Enredadas, las manos alguna vez sostenían libros
“¿Cómo no sucumbir al encanto del halago?” Se pregunta la autora y reflexiona sobre el peligro de “tercerizar nuestra identidad”. Aunque vicio y dependencia son dos cosas diferentes, terminan uniéndose en la adicción a las redes sociales. Tienen alguna ventaja? Sí, agilizan las despedidas.
Rápido, demasiado rápido pasó todo, no me distraje, solo me equivoqué, creí que ciertas cosas les pasaban a los demás y yo seguiría joven, sana y viva para siempre. Ymasí fue cómo pasé de esperar mirando cada tanto el teléfono fijo (algún encanto tenía para los que necesitamos algo de incertidumbre para matizar amores) al nunca mejor bautizado teléfonomóvil.
Móvil al cuarto, móvil a la cocina, baño, terraza, ascensor, calle( mal hecho en esta época de voluntades ajenas y manos ligeras).
Tiempo en pantalla tres meses atrás 2.30hs.¿Tiempo en pantalla hoy? No puedo ni escribirlo. ¿Qué sucedió?
Debo decir que mi madre como tantas otras me advirtió sobre las malas influencias, esos amigos que nos tientan a cometer lo que nos moríamos de ganas de hacer y aun no nos habíamos animado; debo admitir también que jamás le hice caso.
Mi hermana G.G (soy hija única, pero ella lo es por elección) fue un boom en las redes, compartidora y generosa como es su espíritu gregario me invitó a su banquete mediático ignorando que mi naturaleza adictiva me llevaría a atragantarme.
El vicio por un narcisismo mimado era narcotizante. Cada mañana, tarde, noche, alguien me decía: “bella, genio, copada”. Hasta la palabra “inteligente” empezó a abundar. Debo admitir que no hay mejor ponderación para una persona que ha pasado la mayor parte de su vida estudiando y leyendo.
Like, la palabra ábrete Sésamo que sale al frotar la nueva “lampara de Aladino”. ¿Cómo no sucumbir al encanto del halago?
Esta apelación frecuente a nuestro costado narcisista nos lleva a mediatizar o peor aún tercerizar nuestra identidad, la cual queda a merced del parecer de insignes desconocidos. La belleza es una jaula que esconde una trampa.
Las redes develan la esencia de cada persona, sacan lo peor de los peores y lo mejor de los mejores"
Me pregunto qué hacíamos antes de tener un teléfono móvil, no tengo perro, pero si un celular con correa que llevo a todas partes.
Creí que a diferencia de un animal, este no necesitaría ningún cuidado, grave equivocación, mi teléfono es voraz, debo alimentarlo con más ahínco que a un bebe hambriento.
Las instrucciones son precisas, conectarse a las redes la mayor cantidad de veces posibles, crear historias, publicaciones, reels, cuanto más bizarros y cortos mejor; aunque para algunos hasta una salchicha con pure puede ser “fotografiable”. Todo ello implica acciones varias como el responder con ingenio o astucia, agradecer, ignorar, bloquear, vengarnos. Ver estadísticas, actividades, rango etario, nivel educativo, social, y sobre todo mental, horarios para un mejor rebote e interacciones.
Sé que vicio y dependencia son conceptos diferentes, que el primero se va convirtiendo en la mayoría de los casos en el segundo. Creo que me están atacando ambos.
Al despertar comienzan los síntomas: se alarga el brazo que palpa, la mano derecha sabe de formas, los dedos investigan hasta llegar a la superficie suave, gomosa, plana de esa especie de cajita que contiene en su interior TODO, hasta los mundos menos imaginados.
Chequeo hora, temperatura, urgencias posibles y, cuando rumbeo para leer las últimas noticias, la curiosidad irrumpe: mis ojos obligan a detener el dedo y sucumbir a un “primero yo”. No hay manera se sustraerse, “cuesta abajo en mi rodada” quedo de manera irremediable enredada en las trampas que yo misma construí IG, X, Threads, Tik Tok.
Quedan aún momentos de lucidez en los que me pregunto porqué y para qué estoy haciendo esto. Recuerdo cuando mis manos sostenían libros. Pasaba páginas que me gustaban oler, marcar con lápiz, hacer una pausa, habitar el silencio, pensar. Voy a volver me digo, y un poco me lo creo.
Las respuestas son variadas. A favor del aparatito: busco, Investigo, aprendo y diversifico porque así como puedo profundizar planeo bajito por millones lugares. Surfeo vidas, crónicas, historias. Es amable, complaciente, y sobre todo me permite no estar demasiado presente en los lugares intermedios entre dos acontecimientos, acorta los viajes, y sobre todo burla la espera.
