La Argentina de la incertidumbre: un país donde la política ya no logra resolver nada
Mientras el Gobierno de Javier Milei enfrenta su momento más complejo, las encuestas reflejan un fuerte deterioro del humor social y una creciente preocupación económica. En paralelo, la incapacidad de la dirigencia para construir consensos empuja cada conflicto hacia la Justicia y profundiza la crisis institucional.
La Argentina ha entrado en una etapa muy delicada. Y no me refiero solamente a la economía, que efectivamente atraviesa un momento complejo, sino a algo mucho más profundo: la incapacidad del sistema político para resolver conflictos dentro de la propia política. Todo termina judicializado. Todo. Una ley votada por el Congreso “nace muerta”, según palabras de un funcionario del Gobierno. Un presupuesto universitario termina en la Corte Suprema. Un desacuerdo político se transforma automáticamente en un expediente judicial. Y mientras tanto, el sistema democrático argentino se va deteriorando lentamente frente a nuestros ojos.
La frase del subsecretario de Políticas Universitarias, Alejandro Álvarez, diciendo que la ley universitaria “nació muerta”, es de una gravedad institucional enorme. Porque una cosa es cuestionar una ley, otra muy distinta es naturalizar la idea de que el Poder Ejecutivo puede desconocer políticamente aquello que votó el Congreso. El argumento podrá ser jurídico, económico o presupuestario. Pero el problema es político e institucional.
Las encuestas conocidas en las últimas horas muestran un deterioro muy marcado del humor social. Hay un dato particularmente importante: el 68% de las personas considera que su situación económica está peor que hace un año. Y cuando se pregunta por el futuro, la expectativa negativa sigue siendo alta. Sin embargo, aparece un elemento central para comprender este momento político: todavía existe un núcleo importante de esperanza.
Hay cerca de un 40% de argentinos que continúa apostando al Gobierno de Javier Milei. Ese número ha bajado, sí. Pero sigue siendo políticamente relevante. Porque revela que una parte importante de la sociedad todavía está dispuesta a tolerar costos económicos muy severos con la expectativa de que el modelo eventualmente funcione.
Sería un error analizar este momento únicamente desde la caída de imagen o desde el malestar económico. El Gobierno atraviesa probablemente su etapa más difícil: caída de la actividad, tensión financiera, sospechas de corrupción, desgaste político y conflictos institucionales permanentes. Y aun así mantiene un piso de apoyo considerable. Ahora bien: la gran pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse una administración basada exclusivamente en expectativas futuras mientras la realidad cotidiana empeora.
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Porque las mismas encuestas muestran otro dato inquietante: la principal preocupación de los argentinos ya no es solamente la inflación, sino la incertidumbre. La incertidumbre económica, laboral, política y social. Y la incertidumbre es probablemente el peor clima posible para cualquier gobierno.
Argentina vive atrapada entre dos fenómenos simultáneos: una crisis económica persistente y una degradación política progresiva. La política no logra construir consensos básicos, el oficialismo confronta con todos los sectores al mismo tiempo y la oposición sigue sin ofrecer una alternativa consistente. Entonces los conflictos migran hacia los jueces, como si la Justicia pudiera reemplazar el funcionamiento normal de la política.
CS/ff