El retroceso industrial de América Latina y el espejo argentino
La crisis de 2008 marcó el fin de la hiperglobalización de los noventa. Desde entonces el mundo atraviesa un reordenamiento geoeconómico: fragmentación de las cadenas globales, disputa tecnológica entre China y Estados Unidos y un renovado protagonismo de las políticas industriales. China concentra hoy más del 30% de la manufactura mundial y lidera varias tecnologías críticas, mientras los países desarrollados impulsan nuevas estrategias para fortalecer sus sistemas productivos.
En ese reordenamiento, América Latina quedó rezagada. El boom asiático de los 2000 traccionó la región vía exportaciones primarias, pero cuando esa demanda se desaceleró llegó una nueva década perdida en términos de crecimiento económico (que sacando los casos de Argentina y Venezuela esta vez se dio con estabilidad macroeconómica). Lo más preocupante no es el estancamiento del crecimiento, sino lo que ocurrió por debajo de esa superficie: la desindustrialización se reanudó con fuerza en los años 2010, las economías se primarizaron aún más y los avances en la reducción de la pobreza y desigualdad se frenaron. Pero ¿qué tan profunda fue dicha desindustrialización? ¿Y qué lugar ocupa Argentina en ese proceso?
Entre 2011 y 2025 América Latina fue la única región del mundo donde cayó el valor agregado manufacturero per cápita. En paralelo, la participación de la industria en el PBI regional descendió del 14,8% al 11,8%, la mayor caída entre todas las regiones. Mientras Asia oriental consolidó su liderazgo manufacturero, América Latina se desindustrializó incluso más rápido que África subsahariana.
Argentina expone esa contradicción en su versión más extrema. Entre 2011 y 2025 las exportaciones totales se estancaron, pero lo más revelador es el colapso en la calidad exportadora: las manufacturas pasaron de representar el 52% de las exportaciones totales al 26%, y los bienes de media y alta tecnología se desplomaron del 24% al 10%. Al mismo tiempo, el valor agregado manufacturero per cápita cayó un 23% –de 1.721 a 1.381 dólares constantes de 2015– y la participación de la industria manufacturera pasó de representar el 17,03% del PBI al 13,86%. No es solo que Argentina exporta menos, exporta menos industria y se aleja de la frontera tecnológica en el momento en que el mundo la disputa con mayor intensidad. Si miramos el corto plazo, Argentina fue el segundo país que más cayó en producción industrial de 2025 sobre 82 países de la Onudi.
Dado este marco, podríamos preguntarnos entonces dos cuestiones de relevancia para nuestro país: ¿es aún importante la industria como catalizadora hacia el desarrollo? Y, si fuese así, ¿qué hacer para revertir el cuadro de situación actual?
Empecemos por la primera. Los detractores de la industria manufacturera en países en desarrollo argumentan que la industria tiene que estar expuesta a la competencia internacional, en consecuencia aquellas industrias en las que sus costos no están alineados a los internacionales cerrarán. De este modo, los consumidores accederían a bienes más baratos y podrían destinar ese ahorro a consumir otros productos. Siguiendo esta lógica, las brechas de productividad entre las economías industrializadas y la nuestra llevarán a la destrucción del tejido productivo local.
La teoría planteada argumenta que lo principal es establecer un entorno macroeconómico ordenado para que los agentes asignen los recursos hacia aquellos sectores donde el país tenga mayores ventajas relativas (en nuestro caso, recursos naturales o servicios), lo que generaría un crecimiento genuino y sostenible. Sin embargo, esta visión presenta varios problemas. Estos sectores suelen generar menos empleo, están más expuestos a la volatilidad de los precios internacionales y tienden a producir economías socialmente más polarizadas entre aquellos sectores orientados a la exportación (con salarios más altos) y aquellos que están vinculados a las prestaciones de servicios (en líneas generales con mayor informalidad y salarios más bajos). Lo que daría lugar a una mayor desigualdad social. Aunque algunos servicios contribuyen a la innovación, la industria manufacturera cumple un papel clave: impulsa el desarrollo tecnológico, genera encadenamientos productivos y acumula conocimiento que retroalimenta el proceso de crecimiento.
Ningún país desarrollado lo hizo prescindiendo de la manufactura. ¿Se puede salir del estancamiento secular mediante políticas productivas? Sí. Para ello es necesaria una estrategia que expanda las cadenas de valor de los recursos naturales, reconstruya el aparato productivo manufacturero y apueste a la innovación tecnológica y a la inserción exportadora. Por último, esa estrategia requiere también un vínculo constructivo entre los distintos actores políticos, económicos y sociales que participan del proceso productivo. La historia de los países que lograron desarrollarse no es la historia del libre mercado sino, por el contrario, la de Estados que apostaron activamente a construir capacidades industriales propias.
*Investigadores del Área de Estudios sobre Industria Argentina y Latinoamericana del Ceheal. Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
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