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Alejandro de la Fuente: “Cuba termina siendo exactamente lo que no quiso ser en la Revolución de los 60”

El historiador nacido en Cuba y director del Programa de Cuba en el Centro Rockefeller de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard es una de las voces más agudas para pensar la crisis de ese país. Sostiene que la isla atraviesa no solo un colapso económico, sino, además, una crisis de nación. En esta entrevista analiza cómo la Revolución terminó reproduciendo dependencias que buscaba superar, por qué el modelo cubano agotó sus reservas de legitimidad, el papel del éxodo masivo y la fractura generacional, las oportunidades perdidas con Barack Obama, el uso del conflicto con Estados Unidos como fuente de legitimación y los dilemas de una eventual transición democrática capaz de reconstruir el Estado social cubano.

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CUBA EN PERSPECTIVA HISTÓRICA. “En los 70, la dirección del proceso revolucionario cubano deja de buscar y de imaginar soluciones novedosas para afiliarse con un modelo soviético de dirección y planificación de la economía”. | afp

—La Revolución Cubana del 59, que fue un acontecimiento político, probablemente, el más disruptivo de América Latina del siglo XX y que fue liderado por abogados de clase media, no obreros ni campesinos, que triunfó en un país que no era el más pobre ni el más desigual de América Latina, y sin embargo, produjo el experimento socialista más duradero del hemisferio occidental. Me gustaría que primero nos introdujera en esta paradoja de lo que sucedió en Cuba en el año 1959.

—Es un proceso que los contemporáneos mismos encontraron muy difícil de explicar cuando fueron testigos de lo que estaba pasando en Cuba. Me gusta mucho una cita de un observador americano, que en los años 50, cuando le preguntaron lo que estaba pasando en Cuba, respondió: “Esta revolución nace del corazón, no nace del estómago”. Cuba era un país que no era pobre, era un país con unos indicadores de bienestar social realmente altos dentro del contexto de América Latina. Y la generación, el grupo de gente más bien joven que lidera ese movimiento, lo hace con un ansia democrática que era un ansia frustrada después del experimento constitucional de los años 40. Y es por ahí que hay que entender el proceso revolucionario cubano, aunque hay también indicadores de desigualdad e indicadores estructurales que pueden ayudar a explicar ese proceso.

“En la Cuba de principios de los 90 quedaban reservas de legitimidad que ya no existen hoy.”

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—Usted señaló que el castrismo de 1971 no es el castrismo de 1978. ¿Cuáles fueron los momentos de inflexión en los que la Revolución cambió de naturaleza y se fue alejando de lo que originalmente la potenció?

—Si tuviera que establecer una temporalidad de ese cambio, creo que lo ubicaría probablemente hacia fines de los 60, y más precisamente en el año 1970, cuando la dirección del proceso revolucionario cubano deja de experimentar, de buscar, de imaginar, soluciones novedosas para afiliarse claramente con un modelo soviético de dirección y planificación de la economía. Quizás el gran fracaso de la zafra azucarera de 1970, que se proponía producir diez millones de toneladas de azúcar y que nunca llega, es la expresión más clara de eso. Pero ese momento, además, está caracterizado por una vuelta a una ortodoxia feroz, a una tremenda estrechez intelectual. Eso da paso a lo que algunos intelectuales cubanos han descrito como el quinquenio gris, en el que se pasa de la exuberancia revolucionaria y juvenil de los años 60 a una ortodoxia soviética de corte estalinista en los años 70. Una expresión cultural bastante clara de eso es el proceso nefasto y muy triste del poeta Heberto Padilla y su famoso mea culpa pública, un proceso estalinista por excelencia, que muestra de alguna manera el fin del período más romántico del proceso revolucionario. La ruptura con una buena parte, además de la intelectualidad latinoamericana progresista, que se aleja en ese momento del proyecto revolucionario cubano, que en realidad deja de ser revolucionario para convertirse en otra cosa.

—El período especial de los 90 y la crisis actual comparten la variable del colapso energético y también la escasez. Si tuviéramos que establecer una diferencia conceptual entre ambos momentos, podríamos decir que el período especial se trató de una crisis del modelo económico, mientras que hoy estamos frente a una crisis, no sé si llamarlo así, de la sociedad misma.

—Lo que hace especial el llamado período especial es que ni es tan especial ni es tan período. Es el hecho de que, en el contexto de las décadas anteriores, es un momento de inflexión por la caída de la Unión Soviética. Todo el modelo que se había construido justamente a partir de los 70, de una dependencia clara, pero predecible de los subsidios soviéticos, colapsa a principios de los 90. No hay nada de especial del colapso de hoy, porque de alguna manera, el colapso de hoy ya es conocido, precisamente por la existencia del período especial. Pero quizás todavía en la Cuba de principios de los 90 quedaban reservas de legitimidad que ya no existen hoy. En los 90 todavía existía el liderazgo histórico de la Revolución, ese liderazgo ya no existe después de la muerte de Fidel Castro. Y el colapso de hoy ya no es solo un colapso económico, es un colapso que abarca muchos sectores de la vida nacional. Es difícil pensar en un sector que no está tocado por ese colapso. En ese sentido, lo que estamos viviendo hoy es bastante diferente al llamado período especial de los 90.

