OPINIóN
destruyendo lazos

Cambalache siglo XXI

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| Pablo Temes

Moisés pronuncia sus discursos de despedida desde la cima del monte Nebo, avizorando la tierra a la que, sabe, no habrá de entrar.

El profeta, nombrado como “el más humilde de los hombres” –dice el texto bíblico–, ha cometido sin embargo un acto de soberbia. Preso de ira e impaciencia ante la demanda del pueblo sediento, desobedece el mandato divino y, en vez de hablarle a la piedra para que de ella brote agua, la golpea con una vara. Como un sacerdote o monarca pagano, cree tener el dominio sobre los elementos y el derecho a expresar su violencia sin tapujos. Ese gesto le vale la sanción de Dios: no entrarás a la tierra prometida. Tan desmedido acto lo inhabilita como líder y lo destituye como modelo para un grupo humano que está forjando su futuro.

El episodio expresa una de las características del texto bíblico: a diferencia de las que ofrecen las culturas míticas antiguas, esta es una narrativa sin héroes. Sus protagonistas, por más encumbrados que se crean, son solo humanos. Fallidos, vacilantes, simples mortales acuciados por las mismas dudas y angustias que el común de la gente. Ninguno de ellos puede considerarse por encima de los demás. Ni siquiera el rey, en caso de que lo haya: el soberano tendrá la obligación de leer, al acostarse y al levantarse, “el libro de la Ley”, para que recuerde que él también está sometido a su rigor.

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Soy judía. No soy religiosa. Soy filósofa. Encuentro, en la Torá y los demás libros de la Biblia hebrea (Tanaj), un tesoro inagotable de enseñanzas. Entiendo la Biblia como un texto legal, un manual de política y una extraordinaria fuente para comprender la condición humana. Al igual que en la tragedia, en sus páginas hallamos todos los dilemas a los que la vida nos enfrenta. El amor, la muerte, los celos, el prójimo, la paternidad, la rivalidad entre hermanos, la ambición desmedida, el sufrimiento, la posibilidad de un mundo mejor…

Digo “texto legal”, porque la insistencia permanente de la Escritura es en la necesidad de observar la Ley como condición necesaria para la construcción de una vida justa y próspera. Aquí en la tierra y entre los hombres. Muchos, claro, consideran que la Torá es un texto religioso. Personalmente, creo que lo religioso es la lectura que algunos hacen. Una lectura religiosa es suponer que hay allí una verdad absoluta, que no se puede someter a cuestionamiento, interpretación o discusión. El sintagma “texto sagrado” que se le suele aplicar es elocuente y, a mi modo de ver, una forma de desactivar la potencia significante de lo escrito. Lo sagrado es objeto de devoción. Un escrito es objeto de lectura e interpretación.

Hace décadas me dedico a enseñar lectura filosófica de la Torá. Si esa obra se mantiene viva y vigente es porque en cada época puede volver a leerse con ojos nuevos, con mirada no dogmática, sabiendo que es un texto compuesto a lo largo de los siglos por hombres que intentan comprender lo que les sucede y aprender a descifrar sus experiencias, muchas veces desgraciadas y atemorizantes. La Torá no es un libro de historia (en el sentido documental o historiográfico, cuyos relatos pueden ser verificados meticulosamente) pero hace historia, en la medida en que funda una lengua, una tradición, una concepción antiimperial del mundo, una nueva manera de entender lo divino, lo humano y lo mundano.

Convertir la Torá en dogma es fosilizarla. Privarnos no solo de su genialidad literaria sino también de su riqueza ética, psicológica y social.

Sin embargo, la Torá no es un libro más, un texto común y corriente. Ocupa, en los albores de la cultura occidental, un lugar de excepción. Establece gran parte de los valores que consideramos fundamentales, aunque a veces no sepamos de dónde vienen. Solo basta con recordar que la figura que corona nuestro palacio de justicia, los Tribunales, es la representación de las Tablas de la Ley, los Diez Mandamientos que Moisés recibe en el Sinaí. Por otra parte, su lectura es el centro de un ritual comunitario que se mantiene a través de siglos y milenios, a lo largo y ancho del mundo. Todo niño judío accede a la mayoría de edad cuando puede leer los Rollos de la Torá por su propia cuenta. Se convierte así en bar-mitzvá, “hijo del precepto”.

