franco en 1939 dio origen a una dictadura que se prolongó hasta 1975.

En una época como la actual, marcada por el auge de los extremismos y la degradación de los sistemas democráticos, las cicatrices de 1936 nos recuerdan que la estabilidad no se logra perpetuando el status quo, sino enfrentando sus deudas pendientes. La verdadera lección del conflicto es que la democracia no solo se defiende desde la moderación política y el rechazo a la violencia, sino mediante la implementación decidida de reformas profundas que atajen las desigualdades socioeconómicas e injusticias estructurales. Recordar aquella fractura es un imperativo cívico para entender que la paz social no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de justicia.

* Director del Departamento de Estudios Históricos y Sociales de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT).