La algoritmización de la vida en común
Del discurso de Javier Milei en Jerusalén al manifiesto Palantir. El “relato”y la intolerancia.
El “manifiesto Palantir”, ese texto que apareciera en un posteo de la cuenta X, es un programa ideológico-tecnológico que resume la posición del libro The Technological Republic de Alex Karp.
En un registro casi doctrinario,con frases breves e imperativas, la publicación no describe lo que hace la empresa, sino que dispone lo que debería ser el mundo. Y como una máquina de guerra produce una geometría moral, divide el territorio entre quienes construyen (nosotros) y quienes amenazan (ellos). Segmenta el campo social en la elaboración del enemigo; siendo éste según el Manifiesto el pluralismo vacío, la cultura tech frívola y las sociedades regresivas.
Pensar los discursos políticos no como canales del lenguaje, sino como operaciones, implica desactivar una de las metáforas más persistentes de la modernidad: la idea de que las palabras transportan significados.
Hoy el discurso político funciona más como un algoritmo que como una narración. No se trata de contar una historia coherente, sino de activar ciertas asociaciones y bloquear otras. Por ejemplo: cuando un término como “seguridad”, “crisis” o “libertad” entra en circulación, no está describiendo un estado de cosas, sino reorganizando una agenda. De este modo el lenguaje no acompaña la política, la ejecuta.
Esto implica un cambio radical. En lugar de preguntar “¿qué significa este discurso?”, habría que preguntar “¿qué hace este discurso?”, ¿qué umbrales instala?, ¿qué sujetos vuelve visibles o invisibles?
Desde esta perspectiva, la política deja de ser una disputa de argumentos para convertirse en una batalla de arquitecturas lingüísticas. No se enfrentan ideas, sino procesos de encuadre. Cada enunciado es una instrucción que reorganiza relaciones entre habitantes, entre pasado y futuro, entre normalidad y excepción.
Por eso los discursos políticos no son difusores, sino interfaces de gobierno. Conectan poblaciones con modos de gestión, distribuyen atención, jerarquizan urgencias.
Quizás la consecuencia más incómoda de esta perspectiva sea aceptar que no hay un “afuera” limpio de la declaración política. No hablaríamos sobre operaciones, sino que estaríamos dentro de ellas.
De algún modo relaciono al emisor del discurso político con Pierre Menard, aquel personaje borgiano. A partir de la idea de abandonar la figura del lector como intérprete y acercarlo, en cambio, a la de un operador que repite sin reproducir y que al leer modifica el objeto mismo de su lectura.
Menard no lee el Quijote para entenderlo, lo reescribe palabra por palabra desde otra temporalidad. Pero lo decisivo no es la copia, sino el traslado de régimen. El transmisor del discurso político, en este sentido, es siempre un Menard involuntario. Así, Menard deja de ser una rareza literaria para volverse una figura del presente: el nombre de una lectura donde el texto nunca es el mismo.
El llamado “manifiesto Palantir” propone una idea persistente: la tecnología como instrumento de orden frente a un mundo percibido como caótico, opaco o incluso amenazante. En ese horizonte, la sociedad deja de ser un tejido de diferencias que requieren mediación, y pasa a concebirse como un campo de datos que deben ser clasificados y, si es necesario, corregidos.
Ya no se trata de deliberar sino de procesar. El conflicto, que en la tradición democrática era el motor mismo de la política, se redefine como “ruido”. Y el ruido, en la lógica algorítmica, no se escucha, se filtra. Esta intervención, que parece técnica, tiene efectos profundamente ideológicos. Instala una forma de no tolerancia que no se enuncia como tal, sino que se ejerce como optimización.
Cuando se cruza esto con ciertas retóricas contemporáneas —como la de Javier Milei en su discurso en Jerusalén— aparece otra capa. La frase, el gesto, la declaración política dejan de ser meramente performativos en el sentido clásico para convertirse en inputs dentro de una maquinaria mayor.
El “manifiesto Palantir” sugiere que los sistemas pueden ver mejor que los humanos. En ese sentido llama a resistir frente a la tentación de un “pluralismo vacío y superficial”, argumentando que la “psicologización de la política moderna nos desvía del camino correcto”. Esa promesa encubre una decisión previa sobre qué cuenta como patrón y qué cuenta como anomalía. Es decir, sobre qué debe ser tolerado y qué debe ser excluido.
La política, en ese escenario, corre el riesgo de convertirse en una interfaz. Y la sociedad, en un conjunto de variables a optimizar. Lo preocupante no es la desaparición de la tensión, sino su silenciamiento bajo la apariencia de eficiencia.
Principio del formulario. En Argentina, la Ley 26.199 que estatuye el día 24 de abril como Día de Acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos, en conmemoración del genocidio armenio, supone que el respeto es anterior al juicio. Instituye algo más que una conmemoración: fija un horizonte donde la vida en comunes parte de la condescendencia. Asume un componente intrínseco de la tradición existencial latinoamericana.
No obstante, la frase política de la alocución realizada en Jerusalén del presidente argentino:“con determinadas culturas no vamos a poder convivir” infiere que el juicio precede al respeto.
Cuando una ley, como la Ley 26.199, habla de “tolerancia” y “respeto”, no está nombrando valores abstractos, sino estableciendo un procedimiento de lectura del otro: cualquiera que ingrese en el espacio social debe ser interpretado bajo ese marco.
La estética, entonces, no es decoración, es infraestructura. Un eslogan, una conferencia, un gesto corporal, una imagen viral o un silencio calculado son métodos estéticos que organizan la experiencia del poder. La política se vuelve inseparable de su circulación: algoritmos, tiempos de exposición, formatos breves. La estética se vuelve técnica.
Pero hay un punto más inquietante: los modelos políticos no solo organizan lo que vemos, sino también lo que dejamos de percibir. Cada dispositivo de visibilidad implica una zona de sombra. Lo que no entra en el régimen estético dominante queda fuera de lo pensable.La exclusión operativa no combate lo diferente: lo vuelve imperceptible. No lo niega. Lo desactiva.
Desde “La república tecnológica” la tolerancia aparece como un concepto residual y la frontera entre lo tolerable y lo intolerable ya no se traza en el debate público, sino en sistemas diseñados por actores con poder (corporaciones, complejos tecnopolíticos). La tolerancia deja de ser un derecho garantizado y pasa a ser una condición contingente, dependiente de modelos, datos y objetivos estratégicos. De tal modo, el discurso de Jerusalén no reescribe la posición de la compañía tecnológica Palantir, sino que demuestra que toda repetición es una vía de control. Y nosotros, lejos de dominar ese acto, somos su superficie más vulnerable, su campo de prueba.
A partir de un lenguaje considerado como insumo del procesamiento y no como vehículo del discurso,emerge el problema ético más perturbador: no si somos tolerantes, sino qué tipo de mundo produce un sistema que ya no necesita serlo.
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