11 de septiembre

Una caricia a mis maestros

El tiempo que parece enredarlo todo, a veces desenreda y aparece en un cajón la foto de un aula, los compañeros de escuela y “un niño que percibo familiar y también desconocido”, dice el autor. “Me legaron herramientas para erigir un orden en las cosas y asignar un sentido al mundo”, resume, recordando a sus maestros.

Escuela primaria de los años 70. Foto: Archivo General de la Nación

Abro el cajón y las encuentro allí, casi al fondo, bajo un enredo de monedas y arcaicos cospeles de subte. El tiempo las ha decolorado pero me reconozco en ellas, cada una en compañía de una maestra diferente, un tanto desvaídos en el desbande de manchas brumosas. Son cuatro fotos pálidas, de vértices vencidos, cuyos dorsos revelan registros en lápiz de años contiguos.

La discontinuidad de la secuencia acentúa el prodigio de mi transformación. En esas láminas el devenir ha quedado apresado, sometido a los límites de una jaula de emulsión y papel. Parecen vestigios de recuerdo, testimonios impasibles de un viaje abortado. Mis ojos tantean los rasgos congelados, ansiando recobrar algún soplo efímero y expandir el espacio por fuera del encuadre.

Me inquieta sobre todo mi imagen más remota, sonriendo con valija y guardapolvo, tomado del hombro por la señorita Bea. A ese niño lo percibo familiar y también desconocido. Observo sus manos, me detengo en su piel sin arrugas ni cicatrices, en su mirada con preguntas y sueños antiguos.

No logro esquivar el lugar común de la tiza, el semillero, la paciencia, la misión divina, la vocación de servicio"

En esas cavilaciones estoy, indagándolo, cuando quiero creer que las piezas encajan de nuevo, como las de un longevo rompecabezas que conserva sus bordes intactos. Se ha iniciado un secreto rito de rescate: la foto deja de ser una traza del pasado y todo vuelve a discurrir. Ya presiento el olor de la ropa, la textura de la tela apelmazada por el almidón, y hasta una brisa perfumada que parece provenir de unos árboles cuya cercanía intuyo.

El sortilegio avanza indeleble y libera la puerta de la jaula. El niño-ave y su maestra emergen rebatiendo toda lógica, despojados del tiempo y de la decadencia. Es entonces cuando, despuntado el vuelo, el rostro de Bea se fragmenta en incontables caras, las de quienes alguna vez me enseñaron. 

Sus huellas se evidencian más allá de las cuentas, los dictados y los mapas; he tenido la certidumbre de su acompañamiento y su respaldo"

Me desvivo por hablarles a todos, con voces y gestos que antes no hubiese podido imaginar. Pero no logro esquivar el lugar común de la tiza, el semillero, la paciencia, la misión divina, la vocación de servicio. Quiero librarme del enunciado glamoroso -y equívoco-  del sacrificio heroico y el sacerdocio.

Les digo, con frágil titubeo, que sus presencias se traslucen en mi autonomía y en mi tenaz curiosidad. Que sus huellas se evidencian más allá de las cuentas, los dictados y los mapas. Que he tenido la certidumbre de su acompañamiento y su respaldo. Que me legaron herramientas para erigir un orden en las cosas y asignar un sentido al mundo. Que avivaron mis preguntas –ocasionalmente, con experimentos modestos - y me enseñaron a no contentarme con lo evidente. Que me indujeron la fascinación ante la naturaleza. Que me legaron conductas y principios no emanados de planteos teóricos, sino de la solidaridad y hasta de actitudes insospechadas. Que su impacto me fue revelado mucho después, cuando miré hacia atrás y reconocí su herencia. Y que todo eso, y más, lo edificaron con la voluntad secreta de volverse prescindibles. 

Me esfuerzo para no perder de vista a los espectros que remontan vuelo, pero acaban desapareciendo en uno de los pliegues del día. Tal vez como una última señal de la consumación, la vieja prisión adopta la levedad de una cáscara de niebla.

A la excarcelación le sigue cierto regocijo, una serena satisfacción que, sin embargo, no consigo retener. Es que desatar aquel pasado inmóvil en nada se ha semejado a un reencuentro. El contacto ha sido engañoso, no más que una ilusión durante una quebradura del tiempo. 

Ahora sé que la caricia no ha llegado, que la entrañable ofrenda a mis maestros y a su oficio de sembrar miradas no ha conseguido superar las estrecheces de un destello. 

Busco las fotos, y siguen donde las dejé. La realidad recupera sus contornos, los aromas y los relojes son los de siempre, y las tersas imágenes vuelven a acomodarse, todavía tibias, en un recodo de la memoria.

*Docente y capacitador de Física y CN; lector crítico en Diniece/Min.de Educación; consultor para NAP (FLACSO / UNESCO / FOPIIE); coordinador en Plan Social Educativo, Educ.ar y Adultos 2000