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Leah Aronowsky: “Hay una nueva percepción de que el cambio climático ya llegó, ya no pertenece al futuro”

Historiadora de la ciencia, doctora por la Universidad de Harvard y profesora en la Escuela del Clima de la Universidad de Columbia, estudia cómo la crisis del petróleo de 1979 marcó la manera en que Estados Unidos pensó el cambio climático y condicionó las respuestas a un problema que comenzaba a ocupar un lugar en la agenda pública. En esta entrevista explica por qué los científicos de entonces dudaban de que la política pudiera prevenirlo y reconstruye el vínculo entre el fin de la Guerra Fría y los primeros acuerdos climáticos de la ONU. También examina los límites del negacionismo como explicación de la inacción política, el ascenso de China como gigante verde y las consecuencias de la retirada de las aseguradoras de las zonas de riesgo.

LOS ORÍGENES. “1979 es decisivo porque muestra hasta qué punto el clima se planteó como un problema político que iba a interpretarse a través del prisma de la política petrolera y energética”. Foto: Helena Obregón

—¿Por qué considera que la crisis del petróleo de 1979 funciona como el verdadero punto de inflexión en la relación entre ciencia climática y política energética, más que cualquier hito puramente científico posterior, como el consenso del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático?

—Mi trabajo se centra en la historia de la política climática desde fines de la década de 1970, y me detengo especialmente en ese momento de 1979, cuando confluyen, por un lado, los orígenes de una especie de consenso científico sobre el cambio climático y, por otro, la segunda crisis del petróleo en Estados Unidos. Creo que 1979 es un año tan decisivo en esta historia porque nos ayuda a entender hasta qué punto, desde el comienzo, el clima se planteó como un problema político que iba a interpretarse a través del prisma de la política petrolera y energética. Hoy nos resulta más familiar entender que la cuestión climática tiene mucho que ver con la reducción de las emisiones, con estrategias globales para reducirlas. Pero en los años 70 existía una convicción muy arraigada de que, si queríamos hacer algo frente al cambio climático, teníamos que pensar a nivel nacional y, en particular, en términos de política energética. El clima estaba surgiendo como problema político al mismo tiempo que, en Estados Unidos, Jimmy Carter consideraba un programa que habría llevado al país a invertir 88.000 millones de dólares para transformar su industria del carbón en una industria de combustibles sintéticos, algo que habría tenido un impacto devastador sobre la huella de carbono de Estados Unidos. Teniendo en cuenta esas dinámicas, y el caso de los combustibles sintéticos como ejemplo, se entiende por qué, al comienzo de la historia de la política climática, había un verdadero pesimismo entre los científicos sobre las posibilidades de prevenir el cambio climático.

“Los años 70 son el momento en que la cuestión energética se impone al riesgo climático.”

—En la crisis energética de 1979, la independencia energética y el riesgo climático competían por la misma atención política. ¿Cuál diría que terminó siendo, en los hechos, la urgencia de primer orden, y cuál la que quedó subordinada?

—Como quizás hayan notado, no vivimos en un mundo que funcione con energía solar y fuentes renovables: seguimos viviendo, en gran medida, en un mundo que funciona con combustibles fósiles. Y en ese sentido, los años 70 son un momento en el que la cuestión energética se impone sin lugar a dudas. No hay demasiada competencia. En los años 70 existe una sensación muy arraigada de que la política democrática tiene una mirada cortoplacista, y la crisis energética lo deja muy claro, incluso en relación con lo que se entendía que estaba al alcance de legisladores y responsables de formular políticas en materia energética. Hubo una verdadera resistencia por parte de los responsables de formular políticas en Estados Unidos a adoptar medidas que pudieran implicar costos a corto plazo para sus electores en nombre de una solución energética de largo plazo, como los impuestos al carbono o a la energía. Se puede entender, desde una perspectiva científica, cómo eso condicionaba la percepción de lo que yo describiría como el horizonte de posibilidades para la acción climática. Si los responsables de formular políticas no lograban encontrar la disposición a aceptar restricciones a corto plazo en nombre del bien común, en nombre de una crisis energética que estaba provocando una enorme conmoción económica y social en Estados Unidos en ese momento, si no podían organizarse en torno a esa lógica de la crisis, ¿cómo se los podía convencer de abandonar los combustibles fósiles en nombre de un problema climático que parecía tan lejano, que todavía no estaba bien definido y cuyos efectos no se sentirían de manera concreta, al menos, durante 50 años?

