A 90 AÑOS

Inicio de la guerra civil española

Guerra. Empezó en el terreno de las palabras y las desconfianzas. Foto: cedoc

Por estos días, hace noventa años, España ingresaba en la etapa más cruel de su historia, que la marcaría incluso hasta nuestros días.

El 18 de julio de 1936, Francisco Franco y otros militares que debían lealtad a la Segunda República pusieron en marcha un golpe de Estado con el propósito de hacerse de inmediato con el poder.

Sin embargo, un pueblo que había comenzado a participar activamente en la vida política salió en defensa de su gobierno, y lo que tenía que ser un rápido movimiento de algunos cientos de militares terminó transformándose en una guerra civil que, durante casi mil días, trasladó el infierno a la península.

Los antecedentes son numerosos. Como punto de partida puede señalarse 1898, cuando España perdió sus últimas colonias. Su territorio pasó a ser catorce veces más pequeño que un siglo antes. Se acababa el Imperio. La pobreza azotaba y el rey pasó a ser la figura ideal a la que hacer responsable.

En abril de 1931, Alfonso XIII huyó a Francia y nació la Segunda República, que intentó modificar los cimientos sobre los que se apoyaba la nación. 

Más allá de los innumerables conflictos de una República a la que le costaba afirmarse, acosada por anarquistas y falangistas que no le daban tregua, la democracia funcionaba. En 1931 triunfó la izquierda, en 1933 la derecha y en febrero de 1936 volvió a ganar la izquierda. Para quienes habían dominado España durante siglos, esa derrota en las urnas fue inaceptable. El golpe ya estaba decidido.  

La fecha elegida fue el 18 de julio de 1936. Franco sabía que solo podría imponerse si conquistaba Madrid. Sin embargo, Madrid resistió casi tres años bajo el lema “No pasarán”. Finalmente cayó el 28 de marzo de 1939 y, tres días después, terminó la guerra, tal como el dictador había pronosticado desde el principio.

Entre el alzamiento y la caída de Madrid, España vivió sus días más oscuros, partida en dos bandos irreconciliables. La guerra avanzó pueblo por pueblo, ciudad por ciudad. Hermanos combatieron en ejércitos enemigos, vecinos dejaron de hablarse y familias acabaron divididas, muchas veces sin comprender siquiera el motivo. La desconfianza se convirtió en una forma de vida y provocó fracturas que sobrevivieron largamente a los disparos. El miedo se volvió rutina. Fueron años de traiciones, cárceles y ejecuciones.

Las consecuencias fueron tan devastadoras como la propia contienda. Quinientos mil muertos, otros tantos exiliados, fosas comunes dispersas por todo el territorio y heridas que quizá aún no hayan terminado de cerrar. Uno de cada cincuenta españoles murió en el conflicto y otro se vio forzado a exiliarse. 

Quienes permanecieron en la península debieron convivir durante años con las persecuciones, el hambre y las cartillas de racionamiento. España no recuperó el PBI de 1935 hasta 1954. Tuvieron que pasar dos décadas para volver a ser tan pobres como eran antes del comienzo de la guerra. Como si con todo eso no alcanzara, el país sería sometido a una dictadura que se prolongó por treinta y seis años y concluyó en noviembre de 1975, con la muerte de Francisco Franco.

La Guerra Civil española deja una enseñanza para los tiempos. No empezó con los disparos, sino mucho antes, en el terreno de las palabras, de las desconfianzas y de las certezas absolutas. El abismo no se abre de un día para otro; se cava lentamente, cuando la sociedad se divide en bandos que ya no se escuchan, que dejan de verse como adversarios para considerarse enemigos.

La fecha es apenas una excusa, aunque siempre es bueno recordar lo que sucedió hace nada más que noventa años en un país con el que nos unen tantos lazos. Porque la inmensa mayoría de los españoles ni siquiera sospechó lo que se venía y, cuando lo comprendió, ya era demasiado tarde para volver atrás.

*Escritor y abogado. Autor de los libros Sin tu venia (2023) y Un puente en la niebla (2025), ambos publicados por el sello Aurelia Rivera.