—Desde 2021, hace cinco años, uno de cada cinco cubanos abandonó la isla. La historia de la diáspora cubana, la del 59, la del Mariel, la de los balseros, la del 94, muestra que cada oleada migratoria terminó siendo parte constitutiva de la identidad y la política cubana. ¿Es esta diáspora cualitativamente distinta a las anteriores o responde a la misma lógica histórica de una sociedad que resuelve su crisis exportando población?

—Hay un elemento de continuidad que está incluido en la pregunta si cada crisis genera nuevas oleadas de migrantes. Pero creo que hay algo cualitativamente muy diferente en esta ocasión. En ocasiones anteriores, la gente huía a partir en muchos casos de discrepancias políticas con un sistema político cerrado, en el que había muy poco espacio al disenso, muy poco espacio a la crítica, muy poco espacio a formas de vida alternativas que pudieran encajar dentro de la nación. Hoy en día asistimos a una estampida. Lo que ha ocurrido en Cuba en los últimos cuatro o cinco años es una estampida de gente joven que sale despavorida de ese país en busca de oportunidades de vida en el sentido más básico de la palabra. Ya no estamos necesariamente hablando de discrepancias con ciertos aspectos de la vida del país. Ahora estamos hablando simplemente de la posibilidad de sobrevivir, algo que se ha vuelto muy difícil en Cuba. Aunque hay continuidades que pueden ubicar a este éxodo más reciente en una temporalidad mayor, creo que también ese éxodo tiene especificidades muy claras. Y además estamos hablando de gente joven que sale del país, mujeres en edad reproductiva que a su vez hacen de la sociedad cubana o de la sociedad que queda en Cuba, una sociedad cada vez más improductiva, más anciana, con una pirámide poblacional invertida; eso también la distingue de alguna de las oleadas migratorias anteriores.

“La dependencia de un modelo de subsidios externos es el gran fracaso de la gestión.”

—El colapso de los servicios públicos, salud, educación y transporte sugiere que el Estado cubano dejó de cumplir sus funciones, que históricamente legitimaban a la Revolución. ¿Estamos entonces ante una crisis de gestión más que un cambio de conducción que podrá revertirse en el futuro o estamos ante un agotamiento definitivo de un modelo que nunca pudo sostenerse sin un patrocinador externo, en una época la Unión Soviética y luego Venezuela?

—La dependencia de un modelo de subsidios externos es el gran fracaso de la gestión. Es decir, parte del problema es que el grupo gobernante actual es un grupo que si yo tuviera que caracterizarlo con una palabra, sería incompetencia. Es un grupo que ha sido incapaz de resolver los problemas básicos de la nación, en parte porque es un grupo que continuó aferrado a un modelo que dependía efectivamente de subsidios externos. Y la dependencia de esos subsidios externos hacía a Cuba por definición; es extraordinariamente vulnerable. Eso ya pasó en los 90, con la caída de la Unión Soviética, y acaba de volver a pasar ahora por otras razones. Es curioso, porque la Revolución en gran medida se hace para romper las dependencias externas de la nación cubana. Y Cuba termina siendo mucho más, mucho más dependiente de lo que nunca fue durante el período republicano. Los niveles de dependencia externa de Cuba en los años 80, por ejemplo, con el mercado soviético, son superiores a la dependencia con el mercado americano antes de la Revolución. Entonces, Cuba termina siendo exactamente lo que no quiso ser en el momento revolucionario de los años 60.

Alejandro de la Fuente habló de Cuba en Periodismo Puro, con Jorge Fontevecchia.
TRUMP, EL BLOQUEO Y LA PARADOJA OBAMA. “Obama va a Cuba, un presidente americano que hace un esfuerzo por cambiar el tono de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos”. (FOTO MARCELO DUBINI)

—La generación cubana actual creció, en su mayoría, sin haber conocido a Fidel Castro, con acceso a internet, con una relación completamente distinta con el relato revolucionario. La pregunta es si esa ruptura generacional con aquel mito fundacional es lo que hace irreversible esta crisis, a diferencia de todas las anteriores, en la que había todavía una generación dispuesta a sostener la Revolución.

