Soberanía, ajuste y contradicciones

Las mil y una noches con Milei

En RDI se anticipó que los ex combatientes de Malvinas realizarán una denuncia penal contra Milei: “Están renunciando a la soberanía” Foto: Cedoc Perfil

Ayer se cumplieron mil días del gobierno de Javier Milei. Un emergente del fracaso de muchos gobiernos anteriores, una nueva versión de aquel “que se vayan todos”. En términos generales, la crueldad de su plan de la motosierra se cumplió en gran parte; las reformas estructurales, más aún; y aquella promesa de terminar con la casta terminó, paradójicamente, absorbiéndola y profundizándola.

No puedo dejar de reconocer que Milei recibió un Estado quebrado: una inflación descontrolada, al borde de la hiperinflación; una pobreza que rozaba el 50%; y un déficit fiscal insostenible. Estábamos, sin exagerar, a un paso de una deriva bolivariana. En ese terreno hubo logros significativos, incluida una gestión legislativa notable que, pese a la minoría en el Congreso, permitió aprobar leyes impensadas.

Pero rápidamente aparecieron las contradicciones del propio plan. El equilibrio fiscal y las desregulaciones –imprescindibles para adaptar la economía a un funcionamiento racional– convivieron con una alianza con “la casta” que terminó transando con lo más profundo del sistema político. El mejor ejemplo es el acuerdo de estos días con el kirchnerismo para designar jueces, que permitió aprobar 175 pliegos.

También en el plano económico, frente a una reactivación que no alcanza, al endeudamiento creciente de familias y pymes y a la ausencia de un programa que no profundice esos factores, aparece un recurso tan transversal como Malvinas: un tema sensible para los argentinos, utilizado de manera no muy distinta a como lo hizo Galtieri frente a la tensión social de 1982, cuando una guerra sirvió para intentar perpetuarse en el poder.

Esa contradicción quedó expuesta en el anuncio del jueves sobre Malvinas, transmitido por cadena nacional. Milei mantiene, desde el debate presidencial de 2023 hasta hoy, una admiración pública y reiterada por Margaret Thatcher, la primera ministra que ordenó el hundimiento del crucero ARA General Belgrano fuera de la zona de exclusión, con 323 muertos argentinos. La definió como “una de las grandes líderes de la historia de la humanidad”, ratificó esa admiración en una entrevista con la BBC y tiene un retrato suyo en su despacho de la Casa Rosada, junto a uno de Reagan.

Habría que analizar, entonces, qué significa para Milei la soberanía. Su discurso convive con recortes documentados. El presupuesto 2026 elimina el artículo 9° de la Ley de Educación Nacional, que garantizaba un piso de inversión educativa entre Nación, provincias y CABA. Las universidades reclaman que los $4,8 billones anunciados para 2026 quedan muy por debajo de los $7,3 billones que necesitarían para funcionar con normalidad, lo que derivó en marchas federales.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿qué legitimidad tiene una épica de “soberanía nacional” –que también se sostiene en la capacidad científico-tecnológica y educativa de largo plazo– cuando el propio Estado retira el financiamiento de esas capacidades?

El Gobierno vuelve, además, a incurrir en una lectura apresurada de una frase de Donald Trump. Es difícil pensar que Washington asuma una posición sobre Malvinas que pueda convertirse en precedente frente al conflicto con China por Taiwán.

La contradicción alcanza también al marco de comercio e inversión anunciado en noviembre de 2025 y firmado en marzo de 2026, donde las obligaciones que asume Argentina se cuentan por decenas frente a un puñado de compromisos concretos de Estados Unidos. Es difícil sostener que se trata de un acuerdo que fortalezca nuestra soberanía económica.

El problema es de coherencia doctrinaria: si Washington abandona su neutralidad sobre una disputa territorial resuelta por la fuerza en 1982 para favorecer a quien no ejerce control efectivo, erosiona el principio de “no alterar unilateralmente el status quo territorial” que necesita invocar frente a China por Taiwán. Es munición retórica para Beijing: “Ustedes mismos dicen que esto se puede revisar cuando conviene”.

A ese tablero se suma Navitas Petroleum, empresa israelí que controla el 65% del proyecto petrolero Sea Lion, a metros de Malvinas. Israel es, además, la otra alianza internacional que Milei reivindica junto con Estados Unidos. Cabe preguntarse si esa relación con Netanyahu no es, en el fondo, poco más que un respaldo incondicional a una ofensiva militar que buena parte de la comunidad internacional cuestiona por su impacto sobre la población civil palestina.

Otra incoherencia: anunciar una base naval mientras se incumplen leyes de financiamiento social. En agosto de 2025, Milei vetó la ley de emergencia en discapacidad; el Senado rechazó el veto por 63 votos contra 7. El Gobierno demoró igualmente su implementación, al punto de que la Justicia Federal de Campana declaró inconstitucional el decreto que suspendía su aplicación y ordenó cumplirla.

El presupuesto 2026 proyecta 202.530 pensiones por discapacidad menos que las vigentes a mediados de 2025, pese a que Milei prometió por cadena nacional un aumento real del 5% para ese sector. En paralelo, se relanza el anuncio de una base naval en Ushuaia valuada en US$300 millones, como si esto no tuviera ningún costo para el sagrado equilibrio fiscal.

Lo que emerge del conjunto no es una crítica sectorial –ciencia, geopolítica, discapacidad, los médicos del Garrahan– sino un patrón: un relato de soberanía nacional épica que se activa selectivamente hacia afuera –Malvinas, base naval, alianzas con EE.UU. e Israel– mientras hacia adentro el mismo Estado recorta, incumple leyes y necesita ser forzado judicialmente a proteger a sus sectores más vulnerables.

Todo esto sostenido, además, por un presidente que reivindica personalmente a la figura histórica responsable del episodio más letal de la guerra que dice querer reivindicar. 

Por eso, quizás, el discurso transmitido por cadena nacional funcione como síntesis de una estrategia para tapar estos desajustes apelando a un tema tan sensible para los argentinos como la soberanía sobre Malvinas: una causa que nos une, pero que vuelve a utilizarse con un libreto que recuerda al empleado por Galtieri en 1982.

Por eso, una vez más, cobra sentido aquella letra de Charly García: “Si ellos son la patria, yo soy extranjero”.

Cierro esta columna reiterando lo único que no admite grieta: las Malvinas son argentinas.

* Empresario, representante artístico y productor de espectáculos.