Jonathan Taplin:“La revolución de la IA podría derivar en una revuelta social o en un colapso”
Jonathan Taplin –exmánager de Bob Dylan, productor de Martin Scorsese y académico de la Universidad del Sur de California– advierte que la revolución de la inteligencia artificial abre dos caminos peligrosos: una revuelta social provocada por millones de desempleados o un colapso financiero comparable con el de 2008. En su diagnóstico, Zuckerberg, Musk, Peter Thiel y Marc Andreessen conforman una plutocracia tecnológica sin precedentes, capaz de concentrar al mismo tiempo poder económico, político y cultural, mientras redefine las reglas del trabajo, la información y la vida pública.
Jonathan Taplin es un intelectual de trayectoria múltiple que transita el arte, las industrias mediáticas y la banca. Desde ese cruce, observa con profunda preocupación el futuro de la sociedad frente a la llamada “revolución de la inteligencia artificial” y advierte que las élites de Silicon Valley están acelerando los peores escenarios posibles.
Su recorrido incluye haber sido mánager de giras de Bob Dylan, productor de la emblemática Mean Streets de Martin Scorsese, ejecutivo de medios en Merrill Lynch y profesor en la Universidad del Sur de California (USC). Desde esa perspectiva, Taplin traza paralelismos inquietantes entre los días revolucionarios de los años 60 y 70 y la actualidad: alerta sobre una juventud cada vez más alienada, endeudada y sobrecalificada que podría rebelarse si el rumbo no cambia. Para él, la cúpula de Silicon Valley es la gran responsable de propagar el escenario apocalíptico en el que las máquinas desplazarán nuestros trabajos y nuestras vidas, al que se suma el riesgo permanente de un colapso financiero alimentado por el enorme hype especulativo que infla las acciones de las empresas de IA. Mark Zuckerberg, Elon Musk, Peter Thiel y Marc Andreessen son, a su juicio, los cuatro jinetes de este apocalipsis tecnológico en desarrollo. Y Taplin está aquí para advertírnoslo.
—Hace unos 15 años, los referentes de Silicon Valley eran vistos como genios algo extravagantes que disrumpían la economía, generaban riqueza y operaban, en líneas generales, como una fuerza benévola. Hoy, esas corporaciones son percibidas como invasoras de la privacidad, y sus fundadores se asemejan a supervillanos maquiavélicos. ¿Qué cambió?
—Yo iría incluso más atrás. Si pensamos en los orígenes de internet, con figuras como Stewart Brand o Steve Jobs, el espíritu era sumamente idealista, casi hippie: un colectivo de personas convencido de que, por fin, se podría democratizar la cultura. En aquel entonces, en Estados Unidos solo existían tres grandes cadenas de televisión, lo que implicaba un control monopólico de los medios. La promesa era que internet cambiaría todo eso: cualquiera tendría un micrófono. Lo que no previmos fue que las autoridades políticas decidirían no regular internet del mismo modo que los medios tradicionales; no le permitieron a la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) intervenir. Así, al amparo del “efecto red” –donde cuantos más usuarios tiene una plataforma, menos incentivos hay para migrar a otra–, la lógica clásica del monopolio comenzó a consolidarse.
Muy rápido, Facebook y Google se volvieron dominantes. La pauta publicitaria empezó a volcarse masivamente hacia ellos porque vendieron una narrativa infalible: “No solo podemos llegar a todos esos jóvenes que toman las decisiones de consumo, sino que podemos hacerlo de forma hiperespecífica según sus gustos, porque nos van dejando sus huellas digitales. Podemos dirigir la publicidad exclusivamente a quien va a comprar tu producto, volviéndola mucho más eficiente”. Toda la publicidad que durante años financió a la televisión migró a las plataformas digitales. Hoy, Google es una de las empresas con mayor capitalización de mercado en Estados Unidos.