—La historia de Cuba, del siglo XX y del XXI frecuentemente se cuenta a través de generaciones, y creo que es acertado pensar en esta generación como un momento específico y diferente, en el sentido, sobre todo, de que esta ya es una generación que crece. La Revolución Cubana ató el concepto mismo de nación al proyecto revolucionario. Es decir, no había nación sin Revolución. Al dejar de existir la Revolución, al colapsar la Revolución, colapsa también un modelo de nación que antes del 59 tenía otros anclajes, culturales, ideológicos. Había otras mitologías que sostenían esa idea. Lo que más me preocupa es que esta generación crece sin ninguna de esas mitologías, sin ninguno de esos anclajes, y que el único anclaje que estaba a su disposición ha desaparecido o ha fracasado rotundamente. De manera que en estos momentos, si hay algo que distingue la coyuntura actual es que el proyecto mismo de nación está en peligro.

“Si hay algo que distingue la coyuntura actual es que el proyecto mismo de
nación está en peligro.”

—Desde John Fitzgerald Kennedy con el embargo, los episodios de Bahía de Cochinos, con la crisis de los misiles, con la política hacia Cuba que combinó aislamiento y presión directa, ¿podríamos decir que este momento fundacional definió un patrón que, con matices, se repite hasta hoy en esa resistencia a los Estados Unidos?

—De nuevo, volvemos al tema de las temporalidades y las continuidades. Hay algo de eso, pero también cuando uno va a pensar las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, especialmente desde fines del siglo XIX, es una relación muy íntima, con todos los problemas que tiene cualquier intimidad y todas las tensiones que implica cualquier intimidad. Después del período revolucionario hay, por supuesto, una soberbia imperial que no puede admitir que Cuba busque un camino independiente de existencia más allá de la influencia americana. Eso es una parte muy importante de la historia. Si uno mira esas relaciones con cuidado, también va a encontrar que siempre que hubo una oportunidad para mejorar las relaciones con los Estados Unidos; las autoridades cubanas hicieron todo lo posible por impedir que eso sucediera. En parte, eso es porque el conflicto con los Estados Unidos se convirtió en uno de los fundamentos de legitimación del gobierno cubano y ya no sabía lidiar con el gobierno americano desde una posición que no fuera la confrontación. El ejemplo más dramático y más triste de eso es la oportunidad que se pierde durante la administración del presidente Obama, que crea unas oportunidades que son olímpicamente destruidas por la dirección cubana.

—Déjeme ir un paso atrás. La administración de Jimmy Carter ensayó primero un intento de distensión en los 70 que no prosperó. ¿En qué se diferencia aquel acercamiento de los 70 de este último de Obama que usted menciona?

—Es una excelente analogía, porque ahí hay otra oportunidad que se pierde o es directamente saboteada, como uno lo quiera mirar, especialmente por la participación cubana en los conflictos de África. Pero la diferencia fundamental es que en los 70 Cuba tenía el apoyo garantizado de la Unión Soviética, y ese apoyo ya no existía cuando tiene lugar la apertura con Obama. Hay otra diferencia importante: Obama va a Cuba, aquí tenemos un presidente americano que hace un esfuerzo por cambiar el tono de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, que viaja con una delegación de empresarios de primer nivel, dispuesto realmente a cambiar el tono de las relaciones entre los dos países. Y apenas un mes después, esa visita es descrita por el canciller cubano, en una declaración oficial, como un ataque a la nación cubana. Fidel Castro, que aún vivía, publica un artículo nefasto con el título El hermano Obama, de una manera, por supuesto, irónica, donde refuerza la noción de que, aun con el disfraz de amigo estamos hablando del imperialismo, y el imperialismo es el enemigo. Entonces, enseguida se vuelve a colocar a los Estados Unidos en la cuerda tradicional de la retórica del imperialismo, el enemigo. Y se pierde esa oportunidad, en un momento en el que todavía existía el apoyo del chavismo, pero ya no era el mundo de los 70. Entonces, creo que esa es una oportunidad histórica, malgastada, saboteada, perdida. Y francamente, creo que es imperdonable, porque a fin de cuentas, si hay una tarea importante que cualquier gobernante de Cuba tiene es encontrar una manera digna y decorosa de convivencia con los Estados Unidos. Esa oportunidad estuvo ahí y fue destruida.

“El colapso cubano no comenzó con la orden presidencial de Trump de enero
de este año.”

—Usted dijo textualmente que es trágico que Trump logre por la fuerza lo que Obama intentó lograr por cooperación. ¿Esa tragedia que usted señala, entonces, es una cuestión de método, de timing histórico, donde Cuba llega a esta negociación en el peor momento posible?

—Cuba no estuvo nunca tan débil como ahora. Ni siquiera en 1898. La nación cubana está en un momento de debilidad extrema. Es importante decir que el colapso cubano no comenzó con la orden presidencial de Trump de enero de este año. El colapso cubano ya venía avanzando desde antes, los apagones, el problema con el suministro de combustible, que ya no era tan regular como lo fue en el pasado, los impagos a los inversionistas externos, la caída dramática del turismo, varios episodios epidémicos en Cuba, en un país que alguna vez tuvo un sistema de salud que fue la envidia de América Latina. Se llega a este momento de confrontación en un momento de una enorme debilidad, donde la economía cubana está destruida, donde se ha producido una auténtica hecatombe demográfica con ese éxodo del que hablamos antes. Además, en un entorno geopolítico mucho más adverso que el que existía con el presidente Obama. Durante años, las autoridades americanas exigieron, por ejemplo, que se liberara a los presos políticos. Eso no se hizo. De hecho, las autoridades cubanas negaban la existencia de presos políticos. Entonces, todo eso son oportunidades que se perdieron y ahora hay que enfrentar aún a lo que en algún momento he llamado como la peor versión de los Estados Unidos. Hay que enfrentar a un gobierno que tiene una posición francamente imperial en sus relaciones con América Latina, y que vuelve a ver a Cuba simplemente como una ficha que puede ser movida o colocada de acuerdo con sus ambiciones. Y las ambiciones mismas tampoco están claras. Pero haber esperado a un momento como este es uno de los grandes fracasos de la dirección cubana.

—Hubo otro episodio desaprovechado, no sé si de la magnitud de los dos anteriores, con un presidente norteamericano católico como Biden y un papa pro latinoamericano como el propio papa Francisco. ¿Ahí también se perdió otra oportunidad?

—Sí, porque estoy seguro que la administración Biden, y hay evidencias de esto, no estoy diciendo nada que sea especialmente especulativo, hubiera respondido favorable constructivamente al gobierno cubano si el gobierno cubano hubiera dado pasos para facilitar eso. El primer paso siempre fue la liberación de los presos políticos y, especialmente, la liberación de las mil personas que fueron detenidas a partir de las manifestaciones de julio de 2021. La administración Biden no podía iniciar ningún acercamiento a Cuba sin que ese problema se resolviera antes. Además, Biden era vicepresidente con Obama, cuando Obama fue caricaturizado como un enemigo imperial que había venido como una especie de lobo vestido de oveja, que había venido a Cuba para tratar de alguna forma embaucar a los cubanos. Esas son lecciones aprendidas. Durante la administración Biden hubo muchas oportunidades de acercamiento que fueron también desperdiciadas.

—Durante la apertura de Obama, el interlocutor del régimen fue Alejandro Castro Espín, el hijo de Raúl y jefe de los servicios de inteligencia. Hoy Trump negocia con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el Cangrejo, nieto de Raúl y figura clave del poder militar empresarial. ¿Qué nos dice de la naturaleza del régimen cubano de que en ambos casos los verdaderos interlocutores han sido siempre integrantes de la familia Castro, independientemente de quien ocupe formalmente la presidencia?

—La verdad es que sobre esto sabemos poco, tenemos muy poca información, y precisamente la falta de información es la noticia, es la opacidad con la que funciona esa institucionalidad. En cualquier institucionalidad democrática, el primer adjetivo es transparencia. La transparencia es central en cualquier institucionalidad más o menos democrática. La opacidad de las negociaciones, la opacidad de los caminos y de las personas involucradas, el hecho de que sepamos tan poco; ha habido muchísimos rumores de conversaciones de distinto tipo en México, en el Caribe, en varios escenarios, y seguramente hay algo de verdad en ellas. No sabemos bien cuánto. Y la verdad es que no me gustaría especular sobre eso, porque no tengo ninguna información, pero lo interesante es precisamente lo poco que sabemos. Deberíamos saber más y deberíamos saber si hay alguien que está conversando a nombre de Cuba y de la sociedad cubana. Deberíamos saber quién es, qué posiciones tiene, qué objetivos defiende, cuáles son los temas que están siendo discutidos. La opacidad que rodea a todo esto es, creo yo, el problema.

“Haber esperado a un momento como este es uno de los grandes fracasos de
la dirección cubana.”

—Así como fueron desmantelados los procesos de negociación y de acercamiento anteriores –boicoteados es el término que usted utilizó–, aun con lo peor de Estados Unidos, ¿existe la posibilidad de que haya una forma de negociar con Trump que finalmente termine manteniendo siempre algo así como un gatopardismo?

