El problema del poder no reside solo en quién lo ejerce, sino en las condiciones bajo las cuales tiende a degradarse
No se trata de un gesto moral sino de una advertencia: sin contrapesos se tiende a la degradación.
El mentado caso Adorni vuelve a poner en la discusión diaria una pregunta recurrente de la política vernácula: los problemas vinculados al ejercicio del poder responden únicamente a conductas individuales y aisladas o expresan dinámicas más profundas sobre cómo funcionan los sistemas de control, los incentivos y las instituciones.
No se trata de desconocimiento, los límites son aceptados en abstracto, pero resistidos en la práctica. No es lo mismo dejar el auto en doble fila que abusar del poder, pero ambos comparten la tendencia a relativizar las reglas cuando no hay consecuencias efectivas.
En la Roma clásica lo sabían bien. Al general victorioso tras la batalla, el auriga le susurraba durante el desfile triunfal: “Respice post te. Hominem te memento” (“Mira detrás de ti.Recuerda que eres un hombre”). No se trata de un gesto moral sino de una advertencia: el poder sin contrapesos tiende a olvidar su propia condición y degradarse.
Siglos después, Lord Acton (1887) lo sintetizaría con precisión: el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente. De este lado del río, en la política argentina, Raúl Baglinilo complementa afirmando que “cuanto más lejos se está del poder, más irresponsables son los enunciados políticos”. Entre una y otra tensión se juega la cosa pública: lejos del poder, todo es posible; cerca de él, casi nada es inocente.
La cuestión, entonces es bajo qué condiciones se lidera. Los liderazgos son inevitables, pero su desempeño, eficacia y riesgo, dependen en gran medida del entorno institucional que los rodea.
El orden político es una construcción colectiva frágil que requiere instituciones sólidas. Cuando los mecanismos de control son débiles, opacos o dependientes del mismo poder que deben limitar, la arbitrariedad deja de ser una excepción. En ese contexto, no es necesario abusar del poder: alcanza con que no haya costos reales para hacerlo. El poder funciona como la humedad, penetrando por toda grieta que encuentre a su paso. El deterioro del poder no es accidental,sino que responde a incentivos, dinámicas y reglas mal diseñadas.
De hecho, el poder produce sus propias formas, incluso las que luego critica. Por eso es una simplificación creer que el reemplazo del líder corrompido alcanza para corregir aquello que lo hizo posible o aceptar liderazgos fuertes en reemplazo de instituciones sólidas.
Existen, sin embargo, excepciones que obligan a matizar esta lógica. Liderazgos como el de Nelson Mandela muestran que, aun en contextos frágiles, es posible ejercer el poder sin caer en su degradación. La evidencia sugiere que confiar en las excepciones es, en sí mismo, una forma de debilidad institucional.Aun así, no todos los actores que acceden al poder ni todos los que forman parte de su estructura pueden ser caracterizados como abusivos. Sin embargo, el poder no es neutro en su capacidad de atracción y tiende a seducir perfiles dispuestos a tensionar sus límites o a beneficiarse de su opacidad. El poder muchas veces selecciona a quienes están mejor predispuestos a ejercerlo sin restricciones.
Para dejarlo claro, no todo liderazgo fuerte es un problema, pero todo sistema débil tiende a demandarlo o deriva en fragmentación, anarquía funcional o captura por múltiples actores que operan sin coordinación ni reglas estables.
Existe el error habitual de confundir existencia institucional con fortaleza institucional. Una institución es fuerte no cuando está bien diseñada en papel, sino cuando influye efectivamente el comportamiento de quienes la integran. Así, si la norma depende de la voluntad de una persona, es débil; contrariamente, si el líder debe adaptarse a la norma, nos encontramos ante instituciones robustas.
La distancia entre diseño y funcionamiento se vuelve evidente en organismos de control cuya autonomía queda condicionada por aquello que deben supervisar, diluyéndose su capacidad real. Así, aun cuando formalmente cumplan su función, operancomo una pantomima de lo que deberían ser: organismos que existen, pero no inciden; que producen informes, pero no corrigen desvíos. En esos casos, el control deja de ser un límite para convertirse en un componente más del sistema que legitima aquello que debería corregir. Algo similar ocurre cuando organismos técnicos ven subordinada su lógica de largo plazo a necesidades coyunturales: las reglas existen, pero su aplicación desplaza su función hacia la de administradores de contingencias.
En contextos de debilidad institucional el problema no es que el vacío de poder se llene, sino cómo lo hace con actores compatibles con esa debilidad. Cuando el sistema no se ubica sobrelos individuos, son estasquienes terminan definiendo al sistema. El sistema, tal como funciona en la actualidad, selecciona, reproduce y recompensa ciertos comportamientos.
La cuestión central, entonces, no pasa solo por describir esta dinámica sino por comprender bajo qué condiciones puede ser interrumpida. Existen sistemas que, a través de reformas sostenidas o crisis estructurales, logran alterar los incentivos que reproducen estos comportamientos. La dificultad radica en construir las condiciones políticas que permitan modificar el problema sin que el propio sistema lo neutralice.
Después de la ilusión lo que queda no es únicamente la decepción con los liderazgos, sino la evidencia de que sin reglas claras, controles efectivos e instituciones que funcionen, el poder no necesita desviarse para degradarse, le alcanza con operar según su propia lógica.
El orden no es gratuito. Aceptar límites implica perder privilegios, lo que rara vez genera mayorías. Exige reglas que se cumplan incluso cuando incomodan, instituciones que limiten incluso cuando frustran, y sanciones que se apliquen incluso cuando afectan a los propios.
El poder no solo responde a las reglas que lo estructuran; tiende a reproducirlas y reforzarlas, incluso cuando las degrada. En ese marco, la forma en que oficialismo y oposición cooperan no es secundaria: es parte del problema. Ambos, en distinta medida, se mueven dentro de incentivos que premian la discrecionalidad por sobre la previsibilidad, y terminan consolidando un sistema que luego cuestionan.
El problema es cómo se comporta el poder cuando nadie lo limita.Un sistema que necesita líderes excepcionales para no degradarse ya está, en esencia, degradado.
*Director Instituto Ideas.
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