Peter Thiel lo definió con lucidez: “Si querés construir una empresa exitosa en la era de las redes, tiene que ser un monopolio. Y a la gente no le gustan los monopolios”. Luego ocurrieron otras dos cosas. Durante la guerra de Irak, la administración de George W. Bush y Dick Cheney, presa de la paranoia de que los yihadistas usaban la red para infiltrarse en EE.UU., convenció a Google y a Facebook de abrirle una “puerta trasera” a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) para espiar a los ciudadanos. Eso fue lo que terminó revelando Edward Snowden, quien tuvo que exiliarse en Rusia para escapar de la CIA. Ahora nos encontramos ante un fenómeno distinto: el auge de la IA.
—¿En qué sentido la IA profundiza ese escenario?
—Como señaló Dario Amodei, CEO de Anthropic –quien se negó a autorizar al Departamento de Defensa norteamericano a usar el modelo Claude para tareas de vigilancia–, hoy es imposible tener privacidad en el espacio público. Estas hermosas plazas de Buenos Aires, por ejemplo, están repletas de cámaras de seguridad. En el pasado, era humanamente imposible procesar millones de horas de filmación para localizar a alguien. Con la IA, basta con ordenar: “Acá hay un rostro; buscalo en las 150 mil horas de grabación de los últimos dos días”. Y no solo rastrea imágenes, también palabras, porque esas cámaras vienen con micrófonos integrados. La IA cambia radicalmente la naturaleza de la vigilancia masiva. Por eso Amodei advirtió que esto es peligroso. En EE.UU. tenemos la Cuarta Enmienda, que protege contra los registros arbitrarios; esto es, en esencia, una forma de requisarte sin que te enteres.
La otra objeción de Amodei apuntaba al uso de la IA en armas autónomas: sistemas donde la máquina decide apretar el gatillo sin intervención humana. Hay indicios de que la muerte de esos 206 niños en una escuela en Irán no fue resultado de un operador humano que evaluó el objetivo y decidió atacar, sino de un blanco preasignado por un algoritmo de IA que guió al misil de forma completamente automatizada. Estamos en un punto crítico, y por eso las cuatro o cinco personas que controlan las grandes tecnológicas son vistas hoy como figuras peligrosas. Sé que aquí, en Argentina, tanto Elon Musk como Peter Thiel han sido muy bien recibidos por su presidente, quien quizá también tenga interés en utilizar sus herramientas de vigilancia.
—Durante los últimos 15 años, Silicon Valley adoptó un discurso de valores progresistas e incluso financió a Obama. Hoy, sin embargo, viró hacia el apoyo a Trump y las banderas conservadoras. ¿A qué se debe ese giro cultural?
—No nos engañemos pensando que estos muchachos alguna vez tuvieron principios sólidos. Desde el inicio compartieron una matriz profundamente libertaria, formados en la doctrina de Ayn Rand, que postula que no hay fin más elevado en la vida que acumular la mayor cantidad de dinero posible. Si ese es tu principio rector, te vas a mover según los vientos políticos de turno y vas a buscar la cercanía con el poder para blindar tus negocios. Si Trump decidiera regular la IA por los riesgos sistémicos que conlleva, el escenario cambiaría por completo. Históricamente impulsaron el laissez-faire y la desregulación; esa fue la línea de Marc Andreessen, Peter Thiel, Elon Musk y Mark Zuckerberg. En mi libro The End of Reality explico que el trasfondo de todo esto es su convicción de que ellos deberían controlar la política. No siempre fue así. Steve Jobs era un hombre de perfil muy liberal que ni siquiera quería pisar Washington; Apple no tenía lobbistas en el Capitolio. Hoy se mueven por puro pragmatismo materialista. Todos asistieron a la asunción de Trump. Elon Musk aportó 300 millones de dólares a su campaña, una cifra que supera los fondos del propio Comité Nacional Republicano. Apuestan a ambos extremos y siempre ganan. Ya lo estamos viendo: estamos en un conflicto indirecto con Irán, y quienes reciben contratos multimillonarios del Departamento de Defensa son Peter Thiel, Marc Andreessen y Elon Musk, encargados de fabricar los nuevos drones para contrarrestar los dispositivos iraníes, dado que gastábamos misiles de cinco millones de dólares para derribar drones que cuestan apenas 25.000.
—En otras épocas, la mirada pública y la fascinación estaban puestas en Wall Street y en los banqueros que movían los hilos del poder. Hoy ese lugar lo ocupan los oligarcas tecnológicos. ¿Cuánto tuvo que ver la crisis financiera global de 2008 en el ascenso de esta nueva élite?
—El año 2008 demostró que el modelo neoliberal de desregulación absoluta había fracasado estrepitosamente. Los bancos presionaron hasta derogar la Ley Glass-Steagall para poder fusionar la banca comercial con la de inversión, y cuando la burbuja estalló, exigieron rescates estatales titánicos. Citigroup necesitó 400.000 millones de dólares del erario para no quebrar. En ese momento perdieron toda credibilidad. Muchos sostenemos que el gran error de Obama fue no haber penalizado a ningún banquero; nadie fue a la cárcel por semejante descalabro.
Eso explica por qué tanta gente terminó votando a Donald Trump en 2016, movida por la indignación de ver que los de adentro se salvaron mientras ellos perdían sus hogares. Trump capitalizó ese resentimiento populista con maestría, explotando un error histórico de los demócratas. Durante la era de Bill Clinton, el Partido Demócrata tuvo que volcarse a Wall Street en busca de financiamiento porque Ronald Reagan había destruido los sindicatos. Con el tiempo, migró hacia Silicon Valley. Figuras como Mark Zuckerberg financiaron generosamente a Obama, pero todo cambió cuando asumió Joe Biden con una agenda fuertemente regulatoria: su administración demandó a Google, demandó a Amazon y reactivó las políticas antimonopolio. Eso enfureció a los magnates tecnológicos, quienes rompieron con los demócratas y se alinearon en masa con el Partido Republicano.
—Antes de esa crisis, Silicon Valley pretendía mantenerse al margen de la política partidaria, pero la realidad los empujó al centro de la escena. El escándalo de Cambridge Analytica pareció marcar un punto de inflexión, revelando la verdadera fisonomía de Facebook y del propio Zuckerberg como un nuevo “supervillano”.
—El episodio de Cambridge Analytica fue un hito de gravedad extrema. Demostró que era posible identificar y moldear la conducta de los votantes indecisos simplemente escaneando su historial de Facebook. Creo que, incluso hoy, no dimensionamos la historia completa de lo que ocurrió allí. Zuckerberg comenzó siendo percibido como el prototipo del nerd brillante de clase media que llegó a Harvard y les ganó la pulseada a los chicos ricos para convertirse en multimillonario. Esa narrativa quedó cristalizada en The Social Network (2010). Pero luego llegaron sus comparecencias ante el Congreso norteamericano, donde el público pudo ver de cerca la faceta más opaca de ese “genio”. Hoy lo vemos usando cadenas de oro y frecuentando DJs famosos, pero la realidad es que controla los canales de comunicación de una porción gigantesca del planeta.
Por un lado, ostenta el modelo de negocios más brillante del mundo: no tiene costos de manufactura, porque el contenido lo generan los propios usuarios, y carece de costos de distribución, porque la gente paga su propio acceso a internet para usar su plataforma. Eso le permite un margen bruto del 78%. ¿Qué otra industria tiene semejante rentabilidad? Su modelo se basa en usufructuar contenido ajeno sin pagar un centavo por él. Internet goza de una dispensa legal única otorgada en la era de Clinton: la Sección 230, que establece que no se puede demandar a plataformas como Facebook, X o Google por los contenidos que publican terceros.
En lo personal, creo que Zuckerberg se ubica en algún punto de ese espectro. Hablamos de individuos con severas dificultades para entablar relaciones sociales que, paradójicamente, manejan las redes sociales que gobiernan los vínculos comunitarios del mundo. Es una tipología muy propia del entorno tecnológico: personas que prefieren interactuar con una máquina antes que mirar a alguien a los ojos. Eso fomenta una cosmovisión profundamente antihumanista y tecnodeterminista, convencida de que el mundo debe ser regido por algoritmos. Cuando Musk vaticina que “en diez años los robots y la IA harán todo el trabajo, y el ser humano trabajará solo si quiere, como quien cultiva su propia huerta”, plantea un escenario sumamente problemático. Epicuro señalaba que para alcanzar una buena vida solo se necesitan tres cosas: la compañía de buenos amigos, un trabajo que brinde autonomía y la creencia en algo superior a uno mismo. No creo que Zuckerberg comulgue con ninguna de ellas. Tendrá empleados que actúan como amigos, pero difícilmente busque otorgar autonomía laboral a las personas, cuando su meta es reemplazar el trabajo humano por máquinas. Y dudo mucho que tenga una noción de trascendencia que vaya más allá del lucro económico.
—Elon Musk también completó esa metamorfosis de genio extravagante a villano, pero en su caso pareció una decisión deliberada de irrumpir en la arena política y abanderarse en la batalla cultural de la extrema derecha.
—La evolución de Musk es desconcertante. Goza de una pátina de genio absoluto, pero seamos rigurosos: él no inventó Tesla, la compró y desplazó a su verdadero creador. Tampoco diseñó un cohete espacial; lo que hizo fue contratar a los ingenieros aeroespaciales más brillantes del mercado. El valor de sus corporaciones se sostiene más en el hype publicitario que en realidades tangibles. ¿Por qué Tesla cotiza a un múltiplo bursátil exponencialmente mayor que Toyota, cuando esta última vende diez veces más automóviles? Esa distorsión se explica únicamente por la figura y la narrativa de Elon Musk. Estoy convencido de que adquirió X con el único propósito de tener una plataforma de propaganda masiva para sus propios productos, respaldado por una legión de fanáticos que sostienen el valor de sus acciones.
Su última promesa es reconvertir Tesla en una compañía de robotaxis y robots autónomos, pero nada de eso existe hoy en la realidad; son meras proyecciones. Ocurre lo mismo con su quimera de colonizar Marte. Es un sinsentido: no hay ningún motivo científico ni práctico para ir allí, es un páramo estéril. Los vehículos exploradores que enviamos no hallaron rastro alguno de vida. La única explicación lógica para insistir con ese proyecto es que una eventual gestión de Trump le asigne un presupuesto de veinte billones de dólares para financiarlo. Como Musk se asegura un margen neto de ganancia del 30% en cada uno de sus desarrollos, estaríamos hablando de miles de millones que irían directo a sus arcas personales.
—Marc Andreessen es otra figura central en este entramado. Su manifiesto tecnoptimista postula que cualquier regulación equivale a un freno al progreso.
—Andreessen está convencido de que cualquiera que pretenda regular el avance de la IA es un comunista que merece la cárcel. Sostiene la premisa mesiánica de que no existe problema humano que la tecnología no pueda resolver. Ahora bien, ¿está usando la tecnología para revertir el cambio climático? No. ¿Para mitigar la desigualdad estructural? Tampoco. Y lo que resulta aún más alarmante: ni siquiera contempla los efectos de que su propia tecnología desplace a treinta millones de trabajadores en EE.UU. Desestima esa posibilidad argumentando que el mercado destruirá puestos de trabajo, pero creará empleos nuevos que hoy ni siquiera podemos imaginar.
