Discurso en la escuela ORT

Cuando la economía abandona la razón y abraza la fe

Tras su discurso en la escuela ORT, Javier Milei dio un paso más en su narrativa al vincular el libre mercado directamente con los Diez Mandamientos. Entre la arenga a los alumnos contra el periodismo y la profecía bíblica, el debate público oscila entre el asombro y el extravío místico.

Javier Milei brindó una charla Colegio ORT. Foto: Captura de pantalla

El marco del último discurso presidencial no fue una cumbre macroeconómica ni un foro de inversión internacional, sino el salón de actos de la prestigiosa escuela ORT. Allí, ante alumnos de cuarto y quinto año, el presidente Javier Milei volvió a desplegar una escena que los diarios matutinos resumieron en su aspecto más previsible: el intento —con relativo éxito pero innegable mal gusto— de incitar a los estudiantes a abuchear al periodismo profesional. La escena no sorprende por su tono, que a esta altura dista de ser una novedad, sino por el escenario elegido para ejecutarla. Sin embargo, detenerse únicamente en la tensión con la prensa implicaría pasar por alto el elemento verdaderamente sustantivo y desconcertante de la jornada.

Lo llamativo de la alocución presidencial residió en la profundización de un marcado giro místico. Bajo la premisa de sus recientes elucubraciones teóricas —resumidas tras el atril bajo el concepto de la moral como política de Estado—, el Jefe de Estado procuró fundamentar su programa económico ya no en variables técnicas ni en preceptos de la ciencia económica, sino en mandatos de carácter bíblico y trascendental.

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La tesis central expuesta ante los estudiantes sostiene que el capitalismo no constituye una creación sociohistórica ni una convención humana, sino una "divina maquinaria" diseñada por la providencia. Según este relato, con anterioridad al pecado original, la humanidad gozaba de recursos ilimitados y capacidades cognitivas plenas. Fue tras la expulsión del Edén cuando la escasez emergió como una restricción, frente a la cual el Creador habría instaurado la estructura del mercado y el trabajo como único mecanismo para la prosperidad.

En esta lectura, la correspondencia entre el libre mercado y los Diez Mandamientos deja de ser una metáfora ilustrativa para convertirse en una relación de orden estructural. Por contraposición, cualquier vertiente del pensamiento colectivista o marxista no es leída como una alternativa teórica equivocada, sino como la manifestación de una fuerza satánica.

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El problema de semejante construcción teórica trasciende lo anecdótico. Cuando las decisiones de gobierno y los dilemas de la política económica abandonan el terreno de la discusión terrenal para instalarse en el plano del mandato divino, el debate democrático se vuelve impracticable. En una sociedad abierta, los programas de gestión se discuten a partir de consensos, evidencias y resultados; en un esquema regido por la fe, el desacuerdo pierde su estatus de crítica válida para convertirse en sacrilegio, y quien cuestiona el rumbo deja de ser un adversario político para transformarse en un pecador excomulgado.

Mientras la agenda internacional impone preguntas urgentes sobre la estabilidad global —desde la interconexión de los conflictos en Europa del Este y Medio Oriente hasta los desafíos geopolíticos globales—, la discusión pública local queda atrapada en una narrativa que entrelaza la dogmática religiosa con la gestión del Estado. Cabría preguntarse si el pragmatismo que requiere la administración de un país convulsionado puede sostenerse cuando la economía abandona los números para refugiarse en la teología.

 

MEG