GEOPOLÍTICA DE LA PROVOCACIÓN

Malvinas, la geopolítica del delirio y por qué Trump debería llamarse a silencio

El presidente de Estados Unidos intenta utilizar el reclamo soberano argentino en su guerra personal contra Europa. El riesgo de un efecto inverso, la sensatez del canciller y la trampa de subirse a bravuconadas ajenas.

Alberto Ruskolekier sobre la confrontación Estados Unidos-Irán: “Lo que vamos a ver es una presión económica” Foto: Cedoc Perfil

Hoy en día, nadie en el mundo toma en serio un comentario de Donald Trump. Nadie. Se trata, fundamentalmente, de una más de sus típicas bravuconadas contra sus verdaderos enemigos políticos: que no son los rusos ni los norcoreanos, sino los propios europeos y los canadienses.

En este afán por redibujar el mapa global según un criterio primitivo de "áreas de influencia", el magnate norteamericano ha decidido meterse con el tema de las Islas Malvinas. Se ha peleado absolutamente con todos: con españoles, franceses, alemanes, italianos y hasta con Giorgia Meloni. La única excepción a su tirria es Viktor Orbán, un dictador hecho y derecho que maneja Hungría a su antojo. En este contexto de aislamiento voluntario dentro del mundo occidental, para acorralar a los británicos por sus disputas sobre la OTAN, ahora pretende usar el reclamo argentino sobre Malvinas como garrote.

¿Cuánto interés real puede tener Trump en que el Reino Unido le devuelva las islas a la Argentina? Presumo que muy poco, por no decir cero.

La diplomacia del disparate

No es un tema aislado. Ha habido filtraciones de funcionarios del Pentágono, comentarios deslizados por fuentes estadounidenses y, finalmente, la respuesta del propio Trump ante una pregunta que parecía armada a la medida: "Siempre reviso todas las posiciones, y esta es una entre muchas", dijo, sugiriendo que estaría dispuesto a retirarle el apoyo de EE.UU. a la postura británica.

Hay que entender cómo funciona este personaje. Ya intentó meterse en Groenlandia argumentando que debía ser territorio norteamericano; ha sugerido que Canadá debería convertirse en el estado número 51 de la Unión —provocando de paso un repunte infernal en la reputación del primer ministro Carney por plantársele en frente—; e incluso ha publicado montajes cambiando a Canadá por Venezuela y declarando el Estrecho de Ormuz como propiedad estadounidense. Las posturas internacionales de Trump generan exactamente lo contrario de lo que postula. Si Trump nos quiere ayudar con Malvinas, la mejor contribución que puede hacer es callarse la boca.

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Si formalmente Estados Unidos le quitara el respaldo al Reino Unido bajo el paraguas de un exabrupto trumpista, no cambiaría nada a favor nuestro. Produciría el efecto inverso: profundizaría el atrincheramiento británico y le daría la oportunidad al nuevo primer ministro en Londres de emular a Margaret Thatcher, convirtiendo la causa del Atlántico Sur en una bandera de soberanía política local frente al matonismo de Washington. El favor que nos hace es nulo; lo único que logra es complicarnos la vida.

La postura del Canciller y los fuegos artificiales de la política local

Pese a que algunos portales y analistas locales intentaron vender estas declaraciones como un avance diplomático sensacional o como una "gran alianza" entre la Argentina y Estados Unidos, la reacción oficial fue llamativamente cauta. Y hay que destacarlo: quien estuvo muy razonable fue el canciller Quirno.

En una conversación reciente con Infobae, planteó una postura sumamente sensata al despegarse de los fuegos artificiales de Trump. Dijo que la Argentina no puede depender de nadie, que hay que "hacer los deberes" para que el reclamo legítimo sea, al menos, escuchado en el mundo, y que la solución no vendrá de bravuconadas externas. Le faltó decir que era mejor que el líder republicano se callara la boca, pero el concepto de fondo fue impecable: evitar subirse a un periplo delirante que solo nos perjudica.

(Emparentando la cuestión oficial: si me permite una sugerencia desinteresada y no pedida, señor Canciller, le pediría que revise su permanencia en el staff de 'La Derecha Diario'. Ser el Canciller de la Nación y tener su foto al lado de gente como Cerimedo —involucrado en causas gravísimas y maniobras opacas— no pega con la envergadura del cargo que representa).

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Mover la agenda con madurez

Lo importante, en definitiva, es no comprar la ilusión de que un líder internacional en plena deriva aislacionista va a resolver un litigio de siglos a fuerza de exabruptos en sus redes sociales. Mientras se ensayan gestos de distensión necesarios con Brasil y con el resto de la región, la Argentina debe sostener su reclamo histórico con seriedad, previsibilidad y un trabajo diplomático orgánico.

Si el objetivo de Trump es despedazar las relaciones del mundo occidental mientras se declara más amigo de Kim Jong-un que de sus vecinos fronterizos, que lo haga. Pero que nos deje afuera de sus guerras de utilería. Para ayudarnos con Malvinas, en este escenario, el mejor favor es el silencio.

 

MEG/fl