OPINIóN

Cómo puede la Unión Europea liderar al resto de Occidente

Frente a la rivalidad entre Estados Unidos y China, el economista Daniel Gros propone que Europa encabece una alianza de democracias y economías abiertas.

Unión Europea
Unión Europea | Agencia NA

MILÁN—En la reunión de 2026 del Foro Económico Mundial celebrada en Davos, el primer ministro canadiense, Mark Carney, describió una “ruptura” en el orden mundial e instó a las potencias medias a “actuar de forma conjunta”. Mientras que las grandes potencias pueden permitirse (por ahora) “actuar de forma aislada” en este nuevo mundo hobbesiano, advirtió, las potencias medias deben sentarse a la mesa o corren el riesgo de convertirse en “la presa fácil”. Pero, aunque algunos puedan ver a la Unión Europea como un socio natural para esos esfuerzos, parece que ella considera que es algo más.

En lugar de reunir a socios de todo el mundo, la UE ha dedicado los últimos meses a reafirmar su poderío económico, que es formidable: aunque la economía europea es algo más pequeña que las de Estados Unidos y China, es varias veces mayor que las de Japón, el Reino Unido e India. Asimismo, busca fortalecer su propia soberanía, desde el ámbito digital hasta la defensa. No se trata de un bloque dispuesto a conformarse con la condición de “potencia media”.

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Esta respuesta es errónea. Si bien Europa no es simplemente otra potencia media, tampoco es una “gran potencia”, que Carney define como aquella que tiene “el tamaño de mercado, la capacidad militar y la influencia para dictar condiciones” en la escena global, especialmente al tratar con un Estados Unidos extractivo y una China coercitiva. Pero Europa es la candidata ideal para liderar al grupo de potencias medias afines que Carney imaginó, no como una potencia hegemónica al estilo estadounidense, sino como un primus inter pares (primero entre iguales).

La lista de socios potenciales es larga. Los más cercanos son Suiza, Noruega y el Reino Unido. Pero Canadá y, más lejos, Australia, Japón y Corea del Sur también son buenos candidatos, ya que son democracias estables y de altos ingresos que suelen estar alineadas con la UE en cuestiones relacionadas con el establecimiento de reglas multilaterales, la resiliencia de las cadenas de suministro y la gobernanza digital. Un grupo conformado por estos países y la UE contaría con un PIB superior al de Estados Unidos y una producción manufacturera combinada cercana a la de China.

Ahora bien, un grupo así no puede organizarse de forma espontánea. Por lo tanto, la UE debería actuar como catalizador y líder de un Pacto para Economías Abiertas y Resilientes (CORE). El primer paso es convocar una cumbre en Bruselas centrada en elaborar un compromiso (no es necesario un tratado formal para empezar) de consulta mutua antes de tomar decisiones comerciales o de política industrial que puedan tener un impacto significativo en otros países del CORE.

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La UE, en particular, se comprometería a recabar la opinión de sus socios antes de promulgar la legislación pertinente. Asimismo, les permitiría a los países del CORE participar (sin derecho a voto) en algunos de los numerosos grupos de trabajo y de expertos que debaten los detalles de las propuestas legislativas y de otro tipo. La UE tomaría las decisiones finales de forma independiente, de acuerdo con sus propios procedimientos internos.

La estructura de la UE permite este tipo de acuerdos informales y flexibles. Tal y como establece el Artículo 217 del Tratado de la UE, la “Unión podrá celebrar acuerdos con uno o más terceros países u organizaciones internacionales que establezcan una asociación con derechos y obligaciones recíprocos, acciones comunes y procedimientos especiales”. Los acuerdos con países vecinos de la UE, como Suiza, reflejan este principio. Existe un precedente más formal, aunque más limitado, en el ámbito de la investigación, donde varios países no pertenecientes a la UE participan en “Horizonte Europa” como “miembros asociados”, aportando financiación y contribuyendo al diseño de programas de investigación.

No obstante, para que el CORE funcione, la UE tendría que modificar algunas de sus políticas. Tomemos como ejemplo la Ley de Aceleración Industrial (IAA), propuesta por la Comisión Europea el pasado mes de marzo. La IAA exige un trato preferencial para los productos fabricados en la UE —siguiendo el ejemplo de China y Estados Unidos— con el fin de evitar que su base industrial se vea afectada por la competencia desleal. Sin embargo, la participación del bloque en la producción industrial global asciende a tan solo un 15% (y va en descenso), lo que significa que relocalizar cadenas de suministro completas será prácticamente imposible.

Una estrategia de “Hecho con Europa”, que trate los insumos de los países del CORE como equivalentes a los productos europeos, evita este problema. Al fin y al cabo, el CORE no solo abarca un área económica mucho mayor, sino que sus potenciales miembros poseen capacidades y recursos que la UE no tiene. Australia y Canadá cuentan con materias primas; Corea del Sur produce chips; y Suiza es líder en biotecnología. Una estrategia de “Hecho con Europa” también fortalecería la buena voluntad entre socios cuyos mercados combinados siguen siendo vitales para los exportadores de la UE.

Uno podría argumentar que los insumos provenientes de la UE siempre serán más fiables que los procedentes de terceros países. Sin embargo, el riesgo de interrupciones en el suministro por parte de socios afines es mínimo. Los países del CORE estarían alineados con la UE económica y geopolíticamente, reconociendo que, al actuar de forma aislada, su influencia a nivel global es mínima.

Otra cuestión que la UE debería abordar es su nuevo régimen para las importaciones de acero, altamente restrictivo. En su forma actual, las nuevas reglas —que reducen a la mitad las cuotas de importaciones libres de aranceles y duplican el arancel hasta el 50%— se aplican incluso a socios comerciales afines con los que la UE tiene acuerdos de libre comercio (excepto Noruega). Esto debería cambiar, eximiendo a los países del CORE del nuevo régimen.

En términos más generales, el CORE evitaría este tipo de medidas unilaterales perturbadoras garantizando que las consultas comiencen ya en la fase de diseño de las políticas. Como mínimo, esto contribuiría a minimizar los efectos disruptivos de cualquier decisión sobre otras economías del CORE, cuya buena voluntad es importante para Europa. Podría incluso abrir la puerta a una acción conjunta más eficaz que beneficie a todas las partes.

Europa se enfrenta a una disyuntiva: o bien limitar sus ambiciones a una noción restringida de soberanía y a una visión imposible de un renacimiento industrial en solitario, o bien liderar la construcción de una comunidad de economías abiertas, resilientes y afines. El objetivo no es sustituir a Estados Unidos como potencia hegemónica global —un desenlace que no es ni posible ni deseable para la UE—. Se trata más bien de ofrecer algo que nuestro mundo de superpotencias extractivas necesita urgentemente: liderazgo sin dominación.

*Daniel Gros es director del Instituto para la Elaboración de Políticas Europeas de la Universidad Bocconi.