Justicia y política

Una Argentina donde los fallos se contradicen y las prioridades parecen haberse extraviado

Mientras las causas de corrupción avanzan con una lentitud exasperante, la Justicia emite señales contradictorias, el Gobierno enfrenta amenazas institucionales y aparecen proyectos que reabren debates profundos sobre el rol del Estado.

Corte Suprema de Justicia Bonaerense Foto: Imagen Web

Hay una característica que define a la Argentina contemporánea: la dificultad para distinguir cuál es la prioridad. Todo parece importante, todo parece urgente y, al mismo tiempo, nada termina de resolverse. La política produce escándalos, la Justicia responde a destiempo y la sociedad asiste, una vez más, a un espectáculo donde las contradicciones parecen haberse naturalizado.

En las últimas horas volvió a quedar expuesto uno de los problemas más profundos del sistema judicial argentino. En una de las causas por presunta corrupción, tanto un imputado como su expareja solicitaron que determinados videos no sean admitidos como prueba. La defensa argumenta que el material tendría un origen ilegal y que incluso habría podido ser manipulado. Ese planteo será materia de discusión jurídica, pero resulta inevitable preguntarse por qué buena parte de las investigaciones vinculadas a hechos de corrupción terminan girando alrededor de cuestiones procesales mientras el fondo del asunto permanece sin respuesta durante años.

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No es un fenómeno nuevo. Las investigaciones avanzan a velocidades diferentes, se cruzan entre distintos juzgados y muchas veces pierden el impulso inicial. Algunas causas progresan con relativa rapidez, mientras otras parecen ingresar en un laberinto del que nunca salen. Esa demora permanente termina favoreciendo a quienes deberían rendir cuentas ante la Justicia y debilitando la confianza de una sociedad que hace tiempo dejó de creer en la igualdad ante la ley.

En ese contexto apareció otra imagen de una Justicia que parece hablar con dos voces. Por un lado, la Corte Suprema dejó firme el decomiso de bienes vinculado a la causa Vialidad y rechazó los recursos extraordinarios presentados por la defensa de Cristina Kirchner. La decisión consolida uno de los capítulos más importantes de una investigación que marcó la política argentina durante años y ratifica la obligación de ejecutar el decomiso patrimonial establecido en la sentencia.

Sin embargo, casi en simultáneo, la Justicia previsional intimó a la ANSES a restituir los pagos correspondientes a la pensión de privilegio de la expresidenta. Son procesos distintos, con fundamentos jurídicos diferentes, pero el impacto político resulta inevitable. Para buena parte de la sociedad, la imagen que queda es la de un Estado que, al mismo tiempo que procura recuperar recursos públicos mediante una condena judicial, también ordena restablecer beneficios económicos para la misma dirigente. Esa superposición de decisiones alimenta una sensación de desconcierto que la propia Justicia parece incapaz de disipar.

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Como si el escenario no fuera suficientemente complejo, también trascendieron amenazas y presuntos ataques informáticos dirigidos contra funcionarios nacionales. Si las investigaciones confirman esos hechos, no se tratará únicamente de delitos comunes, sino de un problema institucional que exige una respuesta firme. Ninguna democracia puede acostumbrarse a que la intimidación y el hackeo se conviertan en herramientas de presión política.

Y, mientras todo esto sucede, emerge un debate completamente distinto pero no menos trascendente: la posibilidad de habilitar el homeschooling mediante un proyecto impulsado por sectores cercanos al oficialismo. La discusión excede cualquier consigna ideológica. Obliga a preguntarse cuál debe ser el papel del Estado en la educación, hasta dónde llega la libertad de las familias y cómo se garantiza el derecho de los niños a recibir una formación de calidad. Es un debate legítimo, pero también uno que requiere seriedad, evidencia y consenso, no simples imitaciones de modelos extranjeros.

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La Argentina parece vivir atrapada en una sucesión interminable de controversias que se superponen unas con otras. Corrupción, fallos judiciales contradictorios, amenazas institucionales y reformas de enorme impacto conviven en una misma agenda sin que exista un horizonte claro. El problema no es únicamente la acumulación de conflictos; es la incapacidad del sistema para resolverlos con rapidez, transparencia y coherencia.

Quizás ese sea el dato más preocupante. Cuando las instituciones envían señales contradictorias, cuando la política convierte cada discusión en una batalla permanente y cuando la Justicia tarda más en explicar sus decisiones que en dictarlas, el principal perjudicado termina siendo el ciudadano. Porque la incertidumbre deja de ser una excepción y se transforma, lentamente, en la única certeza de la vida pública argentina.

 

CS/ff