La Torá ha sido la “patria móvil” de los judíos durante las larguísimas épocas en que estuvimos privados de suelo propio, expulsados y perseguidos, dispersados y exiliados.

Todos los judíos nos reconocemos hijos de ese texto, incluso si lo discutimos y le encontramos contradicciones e incoherencias. Desde el más devoto asistente a la sinagoga hasta el más rebelde de nosotros (Freud, Kafka y tantos más), despojado de toda fe “religiosa”, somos herederos de esa narrativa y esa legalidad.

Pero ese mismo carácter expansivo, multifacético y polifónico es lo que hace de la Torá un texto inapropiable. Nadie –y el Talmud, con su infinita gama de interpretaciones y debates lo pone a la vista–, por más sabio y poderoso que se crea, puede arrogarse la posesión de su letra, la propiedad de su enseñanza, el monopolio de su comprensión. Quien se atribuye semejante poder está negando, en el gesto mismo, su autoridad. Como Moisés al golpear la roca.

El colmo de lo absurdo es recitar frases bíblicas para respaldar o justificar acciones y doctrinas que contradicen sus más centrales enseñanzas. Por ejemplo, la justicia social, el más precioso valor que se pregona a lo largo de capítulos enteros, y cuya práctica es la médula de la novedad que este libro trae al mundo. “Amor al prójimo, justicia y caridad: esa es la lección fundamental”, dice Spinoza sobre este texto. El otro pilar consiste en la soberanía de la Ley, incuestionable, que debe ir de la mano de “jueces justos y probos”, inmunes al soborno, el favoritismo y la parcialidad.

Lo absurdo se vuelve abyecto y obsceno cuando, además del uso espurio y perverso de la Escritura, las citas bíblicas conviven en un discurso con expresiones escatológicas. Cuando el lenguaje de los profetas es mezclado con heces y cloacas. Cuando la boca del que habla está inundada de inmundicia, en una incontenible coprolalia, que ensucia toda palabra que de allí provenga. Más grave aún que el famoso tango de Discépolo, la degradación del lenguaje y de la comunicación humana se produce cuando se mezcla la Biblia con el inodoro.

En un pasaje de Levítico dedicado a las condiciones necesarias para permanecer en el campamento, se habla de una afección de la piel (habitualmente se la traduce por “lepra”). Quien esté afectado por tal condición –en hebreo se lo llama metzorá– debe alejarse del lugar ya que corre el riesgo de contagiar al resto del grupo. Permanecerá fuera hasta que las manchas de la piel hayan desaparecido. El nombre de esa enfermedad es interpretada por los sabios de la tradición como un acrónimo que significa: lo malo que sale de la boca. Maledicencia, calumnia, insultos, expresiones violentas y despectivas son la peor peste. Una epidemia que se propaga y contamina la vida en común. Un horror que, de extenderse y naturalizarse, se volverá incontrolable como un torrente de excrementos y producirá una patología social de consecuencias impredecibles. La economía puede, o no, “derramar” hacia la vida cotidiana del ciudadano de a pie. La violencia sin duda derrama e inunda.

Ignoro si las expresiones cloacales de nuestro gobernante se deben a un rasgo de carácter, un programa calculado o una patología neurológica o psiquiátrica. Lo que sí sé es que lo que sale de la boca de una persona –cualquiera, pero mucho más de una de alta investidura– tiene el poder de construir lazos o de destruirlos. Y que no solo afecta a aquellos directamente aludidos sino que, como en ese poema erróneamente atribuido a Brecht: “Primero vinieron por los periodistas, pero como yo no era periodista…”.

O, en la aguda advertencia de Freud, la violencia que empieza por las palabras sigue en los hechos y en los cuerpos.

La historia está llena de lamentables lecciones en ese sentido. Ojalá podamos aprenderlas a tiempo.

*Filósofa, escritora y docente.