—Hay algo paradójico en que la alarma científica sobre el clima haya nacido casi al mismo tiempo que la primera gran crisis energética moderna. ¿Cree que esa coincidencia temporal fue una casualidad histórica, o hay una lógica más profunda que explica por qué ambas emergieron juntas?

—Ciertamente es una coincidencia extraña, pero eso no le resta importancia a su significado. Creo que 1979 es un momento en el que todavía hay un gran debate en curso sobre los límites del crecimiento. Así es como todavía se percibe la política ambiental global en ese momento. Entonces, cuando pensamos en cuál era el precedente para pensar una política climática global, internacional, ambiental, regímenes de gobernanza, todavía no había mucho disponible. Y eso es una capa más que puede ayudarnos a entender por qué los científicos de los años 70 eran tan pesimistas sobre lo que realmente era posible hacer frente al cambio climático.

—Usted argumentó que el pesimismo de los científicos estadounidenses como funcionarios a finales de los 70 no era un estado de ánimo, sino una orientación política. ¿Qué nos dice la distinción sobre cómo el poder convierte el desaliento en doctrina?

—Es una gran pregunta. Cómo el poder transforma el desánimo en doctrina. Es, de algún modo, la pregunta que me llevó a interesarme por esta investigación en primer lugar. Creo que una de las cosas interesantes de los años 70 es que hay varias maneras de leerlos en términos de lo que nos dicen políticamente. En Estados Unidos están estos científicos profundamente pesimistas, pero al mismo tiempo, en otras partes, en Europa y en América Latina, hay una enorme explosión de creatividad en materia de innovación energética. Brasil pone en marcha un programa de combustibles a base de etanol. Dinamarca apuesta por las bicicletas y la energía eólica. Francia apuesta por la energía nuclear. Y eso es algo un poco paradójico de este momento histórico, uno podía mirar lo que estaba pasando en el mundo y quizás ser optimista de que, en realidad, podía haber una especie de renacimiento de la innovación en nombre de la política energética, o bien adoptar la postura que tomaron estos científicos, que es que el margen de acción termina siendo limitado y está atado de pies y manos por la naturaleza cortoplacista de la democracia. 

ADAPTACIÓN VS. PREVENCIÓN. “Hubo un fuerte impulso entre los agronegocios de América del Norte para empezar a innovar en cultivos resistentes al clima que pudieran comercializarse en el Sur global”. (FOTO HELENA OBREGON)

—Cuando uno estudia el pasado sabiendo cómo termina la historia, existe el riesgo de leer intención donde solo hubo inercia. ¿Cómo evita, como historiadora, proyectar sobre los actores de los 70 una lucidez sobre el futuro que ellos no podían tener?

—Es otra gran pregunta. Cuando empecé este proyecto, partí de una sensibilidad de decepción y frustración, desde la perspectiva de 2025. Me sentía decepcionada de estar leyendo tantos testimonios de científicos de la época que, por ejemplo, proclamaban que sería imposible prevenir el cambio climático y que, por lo tanto, debíamos adaptarnos. Y desde mi perspectiva, se sentía como una oportunidad tan desaprovechada. A lo largo de esta investigación, empecé a sentir mucha más empatía por estos científicos, en el sentido de que tenían mucha claridad sobre qué es lo que realmente mueve la política. Y creo que ahora, en el pasado más reciente, los científicos fueron excesivamente optimistas respecto de que el mundo de algún modo iba a volcarse hacia lo que son, en el fondo, soluciones tecnocráticas a la crisis climática. Esa suerte de esperanza de que el mundo se va a alinear detrás de un único número, un único objetivo de temperatura, con la expectativa de que las dinámicas profundamente arraigadas de la política energética van a quedar superadas. Entonces empecé a sentir mucha más empatía, y a acercarme a estos científicos con un deseo más profundo de contextualizar sus posiciones y de señalar que, en realidad, tenían una lectura muy sofisticada de la política, de la que creo que, en cierto sentido, la comunidad científica se fue alejando en los últimos años.

—Hay una diferencia de fondo entre negar un problema y resignarse a administrarlo. ¿Por qué diría que la segunda actitud terminó siendo históricamente más poderosa, y más difícil de combatir, que la primera?

—Creo que una manera de responder esa pregunta es pensar en el peso que tuvo el negacionismo en nuestra comprensión, en nuestros relatos sobre cómo llegamos hasta acá. Es una historia muy fácil. Y además es una historia falsa, había enormes intereses y actores vinculados a los combustibles fósiles que se unieron para sembrar dudas sobre el consenso científico y eludir y frenar cualquier tipo de acción política significativa. Creo que, en ese proceso, nosotros, como sociedad, nos perdimos lo que en realidad es una conversación muy importante. No diría resignarnos al cambio climático, pero sí tener una conversación realista sobre el hecho de que, aunque abandonáramos los combustibles fósiles mañana, ya tendríamos asegurada cierta cuota de cambio climático. Y en ese sentido, la conversación sobre la adaptación es una conversación muy importante para tener. Creo que, lamentablemente, en los años 90 y 2000, si uno iba a las cumbres climáticas de la ONU, las COP, y quería hablar de adaptación, solía haber una especie de sospecha de que detrás había alguna motivación política vinculada al negacionismo, que eso era lo que impulsaba la necesidad de esa conversación. Creo que ahora, obviamente, todos estamos viviendo, de distintas maneras, esta nueva realidad climática. Hoy parece una conversación absolutamente inevitable, la conversación de la adaptación y la aceptación.

—Si uno mira hacia atrás, ¿hubo realmente una bifurcación, un momento concreto en el que todavía era políticamente posible optar por prevenir el cambio climático en lugar de simplemente adaptarse a él, o la sensación de que “se pudo haber evitado el calentamiento global” es más bien una ilusión retrospectiva que los historiadores le atribuyen al pasado?

—Es una gran pregunta. Por un lado, en mi investigación, resulta bastante notable que la prevención termine emergiendo, en realidad, como el marco de la política climática. Y en mi propia investigación intenté entender cómo fue que la prevención pasó de ser algo que se percibía como políticamente imposible a convertirse en la orientación predominante del régimen político climático global e internacional. En un sentido, las condiciones cambian a lo largo de los años 80, de modo que de pronto sí se vuelve posible imaginar que el mundo podría unirse y prevenir el cambio climático. Y creo que hay varias razones a las que podríamos recurrir para explicar por qué se vuelve políticamente viable e incluso inevitable. Pero quizás la más importante sea esa suerte de sensibilidad ambientalista liberal que surge a lo largo de los años 80, y sobre todo a comienzos de los 90, en la que aparece esta sensibilidad, ya sea que la llamemos desarrollo sustentable, interdependencia, o anticipar y prevenir: todos estos son marcos que circulan en esa época y que plantean el mismo argumento, a saber, que podemos tener protección ambiental sin imponer límites al crecimiento. Hay una energía que se va instalando, sobre todo en el Norte global, en torno a esta idea de que podemos tenerlo todo, que podemos encontrar maneras de proteger el clima sin alterar el orden social y económico internacional tal como lo conocemos. Y así es como empieza a verse la invención de cosas como los créditos de carbono y los mercados de carbono. Entonces, por un lado, es un desarrollo histórico notable, que creo que solo podría haber surgido en los años 80 y 90. Por otro lado, nace atrapado en un callejón sin salida. Nace en un momento en el que se vuelve posible, políticamente, declamar de la boca para afuera la necesidad de prevenir el cambio climático mientras que, al mismo tiempo, en el plano de la política interna, se redobla la apuesta por la mentalidad del “drill, baby, drill”. En mi libro escribo sobre Canadá, cuyo primer ministro, a fines de los años 80, estaba al frente de los reclamos por una convención climática global, y apenas es reelecto en 1988 da un giro y empieza a financiar lo que se convierte en Hibernia, la plataforma petrolera más grande del mundo. Se la considera un megaproyecto energético. Esas son, si se quiere, las hipocresías del carbono, o las contradicciones del carbono, que a esta altura, en 2026, nos resultan en realidad bastante familiares.