Para mí, la revolución de la IA plantea un escenario estrictamente binario. Si los pronósticos optimistas se cumplen y en una década el 50% de los trabajadores de cuello blanco pierde su empleo, se abren dos caminos. El primero es que el Estado intervenga mediante un esquema de Ingreso Básico Universal –una suerte de subsidio estatal, como el que menciona Musk– para que la población se quede en sus hogares jugando videojuegos. No es, precisamente, mi ideal de sociedad. Pero si el Estado decidiera no intervenir –y no hay razones para suponer que mandatarios como Milei o Trump adopten políticas de corte asistencialista–, el escenario inevitable es la revuelta social. Si tenés treinta millones de personas desplazadas protestando en las calles, muchas de ellas con alto nivel educativo, pero fuertemente endeudadas por sus créditos universitarios, la conflictividad va a ser extrema. Tengo los años suficientes para recordar el último ciclo revolucionario en EE.UU., entre 1968 y 1969. ¿Quiénes lideraban las protestas? Estudiantes universitarios desencantados y profundamente alienados del sistema.
El otro extremo de este escenario binario es que la IA no resulte el salto de productividad que sus promotores prometen. Si las corporaciones que invirtieron fortunas en estas tecnologías constatan que no obtienen un retorno real, van a dejar de comprarlas. Los cien mil millones de dólares que las firmas de IA están desembolsando este año solo para construir centros de datos podrían pasar a la historia como una de las peores inversiones jamás realizadas. Si el mercado advierte que se sobredimensionó una infraestructura que nadie necesita, el desenlace será un crac financiero similar al de 2008: las acciones de estas compañías se desplomarán, los créditos bancarios otorgados para esas obras entrarán en cesación de pagos y el capital privado se evaporará. Es un panorama sombrío. Analistas como Ray Dalio advierten que ingresamos en un período prerrevolucionario donde es imposible predecir cómo se reconfigurará el tablero geopolítico en los próximos cinco años.
—A lo largo de la historia han existido diversas élites en las cúspides del poder, pero la actual concentración de riqueza sumada al poder disruptivo de la tecnología parece no tener precedentes.
—En la historia estadounidense tuvimos la llamada Gilded Age –la Edad Dorada– a finales del siglo XIX, donde un puñado de magnates como J.P. Morgan o John D. Rockefeller monopolizaban la estructura económica. Sin embargo, carecían del poder político absoluto. Creyeron haber comprado a un presidente, William McKinley, pero tras su asesinato asumió el vicepresidente Teddy Roosevelt, a quien la propia oligarquía tildó de “traidor a su clase”. Roosevelt utilizó los resortes del Estado para aplicar las leyes antimonopolio y desmantelar corporaciones colosales como la Standard Oil o el grupo Northern Securities. La gran diferencia hoy es que la plutocracia ostenta, simultáneamente, el poder económico, el poder político y el control cultural. Si soy Elon Musk y juego en el equipo de Trump, sé que nadie va a tocar mis estructuras comerciales. Esa amalgama es inédita en la historia de Occidente. Pensemos en el control de los medios: Trump impulsó a Larry Ellison a adquirir cadenas informativas y redes como TikTok. Si sumamos a Rupert Murdoch en Fox y a Musk en X, casi el 60% de los órganos de difusión masiva opera prácticamente como aparato de propaganda estatal. Nunca un proyecto político había articulado semejante nivel de control sobre la subjetividad pública.
—El periodismo clásico tenía justamente la función de construir esa subjetividad desde el rigor profesional y el método crítico. La disrupción tecnológica desfinanció a las empresas periodísticas y pulverizó la calidad informativa, mientras que los liderazgos populistas prescinden de la mediación de la prensa para hablarles directo a sus bases. ¿Hay margen para una recuperación del oficio?
