Durante mucho tiempo las desigualdades sociales fueron analizadas casi exclusivamente a través de variables económicas. Los ingresos, el empleo, la pobreza o el acceso a bienes materiales siguen siendo indicadores imprescindibles para comprender las condiciones de vida de una población. Sin embargo, existe otra dimensión menos visible, pero igualmente determinante: cómo esas condiciones afectan la manera en que las personas viven, proyectan su futuro y perciben sus oportunidades.
Nuestros datos más recientes muestran que, aunque algunos indicadores macroeconómicos comenzaron a estabilizarse durante 2025, esa recuperación todavía no se refleja con la misma intensidad en la vida cotidiana de las personas. La incertidumbre, el estrés y la vulnerabilidad continúan marcando la vida cotidiana de los argentinos y argentinas.
La explicación no reside únicamente en la falta de ingresos. La pobreza constituye un estresor crónico. La necesidad permanente de resolver problemas inmediatos consume recursos psicológicos, reduce la capacidad para planificar el futuro y deteriora la percepción de control sobre la propia vida. En otras palabras, las desigualdades materiales terminan convirtiéndose también en desigualdades en salud mental.
Entre las personas que experimentan estrés económico –la percepción de que los ingresos del hogar no alcanzan para cubrir las necesidades básicas–, el malestar psicológico alcanza a casi cuatro de cada diez personas, prácticamente el doble que entre quienes no atraviesan esa situación. Del mismo modo, el sentimiento de infelicidad se concentra en los sectores más vulnerables, evidenciando que las privaciones económicas afectan también la salud mental y el bienestar cotidiano.
Otro dato preocupante es la fragilidad de las redes de apoyo. Más de 5 de cada 10 personas afirman que pocas veces o nunca contaron con alguien fuera de su hogar que les dedicara tiempo para escuchar sus problemas. En una sociedad en la cual la contención social constituye uno de los principales factores protectores frente al estrés, esta carencia representa una vulnerabilidad adicional que atraviesa amplios sectores de la población.
Las dificultades también aparecen cuando se analizan las expectativas hacia el futuro. Casi dos de cada diez argentinos declaran no tener proyectos personales, mientras que casi uno de cada tres considera que no logró alcanzar las cosas importantes que deseaba en la vida. Estos indicadores no son meramente individuales, sino que aumentan sistemáticamente entre quienes viven en pobreza, poseen menor nivel educativo o pertenecen a los estratos socioeconómicos más bajos.
El bienestar tampoco puede separarse de la salud. Las dificultades físicas y psicológicas se distribuyen de manera desigual según las condiciones de vida. Las personas con menores recursos perciben mayores problemas de salud, mayor necesidad de tratamiento médico y mayores niveles sintomatología ansiosa y/o depresiva. Las desigualdades sociales terminan, literalmente, inscribiéndose en los cuerpos.
Estos hallazgos invitan a ampliar la forma en que entendemos el desarrollo. Una sociedad no progresa únicamente cuando se estabilizan sus variables económicas; también necesita generar condiciones que permitan a las personas construir proyectos de vida, sostener vínculos significativos, cuidar su salud y mirar el futuro con esperanza.
Lejos de reemplazar a los indicadores tradicionales, esta perspectiva propone complementarlos con una mirada centrada en el bienestar humano. Porque detrás de cada cifra sobre pobreza, empleo o inflación, hay personas, cuya calidad de vida depende no sólo de sus recursos materiales, sino también de sus vínculos, su salud mental y las oportunidades reales de desarrollar una vida plena. La sociedad no progresa únicamente cuando mejora su economía, progresa cuando también mejora la vida de quienes la habitan.
*/** Investigadoras, Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA.