Mil días después: el futuro todavía no está escrito
A fines de diciembre de 2023 compartí con Jorge Fontevecchia un saludo que publicó, con mi autorización, en “Carta a la decepción”, el 7 de enero siguiente. Sostenía: “De esta crisis saldremos mejores”. Mil días después, mantengo esa convicción y una mirada trágica sobre el presente: abandonar un sendero sin futuro tenía costos. El dolor de esta transición no clausura mi confianza en el porvenir, aunque sabemos cuánto sufrimiento podría haberse evitado con otro liderazgo. Lamentablemente, no había otro “piloto” con credibilidad social para semejante desafío.
La Argentina debía atravesar una ruptura profunda con las herencias que la consumían. Un cuarto de siglo de frustraciones no podía resolverse prolongando sus mecanismos: estancamiento, inflación, corrupción, informalidad, burbujas de consumo y una pobreza administrada como paisaje permanente. El deterioro había desacreditado las promesas redistributivas y modernizadoras. El cambio de régimen político-económico era necesario antes de Milei, lo sigue siendo y seguramente lo será después.
Aquel editorial distinguía liderazgos integradores y disruptivos. La Argentina no está condenada al éxito, pero sí a recuperar al menos parte de lo perdido. Esa convicción compromete nuestra acción, aunque sin calendario ni garantías. Un liderazgo puede reunir capacidades, coordinar acciones y distribuir esfuerzos; otro puede multiplicar daños mientras remueve obstáculos. Ambos transforman: una condición necesaria, aunque insuficiente, para superar la crisis. Importa cómo se distribuyen los costos del cambio, qué se destruye y qué queda para construir.
El desenlace no está predeterminado ni puede deducirse de una doctrina. Surge de la interacción entre las condiciones heredadas, las decisiones colectivas, la innovación y el azar. Esa interacción abre distintas trayectorias: pasado y presente condicionan el futuro, pero no lo clausuran.
La crisis resulta perturbadora cuando pagan sus costos quienes nunca disfrutaron de la fiesta. Trabajadores precarios, jubilados, niños pobres, jóvenes emprendedores y familias endeudadas cargan con desórdenes que no provocaron. El líder insensible sobreactúa la terapia, confunde firmeza con crueldad y convierte su torpeza en doctrina. Una herencia insostenible no absuelve la imprudencia del tratamiento. Tampoco vuelve necesaria cada amputación. Había que ajustar, pero también preservar capacidades presentes y futuras.
Ordenar las cuentas y reducir la inflación son condiciones necesarias. Reconocer esos avances obliga a evaluar sus resultados sociales y su sostenibilidad. Un equilibrio fiscal puede ser pírrico si descapitaliza el futuro. Una inflación mucho menor sigue siendo insuficiente si convive con ingresos deteriorados, incertidumbre y escasas oportunidades laborales.
La economía está más segmentada. Los sectores agro-minero-industriales exportadores pueden atraer grandes capitales sin arrastrar al conjunto. Las inversiones intensivas en capital generan empleos, pero su alcance integrador depende de proveedores, tecnología y encadenamientos que requieren políticas deliberadas. Mientras tanto, retrocede el empleo asalariado registrado y crece la informalidad laboral. Entre la Argentina que acumula y la que sobrevive, la distancia amenaza con convertirse en destino.
La desigualdad excede las brechas de ingresos: separa a quienes aprovechan la crisis para ascender socialmente de quienes agotan sus recursos para resistirla, incluso endeudándose a sabiendas de no poder pagar. Cuando una familia vende activos y herramientas, interrumpe estudios o ve deteriorarse su salud, quedan cicatrices que ninguna recuperación del producto borra por sí sola.
La reducción de la pobreza monetaria merece reconocimiento y una lectura rigurosa. Salir estadísticamente de la pobreza no equivale a conquistar libertad económica. Si esa mejora depende de transferencias que compensan empleos insuficientes, la pobreza estructural se reproduce. La asistencia permite subsistir; el fracaso es necesitarla indefinidamente porque el sistema productivo no ofrece trabajo. Un país puede mejorar indicadores de ingresos y deteriorar las condiciones para sostener esa mejora.
A ello se suma la erosión del capital científico, técnico y productivo. Laboratorios desfinanciados, estudiantes e investigadores que abandonan sus carreras, empresas que cierran y pierden conocimientos acumulados, jóvenes sin trabajo y trabajadores experimentados despedidos: todo compromete posibilidades futuras. El balance contable del ajuste omite esa depreciación social, los oficios desperdiciados y los vínculos comunitarios debilitados. Reconstruir capacidades y trayectorias lleva mucho más tiempo que celebrar un superávit.
Las experiencias de desarrollo enseñan que la estabilidad fructifica con inversión, aprendizaje tecnológico, infraestructura e instituciones capaces de coordinar intereses en conflicto. La Argentina dispone de energía, minerales, alimentos, bioeconomía, conocimiento y capacidades industriales. Nuestra región ofrece complementariedades; el mundo, oportunidades y disputas que exigen inteligencia. Convertir esas ventajas en enclaves desconectados o subordinar los vínculos internacionales a afinidades ideológicas reduce nuestras posibilidades. Necesitamos multiplicar conexiones productivas, comerciales y científicas.
El nuevo progresismo deberá asumir esa complejidad. Tendrá que abandonar la indulgencia frente a la inflación, el corporativismo y un Estado que promete derechos sin asegurar capacidades para ejercerlos
Estos mil días siguen formando parte de una crisis histórica. La potencia destructiva del proceso excede su capacidad para organizar una sociedad mejor. Allí reside su agotamiento como horizonte de desarrollo, aunque conserve fuerza electoral y capacidad de mando. Confundir duración con futuro sería un error para el Gobierno y la oposición.
Sin embargo, lo nuevo germina en demandas que atraviesan identidades políticas: equilibrio fiscal con inversión social, empresas competitivas con trabajadores protegidos, apertura con desarrollo nacional, libertad con instituciones y responsabilidad pública. También en la innovación que permite sobrevivir a diversas empresas sociales. Esas búsquedas aparecen por izquierda y por derecha, en territorios, universidades, organizaciones y experiencias productivas. Siguen dispersas, mezcladas con viejas prácticas y sin representación suficiente. Contienen aprendizajes y potencialidades que nuestros sesgos ideológicos impiden ver.
El nuevo progresismo deberá asumir esa complejidad. Tendrá que abandonar la indulgencia frente a la inflación, el corporativismo y un Estado que promete derechos sin asegurar capacidades para ejercerlos. Deberá revisar también la idea de que mejorar la productividad y modernizarse es excluir. Necesita acuerdos para producir más y mejor, distribuir oportunidades, formalizar empleos y garantizar bienes públicos. Inversión, productividad e integración social deben incorporarse al diseño del crecimiento desde el comienzo.
Ese horizonte exige una coalición que reúna producción, trabajo y conocimiento con compromisos verificables. Necesita empresarios que inviertan, sindicatos que representen nuevas realidades laborales, dirigencias que aprendan y un Estado federal competente y coordinado. Debe escuchar a quienes votaron la ruptura porque ya no soportaban la continuidad. Hay una demanda de dignidad y autonomía que ningún proyecto transformador puede despreciar.
Sigo creyendo que saldremos mejores. La tragedia sería que tanta destrucción y decepción nos devolvieran a una versión empobrecida de lo conocido, por derecha o por izquierda. Confío en un sistema social que conserva capacidades para contradecir su decadencia. Lo nuevo está entre nosotros, aunque no sepamos reconocerlo ni podamos organizarlo. El futuro está abierto, necesita horizontes. En cualquier caso, evitar que los más vulnerables sean los que paguen la transición es una obligación moral.
*Investigador principal del Conicet, sociólogo (FCPyS-UNAM), magíster en Ciencias Políticas y Sociales y doctor en Ciencias Sociales.
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