—Es difícil saber, porque, entre otras cosas, no tenemos idea de qué es lo que pretende la administración americana. La administración americana procede hoy en día de una manera muy ad hoc. Después, nos toca a todos nosotros, a ustedes desde la prensa, a los intelectuales, fabricar una especie de racionalidad alrededor de estas acciones que no parecen haber sido pensadas de manera muy cuidadosa. Siempre siento que nos estamos planteando una tarea imposible, porque estamos intentando nosotros fabricar la racionalidad que no existe en el diseño de las políticas exteriores de Estados Unidos. Algo de eso se está viendo, de hecho, en Irán ahora mismo, y el caso cubano es paradigmático en ese sentido. La administración no ha definido claramente cuáles son los objetivos, más allá de un cambio de régimen muy abstracto. No se sabe muy bien qué quiere decir eso, porque si se trata de reemplazar a Maduro con Delcy Rodríguez, si eso es cambio de régimen o si estamos hablando de otra cosa. Y peor aún, tampoco ha definido una hoja de ruta para llegar a cualquiera que sea el objetivo. Entonces nosotros tenemos que juntarnos y empezar a intentar armar una racionalidad alrededor de todo eso. Y en ese proceso, por supuesto, descartar las cosas que simplemente no encajan porque son tan irracionales, como pretender que Canadá sea un Estado de la Unión, que simplemente las excluimos del análisis, porque estamos intentando fabricar una racionalidad alrededor de esas acciones.

—La pregunta era esa, si es posible que para Donald Trump un cambio de régimen, así como en Venezuela son los hermanos Rodríguez, puedan ser los nietos de Castro.

—Si la pregunta es si puede ser, mi respuesta es cualquier cosa puede ser, porque de nuevo no creo que haya una visión muy clara o muy pensada sobre esto. Hay diferencias importantes entre Cuba y Venezuela en ese sentido, y es la inexistencia, no es que no exista una oposición en Cuba, sí existe, pero no ha tenido las oportunidades organizativas que con toda la represión logró mantener, con mucho esfuerzo, la oposición venezolana. No existe una figura central clara como sí existe en el caso de Venezuela. En Cuba no ha habido elecciones nacionales como sí hubo en Venezuela. Cualquier cosa puede ser, porque nada está claramente definido, y por lo tanto, tampoco nada está claramente excluido.

—Marco Rubio es hijo de inmigrantes cubanos, durante años fue el principal defensor del embargo en el Senado y escribió que la única salida para Cuba era la libertad y la democracia. Y hoy, como secretario de Estado de Trump, parece dispuesto a negociar con el mismo régimen que juraba no reconocer. ¿Es una transformación, una traición de sus convicciones, una expresión más honesta de lo que siempre fue? ¿Un político que antepone el pragmatismo a la ideología? ¿Y podría permitirnos algo relacionado con la pregunta anterior de que existiese alguna forma de negociación con cierto grado de continuidad?

—A diferencia de muchas personas en la administración, el secretario Rubio es una persona competente que además tiene una historia de servicio público en el Senado, en el Comité de Relaciones Exteriores. Además de sus conexiones personales, familiares, con el tema cubano, con la comunidad cubanoamericana del sur de la Florida, es una persona que tiene una hoja de servicio público distinguida y eso hace una diferencia. El secretario Rubio se da cuenta de que generar algún tipo de cambio en la sociedad cubana, con los tipos de aperturas que se han venido conversando, implica tener una conversación con las autoridades cubanas; entonces, calificar eso de una traición o calificar eso de una reconversión ignora la dimensión pragmática práctica que implica una conversación de este tipo. Si el objetivo es generar ciertos cambios y hacerlo sin que eso esté marcado por procesos de violencia o de guerra o de intervenciones, la conversación es el único camino. De manera que no me sorprende que una persona, simplemente por una cuestión de competencia, como él, elija ese camino para tratar de producir alguno de los resultados, que estoy seguro de que para él sí son más claros, aunque no estén demasiado bien esbozados en la agenda de la administración.

El poder en Cuba está en manos de un grupo empresarial, Gaesa, controlado
por los militares.”

—Usted mencionaba la comunidad cubana en el sur de la Florida, concretamente en Miami, que durante décadas fue el principal factor de presión para mantener el embargo y aislar al régimen, pero al mismo tiempo, la principal fuente que sostiene a las familias en la isla son las remesas. ¿Cómo procesa un historiador esa contradicción, una diáspora que políticamente exige el colapso del régimen, pero económicamente, al mismo tiempo, lo sostiene?

—El conflicto entre la comunidad cubanoamericana del sur de la Florida y los cubanos que viven en la isla es una exageración con muy poca base empírica hoy en día. Hace muchos años que esa comunidad cubanoamericana y los cubanos que viven en la isla reconstruyeron tejidos interpersonales, familiares, redes sociales, que en algún momento fueron destruidas en las primeras décadas del periodo revolucionario. Por eso digo reconstruyeron, porque hubo que hacer mucha reconstrucción, pero hace muchos años que ese proceso de reconstrucción fue iniciado y ese proceso ha avanzado mucho, y por lo tanto, las mismas personas que pueden defender, incluso de manera muy vocal, el embargo y todo eso, al otro día envían dinero, envían recursos a sus familiares en la isla. Y además, ya no solo envían dinero, los últimos veinte o treinta años también enviaron capitales, recursos que ayudaron a lanzar y sostener el sector privado cubano. De hecho, si en algo tengo fe, mirando hacia el futuro de la nación cubana, es en esos tejidos, porque no están marcados necesariamente por la ideología. Puede haber diversidad de puntos de vista al interior de esas redes. No pasa nada si el primo es budista y el otro primo es marxista. Lo que importa es que son primos y trabajan juntos en la misma empresa. Y al hacerlo veo la posibilidad de una Cuba distinta, que no sea la Cuba marcada por los eternos conflictos y por estas exclusiones que marcaron tanto nuestra vida durante las últimas décadas. En la reconstrucción de ese tejido se avanzó mucho; eso no hace noticia, no es particularmente sexy. No es una cosa que uno vaya a convertir fácilmente en titulares, pero si hay una historia interesante a contar, es esa.

