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opinión

El juego, la decepción y lo imposible de saber

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Reacción. La decepción hizo que la herida narcisista impulsara una oportunidad. | cedoc

Cuando estas líneas lleguen al lector, ya habrán transcurrido varias horas del partido que Argentina jugó con Suiza. No podemos anticipar el resultado. El escenario lúdico plantea lo más nodal de la experiencia humana: lo imposible de saber hasta el último instante de una competencia. Ese agujero es la condición del deseo que anima los cuerpos. Eso mismo que los algoritmos pretenden reducir a su mínima expresión, o directamente eliminarlo. De hecho, dice Lacan que el cuerpo es una mesa de juego donde transcurre una disputa entre el saber y el no saber.

Los afectos -angustia, vergüenza, pudor, tristeza, alegría y su ruta-, giran en torno a esta confrontación que nos ubica como sujetos arrojados a la contingencia, lo más difícil de aceptar en la vida. Quino supo ilustrar de genial manera el rechazo a tal encrucijada cuando Felipito -el amiguito de Mafalda- lanzó su estremecedora pregunta plena de decepción: ¿Por qué justo a mí, me tenía que tocar ser yo? Buena parte de la dignidad de una persona, grupo o comunidad, cualquiera sea su condición o situación, descansa en su actitud ante la contingencia: afrontar el desafío para hacer historia (la propia, la singular) o escapar de la misma bajo las innumerables maneras que la cobardía neurótica describe en los libros.

Algo sabemos: la selección argentina de fútbol eligió la primera opción, aceptar la contingencia. Porque los millones de pibes y pibas que transcurren sus días con videojuegos en los que el componente narrativo está aplastado por el algoritmo, asisten por estas horas a la hazaña de un equipo que sin dudas hace historia. De hecho, el filósofo surcoreano Byung Chul Han advierte que hoy se está suscitando un nuevo cambio de paradigma: el giro dataísta por el cual el sujeto es despojado de su soberanía cognoscente como autor del saber. “Ahora el saber es producido maquinalmente”, dice. Y agrega: “La presión para producir destruye el espacio para los juegos y las narraciones. El trabajo algorítmico de cálculo no es narrativo, sino puramente aditivo. Pensar es más erótico que calcular”, concluye.

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¿Qué quiere decir que el trabajo algorítmico es aditivo? Que alimenta en Felipito la tóxica expectativa de resolver y tramitar su pregunta imposible, sin pensar, sin trabajar y sin crear una historia. Hay trabajo cuando hay decepción, cuando hay dificultad, cuando hay fracaso. “Fracasa más, fracasa mejor”, decía Beckett. Y tenía razón. Porque el deseo se asienta en ese imposible que agita la mesa de juego del cuerpo, pensar es más erótico que calcular. Por eso esta selección enamora.

En este momento quien escribe no sabe cuál habrá sido el resultado del partido entre Argentina y Suiza, pero me arriesgo a considerar que ese grupo de jugadores ya ganó su propio e íntimo partido. La levantada con Egipto del martes pasado así lo prueba. En sus partidos disputados la Scaloneta supo atravesar la decepción, esa instancia psíquica que hace de la herida narcisista una oportunidad para el despliegue más virtuoso de la subjetividad. Allí donde el error y el traspié convocan a la recuperación. Destaco esta última palabra. Su valor simbólico va mucho más allá de recobrar la pelota durante un duelo futbolístico. Tal como muestra el increíble quite de Paredes a instantes del final, tal como hizo Julián en el comienzo de la jugada del tercer gol, la selección argentina ha hecho de la recuperación un estandarte en la figura de su capitán Lionel Messi. Esa mesa de juego en la que el cuerpo de esta nación se debate encontró por unos días una autoridad que en base a talento, respeto y trabajo logró quizás hacernos creer que atravesar la decepción para alcanzar algún viso de recuperación podría ser posible. ¿Quién sabe?

*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.