Ya no esperamos como antes, los libros contribuían pero la imagen nos abduce, secuestrados en un tiempo virtual “pasamos el rato”, frase que detesto pues parece suspender la intensidad de la vida.
Tiene luz, sonido, movimiento, está vivo, es inteligente y ahora encima piensa!
Evaluando las consecuencias negativas de su abuso recordé que años atrás leí deslumbrada a Paul Virilo cuya tesis puede resumirse así: Cada nuevo invento, crea también un nuevo accidente. “inventar el barco es inventar el naufragio”.
Bingo el celular, el invento, las redes, su consecuencia y el accidente, varios, de los cuales los haters encarnan el brazo armado para los linchamientos express.
O sea, el accidente no es algo externo al invento, nace con él y contiene su vulnerabilidad.
La tecnología ha creado así nuevas formas de hostigamiento favorecida por la velocidad, el anonimato, la masividad, aprendimos a inaugurar la maldad a gran escala.
Las nuevas condiciones técnicas permiten que un individuo amenace o difame a otro sin consecuencia alguna, aparece el cyberacoso, la perdida de privacidad, las noticias falsas.
De manera arbitraria decido que el peor desprendimiento del accidente en las redes son los haters, un submundo compacto y anónimo del cual durante un tiempo ignore su existencia.
Adicción al celular: pandemia de la desconexión humana
Practican la impiedad, esa necesidad de liberar un sentimiento que corroe por dentro en cada descarga maliciosa. Surgen como brotes de violencia no solo oculta sino reprimida, disparada por una imagen de aparente felicidad o bienestar ajeno. Desvalorizar es su intento de sentirse superiores.
¿Qué detona el inmediato disparo “homicida”? ¿El asesinato virtual de una víctimas desconocida? Pareciera que todos los preconceptos y lugares comunes son funcionales a los odiadores seriales que ignoraban que lo eran. Insultar aliviana la propia frustración. Agredir como mecanismo de defensa es una práctica remanida.
Todo queda trastocado por el tamiz del hater: la sonrisa es estúpida, la vejez: descartable, la gorda: inabordable, la pendeja: desubicada, la modelo: un gato encubierto, la alegría: frívola, la ropa: ridícula, los demás: cornudos, tontos, ensobrados, corruptos, seniles.
Todo sirve para plasmar lo que logre opacar el brillo ajeno, empañar esa imagen que vende una ilusión que molesta.
Salgamos de esa trampa y dejemos de cantar “perdiendo el control”. Me pregunto si institucionalizar la locura ajena no es aceptar la propia. Nos estamos acostumbrando al delirio, al mal trato, al insulto, a gente en manada que salta cantando estribillos idiotas.
Nunca me gustaron los finales infelices así que me niego a fomentarlos. Podemos comprobar que las redes develan la esencia de cada persona, sacan lo peor de los peores y lo mejor de los mejores (exageraciones aparte) ellas permiten el rápido acceso a la información, aprendizaje, comunicación, movilización social, solidaridad etc. Y también permiten o fomentan el amor y en tren de ser sincera, es más, se lo debo.
Esta de moda disculparse por la autoreferencialidad, disiento, sirve debido aser material de primera mano. Lo molesto o patético es el auto bombo, pero eso es muy otra cosas.
Una amiga (por suerte todos tenemos una) descubrió una peculiar ventaja tecnológica y es que agiliza las despedidas.
Debo confesar que no fue demasiado prolija ya que la llevó a abandonar dos relaciones de manera expeditiva, aunque la palabra justa sea cobarde.
En la primera ocasión, estando de viaje sola, comprobó que quería seguirlo estando y decidió prolongar su nuevo status con una llamada por WhatsApp donde le comunicó al señor en cuestión algo hacía tiempo él se negaba a escuchar. Con un simple: “no da para más”, de modo rápido y breve logró que nadie volviera a respirar a su lado.
La segunda tuvo efecto boomerang ya queFacebook le mandó un nuevo amor y luego por mail abandonóel viejo, chica mala pensé, pero en lugar de ser castigada fue recompensada, el flamante modelo era infinitamente superior y sin fecha de vencimiento. Dejar de amar no es causa, sino consecuencia, entonces pensé, moraleja, tal vez ambos merecían los servicios del aparatito mensajero.
Frivolidades aparte, pruebo de a poco des-enredarme para intentar encontrar una manera de contribuir aunque sea de forma precaria a construirme un mundo mejor.
¿La forma? No permitir que ningún afecto (novio, marido, amigo) deba competir con él en su presencia, solo que hay veces donde se me dificulta poder elegir a cuál de los dos quiero suprimir.
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