Postales de Cuba.
LOS ESCENARIOS DEL DÍA DESPUÉS. “Hay una comunidad cubana en el sur de la Florida muy potente que ha sido muy exitosa en los Estados Unidos, que puede ayudar mucho a la reconstrucción económica de la isla”. (FOTO AFP)

—Miguel Díaz-Canel, formalmente presidente de Cuba desde el año 2018, pero Raúl Castro, aun con 94 años y oficialmente retirado, sigue siendo la figura política decisiva. Y como mencionábamos antes, su nieto es quien negociaría, por lo menos según las versiones, directamente con Washington. Ante esa fragmentación del poder real, ¿qué posible ve un acuerdo sustentable y sostenible? ¿Quién tiene el poder en Cuba realmente? ¿Con quién se negocia?

—Mi lectura personal de esto es que el poder en Cuba en realidad está en manos de un grupo empresarial Gaesa, controlado por los militares. Y no es casual que las conversaciones, o por lo menos los rumores sobre conversaciones, señalan que están teniendo lugar con personas conectadas con ese grupo. Ese grupo hoy en día controla sectores fundamentales de la economía cubana. Hablábamos antes de opacidad. Es un grupo que no rinde cuentas a la nación, que controla sectores importantes de la economía, pero cuyas cuentas no son públicas, no están al alcance, no pueden ser examinadas, no están sujetas a la controlaría de la república, por ejemplo. Entonces, identificar al grupo de poder con el que se puede conversar no es difícil. Lo difícil es cómo lograr que en cualquier conversación ese grupo acepte que cualquier apertura está llamada a crear otros polos de poder, otros espacios de poder, que cualquier apertura, casi por definición, va a reducir algo el poder de ese grupo empresarial que en estos momentos es casi monopólico.

“Los jóvenes cubanos ya no saben muy bien de qué se habla cuando uno les habla de revolución.”

—El grupo Gaesa controla el 40% de la economía cubana. Tres veces el presupuesto del Estado, miles de millones depositados en cuentas en el exterior, controla fundamentalmente el turismo, que es la mayor fuente generadora de divisas. ¿Podría explicar, de alguna manera didáctica, para legos que no conocen Cuba, a qué se parece esto? Como si fuese en el caso de Chile, cuando el ejército controlaba la producción de cobre y el dinero del cobre quedaba para el ejército. ¿Cuál es este poder del grupo Gaesa?

—En el contexto de América Latina, lo que más se parece a esto, y es una analogía terrible –en realidad, es lo que intentó hacer y, durante algunas décadas, lo logró–, es el clan Somoza en Nicaragua. Ese clan familiar y de un grupo de empresas vinculadas a la familia llegó a controlar sectores muy importantes de la economía nicaragüense, hasta el punto de que terminaron alienando a sectores importantes del sector privado nicaragüense que se alejó de la dictadura con la que había convivido durante mucho tiempo, porque el clan se había vuelto tan voraz que había empezado a cerrar oportunidades. Somoza miraría con envidia a Gaesa en Cuba. Y esa es una analogía terrible. Que el proyecto revolucionario cubano haya terminado en esta especie de oligarquía autoritaria de manos de una corporación es un resultado que ciertamente es muy difícil de vislumbrar desde los primeros años de la Revolución.

—Ahora, por lo que usted cuenta, existirían posibilidades de tensiones reales dentro de la élite cubana, de que sectores en los que Gaesa ya no permitiría la posibilidad de compartir el poder con nadie más puedan generar dentro de Cuba algo similar a lo que usted mencionaba en el caso de Somoza con el empresariado nicaragüense.