—En Estados Unidos subsiste el caso paradigmático del New York Times, que logra sostener una línea editorial amplia, con firmas tanto de derecha como de izquierda, y consolidó un modelo digital robusto que supera los 12 millones de abonados, manteniendo en paralelo su edición impresa. Diversificaron sus ingresos con verticales de servicios, juegos y gastronomía, lo que les permite ser una empresa rentable que resguarda el rigor informativo sin sesgar la noticia. El problema es que es casi una excepción en el mapa actual. El Washington Post atraviesa una crisis severa y Los Angeles Times está prácticamente desarticulado. The Wall Street Journal juega en otra categoría, porque se dirige a un nicho corporativo. El caso del Times demuestra que sigue existiendo demanda y mercado para el periodismo de alta calidad si se ofrece un producto multiplataforma de excelencia. La contracara es el rol de las redes sociales en la circulación de la información, que resulta nocivo: es la institucionalización de la indignación. El algoritmo de Facebook amplifica sistemáticamente el contenido que genera crispación, porque es lo que tracciona en la economía de la atención. El diseño está configurado para que lo viral sea, por lo general, lo más banal o lo más violento. Me preocupa profundamente el retroceso en los hábitos de lectura de las nuevas generaciones. El consumo informativo de los jóvenes está monopolizado por TikTok, una plataforma donde es inviable articular un pensamiento crítico o un debate de fondo.
—¿Las redes sociales y el avance de la IA están induciendo una suerte de pasividad política y cognitiva en la juventud?
—Es un temor real. Recientemente me retiré de la docencia en la Universidad del Sur de California, pero colegas que siguen en actividad me comentan que el uso de ChatGPT para redactar trabajos y ensayos es generalizado. Si la respuesta de un estudiante ante un desafío académico es delegar la escritura en un algoritmo, cabe preguntarse: ¿qué tipo de aprendizaje se está consolidando? ¿No es esa misma apatía cognitiva la que luego se traslada a la militancia y al compromiso ciudadano? En la literatura distópica del siglo XX, la visión de Aldous Huxley en Un mundo feliz difería de la de George Orwell en 1984. Orwell imaginaba un Estado totalitario basado en el terror, la bota militar y el espionaje opresivo. Huxley, en cambio, conjeturó un sistema que dominaba a la población a base de fármacos y entretenimientos tecnológicamente perfectos para adormecer cualquier atisbo de disidencia. Al final, la hipótesis de Huxley parece revelarse mucho más certera que la de Orwell.
—Este diagnóstico suele centrarse en el ecosistema occidental, pero China se consolidó como un jugador global determinante en esta carrera, con desarrollos de IA propios como DeepSeek, capacidad de financiamiento y una masa crítica de ingenieros. El régimen de Beijing combina el capitalismo de Estado con un control social absoluto de la información, configurando una suerte de síntesis entre Orwell y Huxley.
—Hoy, el futuro se está diseñando en China. Si analizamos la vanguardia en energía solar, eólica, movilidad eléctrica o reactores nucleares modulares, todo el desarrollo de punta ocurre allí. Mientras tanto, en Estados Unidos, por los condicionamientos ideológicos de ciertos sectores contra la agenda verde, parecemos haber abdicado de esa carrera. El barril de crudo vuelve a trepar en los mercados internacionales, lo que acelera la urgencia global por energías alternativas, y es China quien monopoliza el 80% de la producción de paneles solares del planeta. Decidimos automarginarnos de esa transición productiva de una manera que no tiene ningún sentido. No pretendo con esto validar los mecanismos de censura e intrusión digital que el gobierno chino ejerce sobre su población, pero es innegable que Beijing planifica su estrategia con una mirada de largo plazo. En lo que respecta a la IA y al caso de DeepSeek, China tiene la capacidad de dinamitar las bases económicas del negocio occidental. Si deciden volcar al mercado un modelo alternativo un 50% más barato que las suscripciones de ChatGPT, quebrarían el esquema de monetización de Silicon Valley de la noche a la mañana. La carrera de la IA va camino a convertirse en un mercado de commodities, similar a la disputa entre Coca-Cola y Pepsi: ningún modelo va a ser sustancialmente superior al de su competidor directo. Va a ser un negocio de márgenes estrechos, lo que podría pulverizar las inversiones de cientos de miles de millones de dólares que Wall Street está inyectando hoy a ciegas en el sector tecnológico.
Producción: Sol Bacigalupo.
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