Cuando los Estados modernos disputan recursos o rutas estratégicas, rara vez presentan el conflicto en esos términos; necesitan una escena moral. Precisan un cuerpo visible sobre el cual inscribir una narrativa de civilización o brutalidad, liberación o tradición. Con frecuencia, ese cuerpo ha sido el de la mujer.
Durante el siglo XX, la imagen de la mujer iraní fue utilizada alternativamente como prueba de atraso o de progreso. Bajo el Sha, la occidentalización de las élites femeninas se exhibía como signo de modernización. Las fotografías de mujeres sin velo, universitarias o vestidas a la moda europea funcionaban como una especie de certificado visual de pertenencia al mundo occidental.
La imagen femenina actuaba como pantalla.
Mientras la discusión pública se concentraba en los vestidos, los peinados o las costumbres, la cuestión fundamental seguía siendo quién controlaba el petróleo.
Después del golpe de Estado de 1953, apoyado por la CIA para derrocar a Mossadegh, la monarquía recuperó el control político. El petróleo, que se había nacionalizado, volvió a insertarse en una estructura favorable a las potencias occidentales. Pero la narrativa pública continuó girando alrededor de la innovación cultural del país. El cuerpo femenino operaba como un manto emblemático sobre la economía.
Décadas después, la Revolución Islámica invirtió el signo. El mismo cuerpo que antes simbolizaba el progreso pasó a encarnar la resistencia. La lógica, sin embargo, permaneció intacta.
Por eso resulta insuficiente interpretar la cuestión femenina iraní exclusivamente como una contienda religiosa. En realidad, allí convergen varias capas simultáneas; la soberanía, el control de los recursos energéticos, la relación con Occidente, la legitimidad del Estado y la definición misma de la modernidad.
En cierto sentido, la historia de Irán desde Mossadegh hasta nuestros días puede leerse como una sucesión de luchas por el petróleo cuya representación pública se desplaza constantemente hacia el cuerpo. De modo tal que la mujer se transforma en un telón sobre el cual se proyectan los grandes conflictos, mientras las fuerzas que verdaderamente organizan la guerra continúan operando detrás de ella, fuera del campo de visión.
En 1967, la periodista y activista alemana Ulrike Meinhof denunciaba que Occidente utilizaba a Farah Diba para construir una imagen seductora de un aliado. Meinhof sostenía que la estética de la modernidad convivía con mecanismos autoritarios y profundas desigualdades sociales. La emancipación mostrada por el régimen era, en parte, una puesta en escena del poder. Ulrike pubicó el artículo “Carta abierta a Farah Diba” en la Neue Reveu que puede leerse hoy como un documento sorprendentemente actual para pensar la guerra y la cuestión iraní. Fue escrito con motivo de la visita del Sha a Alemania Occidental y respondía a una entrevista en la que la emperatriz describía una imagen suntuosa de Irán. Meinhof contrapuso a esa interpretación una descripción de la pobreza y la represión que, según ella, quedaban ocultas tras el brillo de la corte imperial. La periodista acusaba a la prensa europea de enamorarse de la imagen exótica y glamorosa de la monarquía iraní.
La carta de Meinhof conserva una fuerza crítica singular. Su pregunta no era simplemente si Irán debía ser más vanguardista o tradicional. Su pregunta era acerca de quién controlaba (controla) las imágenes. Y en ese sentido, la guerra actual puede leerse también como una guerra de representaciones.
Vista desde hoy, la carta a Farah Diba parece anticipar una intuición fundamental: cuando una potencia o una revolución necesitan convertir a una mujer en símbolo nacional, es posible que la primera víctima sea precisamente la voz singular de esa mujer.
Dos años más tarde, Ulrike Meinhof escribe su célebre columna “Todos hablan acerca del clima” que la cronista dedica a la esposa e hija de Bahman Nirumand. Nirumand fue un pensador opositor del régimen que había publicado el libro Persia, modelo de desarrollo o dictadura del mundo libre en 1967, texto que había irrumpido en Europa como una denuncia del régimen del Sha. Frente a la imagen oficial de un Irán renovado, occidentalizado y económicamente exitoso, Nirumand describía una realidad atravesada por la iniquidad.
La cuestión remitía directamente a la herida abierta por el derrocamiento de Mossadegh en 1953. Desde entonces, la transformación iraní aparecía inseparable de una pregunta sobre la autoridad: ¿quién gobernaba realmente el país? ¿El Estado iraní o los intereses estratégicos ligados al petróleo? Sin embargo, la escena pública tendía a desplazarse hacia otro lugar. Hacia las mujeres.
La esposa y la hija de Nirumand que, en ese entonces, vivían en Alemania Occidental, fueron objeto de hostigamientos, vigilancia y finalmente expulsión. Aquella deportación adquiría un carácter ejemplificador. El régimen intervenía sobre los cuerpos familiares para enviar un mensaje político. La expulsión mostraba que la cuestión femenina no era un espacio autónomo de derechos sino un elemento integrado a una estrategia de legitimación política.
La visita del Mohammad Reza Pahlavi a Berlín en junio de 1967 suele recordarse por las protestas estudiantiles y por la muerte de Benno Ohnesorg a manos de la policía. Sin embargo, observada desde la perspectiva de la política estética, aquella visita fue mucho más que un episodio diplomático. Constituyó una actuación cuidadosamente construida del poder en plena Guerra Fría.
El Sha no viajaba solamente como jefe de Estado; viajaba como imagen. Por eso las giras internacionales del Sha y de Farah Pahlavi poseían una dimensión teatral. No eran simplemente encuentros políticos, eran puestas en escena destinadas a mostrar que el capitalismo podía producir modernidad fuera de Europa. Farah Diba desempeñaba un papel central en esa dramaturgia.
En este sentido, la visita a Berlín puede leerse como un momento privilegiado para comprender la política contemporánea. Allí se enfrentaron dos regímenes de visibilidad. Por un lado, el poder intentaba mostrar una imagen armoniosa del orden internacional. Por otro, los manifestantes buscaban hacer visible aquello que permanecía oculto: la injusticia interna y la subordinación geopolítica.
Y quizá por eso Ulrike Meinhof vio en aquella visita algo más profundo que un incidente diplomático. Percibió que el Sha y Farah Diba no eran solamente gobernantes; eran dispositivos estéticos de una determinada organización social.
La pregunta política más radical de la guerra de hoy no sería quién gana la batalla de las imágenes entre Washington y Teherán, sino quién logra dejar de ser imagen y recuperar la palabra. La obra de la historietista iraní recientemente fallecida Marjane Satrapi subraya la idea de que mientras los líderes hablan en nombre de pueblos abstractos, la primera persona sigue siendo el lugar donde el poder encuentra su límite. El lugar donde la gran historia queda interrumpida por una voz que puede decir: yo no soy el símbolo de tu guerra.