—Sí, pero en el caso de Nicaragua existía una élite económica que venía de atrás. En el caso cubano, esas élites fueron destruidas, por supuesto, por el proceso mismo de la Revolución y las confiscaciones y las nacionalizaciones. Ha surgido en Cuba un sector privado, que es pujante, es creativo, es joven. Es un sector que además apuesta por un modelo de sociedad y de economía mucho más democrático, mucho más descentralizado, mucho más competitivo, mucho más abierto. He tenido el privilegio de estar en contacto con muchos de esos empresarios y empresarias en la isla y he mantenido una conversación con ellos y con ellas, porque ahí veo también reservas para un mejor futuro. Y es un grupo empresarial que quiere desarrollar sus negocios, quiere desarrollar sus empresas, pero también quiere hacerlo haciendo un mejor país, un país de prosperidad, de bienestar, donde la gente pueda ganar lo que algunos de ellos definen como salarios dignos. Es decir, que están pensando un modelo de desarrollo que no es un modelo oligárquico, que no es un modelo monopólico. Es un modelo de creatividad y de creación desde las pequeñas y medianas empresas. Ese sector ya existe, está ahí, y hay ahí unas semillas y unos espacios de futuro que vale la pena alimentar.

—Señalaba al comienzo del reportaje que el castrismo del 61 no es el castrismo del 78. Hoy Washington negociaría con el Cangrejo, un hombre señalado por negocios ilícitos, un perfil de vida ostentoso, todo lo contrario al ethos austero de la Revolución. ¿Qué es hoy entonces la Revolución cubana? Así como la del 61 era distinta a la del 78, ¿esto qué es?

—La Revolución hoy en día es solo una narrativa desde el poder. La Revolución como proceso de cambio y de transformación dejó de existir hace mucho, mucho tiempo. Para muchos estudiosos serios, ese proceso ya marca el fin del proceso de transformaciones en los años 70 con la sovietización de la sociedad cubana. Claro que las revoluciones también generan sus propias mitologías, son muy buenas escribiendo su propia historia. En esas historias, todo lo anterior pasa a ser una especie de prehistoria que debe ser subsanada o eliminada. Y esa retórica queda aún. Pero fuera de las páginas de grama es muy difícil encontrar eso, aun en la sociedad cubana. Si uno habla con esas personas jóvenes, con esa estampida de la que hablábamos antes, y les preguntas qué piensan de la Revolución, probablemente pedirían clarificación a la pregunta. Preguntarían a qué se refiere usted precisamente. Yo lo entiendo mejor, porque soy de otra generación. Pero esa gente joven ya no sabe muy bien de qué se habla cuando uno les habla de revolución.

“Puedo ver un papel creciente e importante de la Iglesia en el futuro dentro
de Cuba.”

—La captura de Maduro en enero fue leída en Cuba simultáneamente como un acto de agresión imperialista, pero como una advertencia sobre lo que podría ocurrirle al régimen. ¿Qué representa realmente la captura de Maduro en Venezuela, la pérdida en Cuba del apoyo económico venezolano, y si de alguna manera es una espada de Damocles sobre las actuales autoridades cubanas?

—Lo que representa, en primerísimo lugar, es un fracaso ruidoso y visible del aparato de seguridad cubano que estaba a cargo de la seguridad del presidente Maduro, que construyó también toda una mitología de invencibilidad y que fue clara y descarnadamente insuficiente para proteger al presidente Maduro. El hecho de que no muriera ni un soldado americano en esa operación demuestra cuán ineficaz fue el aparato de seguridad cubano, que se creía y siempre se creyó omnipresente ahí en Venezuela, tanto que estaba a cargo de su seguridad personal. De manera que la primera lectura de eso tiene que ver con el colapso de una cosa más dentro de Cuba. Y esa cosa más es algo muy importante, y es la inefabilidad de ese aparato de seguridad.

—Mencionábamos antes al papa Francisco en la época de Biden, pero al mismo tiempo hoy tenemos un papa norteamericano con cierta vocación latinoamericanista por haberse dedicado mucho tiempo pastoralmente a Perú. ¿Cuál es el grado de importancia que usted le asigna a la Iglesia católica en Cuba y hasta qué punto un papa, que al mismo tiempo habla español, pero es norteamericano, puede terminar siendo factor de negociación?

—El Vaticano está involucrado. Sabemos que está involucrado y que ha estado participando en conversaciones, cualesquiera que sean las conversaciones. El Vaticano es uno de los actores en eso. Lo ha sido antes y creo que lo está haciendo ahora. No me gusta hacer futurología, por eso soy historiador, pero si tuviera que adivinar, puedo ver un papel creciente e importante de la Iglesia en el futuro. Dentro de Cuba, es otra cosa, ha habido desde la Iglesia posiciones de resistencia. Ha habido desde la Iglesia posiciones muy dignas y ha habido otras posiciones que quizás no pueden ser descritas de esa forma. Pero está claro que estamos hablando de un actor importante en la Cuba de hoy y probablemente en la que viene.

—El economista cubano Ricardo Torres estima que reconstruir la red eléctrica, solo la red eléctrica de Cuba, costaría diez mil millones de dólares, y quien gobierne el día después necesitaría solo mil millones para que el país no apague las luces en la primera semana. ¿Cómo sería un escenario de Cuba posterior a una reconstrucción, a un cambio de régimen? ¿Es viable Cuba en alguna alternativa diferente al sistema, que también parece inviable actualmente? ¿Hay un dilema irresoluble?

