Cuando en Chernobyl fallaron los robots
Allí donde la tecnología no puede dar una respuesta, el hombre tiene la última palabra. Así sucedió con el accidente nuclear de 1986, en Ucrania, que dejó una capa de radiación sobre el techo del reactor que los robots fallaron en eliminar. Cómo fue.
Chernobyl dejó un montón de imágenes fuertes: central arrasada, Pripyat desierta, los trajes, los dosímetros, todo ese silencio… Pero hay una escena que para mí resume muy bien el límite de la tecnología: el techo del reactor.
Tras la explosión, había aún trozos de grafito y material extremadamente radiactivo. Debían quitarse rápido, pues seguían tirando radiación y eran un obstáculo para todo lo demás.
Lo natural era que hubiera robots. O sea, para eso se supone que sirven, ¿no? Para ir donde un ser humano no debería, hacer el trabajo peligroso; resguardando, por sobre todo, la vida humana.
Pero en Chernobyl no resultó tan limpio. Probaron robots rusos y de otros países como Alemania y Japón. Algunos eran adelantados para su tiempo, pero el problema era el sitio. La radiación era muy fuerte, tanto que afectaba la electrónica, producía fallas en las señales, y provocaba que herramientas que en otra situación habrían funcionado muy bien, se paralizaran.
De esto se aprendió una lección, y por las malas. El simple hecho de que se aplique robótica no es garantía suficiente para sustituir a una persona. El robot tiene que estar diseñado y fabricado para ese ambiente específico. Y una catástrofe nuclear no perdona que las cosas se aten con alambre.
Cuando las máquinas no pudieron, enviaron a personas. Soldados que trepaban al techo en pequeñas tandas, empujaban los restos radiactivos con palas y bajaban. A veces, tenían apenas segundos. Luego subía otro.
Los verdaderos héroes de Chernobyl
Los llamaron “biorobots”. Terminología extraña si las hay, pero enseña lo que ocurrió sin ornamentos: cuando la tecnología falló, el cuerpo humano una vez más se colocó en el punto de riesgo, en el ojo de la tormenta tóxica.
Y no fue porque la gente fuera la mejor opción, sino que resultó en “la única manera”, lo que había a disposición. Porque si bien los robots existían, la emergencia y concisión no permitía esperarlos de forma adecuada.
Así que Chernobyl, visto desde la robótica y desde esta crónica, no es simplemente un relato viejo.
Es una advertencia. Automatizar no es cambiar a una persona por una máquina y listo. Es armar sistemas que sigan funcionando cuando todo se complica: cuando se corta la comunicación, cuando los sensores fallan, cuando el ambiente se vuelve imposible y cuando eso que en teoría parecía suficiente, en la práctica se queda corto.
Ahora cuentan con robots de inspección, teleoperator más confiable y sensores para ambientes extremos. Se avanzó muchísimo. Pero la pregunta sigue sin resolverse: ¿está la tecnología realmente lista para protegernos cuando más la necesitamos?
En sitios sensibles, la mejor máquina no es la más nueva ni la más atractiva, esla que impide que alguien tenga que ir a la intemperie a hacer lo que no debería.
Casi cuarenta años después, el techo de Chernobyl siguerecordándonos esto: la tecnología es útil cuando salva vidas, pero aúnen ciertas circunstancias continúa quedándose corta y obsoleta.
*Dr. Ing. director de las Ingenierías Electromecánica y Electrónica e investigador del Instituto de Tecnología (INTEC) de UADE.
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