—Hay un dilema. Y vamos a asumir que las cifras de Ricardo, que es un colega a quien admiro y aprecio mucho, son buenas. La única manera de generar esos recursos, dado que en el caso cubano no se puede ocupar los buques petroleros para a partir de ahí generar el dinero de una transformación. La única forma de hacer eso es creando un sistema transparente, un sistema claro para los inversionistas, para que sientan que pueden, de una manera sensata, segura, invertir capitales en la isla. Si esas condiciones se crean y esas condiciones se pueden crear, los flujos financieros van a ocurrir, porque hay mucha gente, incluyendo en el sur de la Florida, esperando a que se produzca una apertura. Y cuando digo apertura, estoy hablando simplemente de que haya una predictibilidad en el escenario económico y político de la isla que permita que los inversionistas puedan invertir. Que ya no sea el primo mandándole una remesa al otro primo para hacer alguna cosa, y si no funciona, bueno, no pasa nada. No, ya estamos hablando de grandes empresas, de grandes empresarios, de grandes inversionistas. Esos dineros llegarían a la isla, como dicen algunos de ellos, cuando Cuba esté investment grade, cuando Cuba esté ya lista para un escenario más o menos atractivo para las inversiones. Pero cuando eso pase, estamos hablando, a fin de cuentas, de un territorio que está a noventa millas de los Estados Unidos, hay una serie de ventajas interesantes. Hay una comunidad cubana en el sur de la Florida muy potente que ha sido muy exitosa en los Estados Unidos, que puede ayudar mucho a la reconstrucción económica de la isla. Todo eso puede ser construido. Nada de eso se podrá hacer si no se da un paso hacia la transparencia y a la predictibilidad.

—Finalmente, Cuba tuvo una influencia en la última parte del siglo XX en la formación de guerrillas en toda Latinoamérica y, al mismo tiempo, tuvo ya no desde el punto de vista militar, pero sí desde el punto de vista simbólico y cultural, una enorme influencia en el llamado socialismo del siglo XXI. En la primera y segunda década de este siglo, tanto con el chavismo como en el caso de Correa en Ecuador y, si se quiere, cierta melancólica inspiración en el kirchnerismo en la Argentina. Este colapso actual de Cuba tiene, al mismo tiempo, un costo político para la izquierda latinoamericana, hoy ya no violenta, pero sí simbólica.

—Tiene un costo. Sobre todo, para las izquierdas más antidemocráticas, para las versiones más antidemocráticas de las izquierdas. Personalmente, creo que hoy en día las etiquetas de izquierda y de derecha dicen muy poco, tienen muy poco contenido real y no son particularmente útiles para pensar a los regímenes y a los gobiernos de América Latina. Por ejemplo, ¿la Nicaragua de Daniel Ortega es de izquierda? ¿Eso es la izquierda latinoamericana? O es mejor pensar la izquierda desde las experiencias electorales de Chile, de Uruguay, de Brasil? Entonces, para las izquierdas democráticas, cualquier afiliación con Cuba es, de hecho, tóxica, porque el modelo cubano terminó siendo un proxy de autoritarismo, de inmovilismo, un proxy antidemocrático que perdió casi todo su esplendor ideológico del pasado para convertirse en la pesadilla económica que es Cuba hoy. Para esa izquierda democrática, de hecho, Cuba es un problema muy incómodo, porque necesitan desmarcarse de Cuba para poder crear espacios de proyectos de justicia social, proyectos de inclusión, proyectos de bienestar que no estén reñidos con el juego democrático, que sean parte del juego democrático. Una vez que se entra en el juego democrático, Cuba se convierte automáticamente en un tremendo lastre y un tremendo problema. Y entonces termina siendo asociada con Nicaragua, con estos experimentos, todos con algún tufo autoritario que proliferaron en varios países de América Latina en el siglo XXI.

—Estamos realizando este reportaje en un momento en el que es impredecible hacia dónde puede evolucionar la guerra en Irán, ¿existe alguna posibilidad de que por necesidades electorales en el próximas elecciones de este año en Estados Unidos, la no existencia de un triunfo contundente en la guerra contra Irán, hagan a Donald Trump considerar que es Cuba el lugar donde obtener un triunfo contundente o Cuba no guarda ninguna importancia para el electorado norteamericano?

—Esa es una excelente pregunta que, desde luego, soy incapaz de responder porque Cuba puede ser convertida en un objetivo político atractivo si otras cosas salen mal. Pero al mismo tiempo, si miramos todas las encuestas de opinión en Estados Unidos, ahora mismo hay muy poco apetito en el pueblo americano por ninguna aventura exterior, sea en Irán, sea en Cuba o en cualquier otro lugar. Hay muy poco apoyo popular para nada de eso.

Producción: Sol Bacigalupo.