“Los científicos pesimistas tenían mucha claridad sobre lo que realmente mueve la política.”

—¿Quiénes fueron, concretamente, los que ganaron con que se impusiera la lógica de la adaptación por sobre la prevención, qué industrias, qué sectores del propio Estado salieron favorecidos de esa elección?

—Sin dudas la industria petrolera, la industria de los combustibles fósiles, la industria petroquímica tenían mucho para ganar con una política organizada en torno a la adaptación al cambio climático. Pero además, en mi investigación, analicé cómo, cuando los científicos pensaban en la adaptación, muchas veces lo hacían en relación con los alimentos. Hubo un fuerte impulso entre los agronegocios de América del Norte para empezar a innovar en cultivos resistentes al clima que pudieran comercializarse en el Sur global. Y así, la adaptación se entendía en gran medida como una oportunidad de negocio, una oportunidad para lucrar con el riesgo climático y con el sufrimiento climático.

—¿Qué tuvo de particular el caso estadounidense, en términos de su relación con el petróleo y la energía, que hizo que la lógica adaptativa se consolidara ahí con tanta fuerza?

—Quiero ser clara en que, al final, Estados Unidos nunca tuvo una política climática coherente, ni orientada a la prevención ni a la adaptación. Así que estos son, en realidad, debates que se dan en el período que estudio. Pero es cierto que, por varias razones, los científicos en Estados Unidos eran mucho más receptivos a los argumentos a favor de la adaptación que sus pares de Europa occidental y Escandinavia. Creo que podríamos señalar varias razones de por qué. Estados Unidos es un país exportador de petróleo; Europa occidental y Escandinavia son, en gran medida, importadores. Entonces, desde la perspectiva europea, plantear que hay que abandonar los combustibles fósiles es un esfuerzo mucho menos riesgoso políticamente, por así decirlo. Ya había mucho impulso para dejar los combustibles fósiles, sobre todo en Alemania occidental. En Europa también hay un lobby pro nuclear mucho más fuerte. Y en muchos lugares, los líderes políticos que ya estaban comprometidos con la transición de sus países hacia la energía nuclear se aferraron al “problema del CO2”, como se lo llamaba entonces, como un argumento más de por qué el camino nuclear era el correcto. Eso no pasó realmente de la misma manera en Estados Unidos. Pero hay, sin dudas, una suerte de conservadurismo de fondo que parece haber atravesado a la comunidad científica estadounidense, por razones que, para mí, siguen siendo en cierta medida inexplicables hasta hoy.

“Los mercados de carbono son un desarrollo notable que solo pudieron surgir en los 80 y 90.”

—¿Qué papel jugaron las instituciones científicas y regulatorias del propio Estado, organismos como la Agencia de Protección Ambiental, paneles asesores, el propio Departamento de Energía, en consolidar la adaptación como respuesta oficial? ¿Fueron el motor de esa lógica, o simplemente terminaron ejecutando una decisión que ya se había tomado en otro lado?

—Una de las cosas interesantes de cómo se recibe por primera vez el tema climático en Estados Unidos es que, inicialmente, la agencia federal encargada de pensar cómo podrían ser las políticas es el Departamento de Energía, como usted mencionó. No es la Agencia de Protección Ambiental. Así, desde el principio, ya hay una relación conceptual muy estrecha entre la política energética y el problema del CO2. Cuando el Departamento de Energía piensa en el horizonte de lo posible en materia climática, lo piensa en gran medida a través del prisma de la política energética. Pero ya a comienzos de los años 80 vemos grandes informes elaborados por la Agencia de Protección Ambiental y por la Academia Nacional de Ciencias. Y ambos adoptan modelos energéticos que muestran que, en la práctica, a menos que se prohíba el carbón, no vamos a poder hacer mucho más que postergar el cambio climático unos 20 años. En ese momento, el prisma a través del cual estos científicos y expertos piensan el tema climático es, en realidad, el carbón. Y piensan, mirando el panorama global, que Estados Unidos, la Unión Soviética y China son todas grandes superpotencias del carbón. Desde su perspectiva, la idea de que estas superpotencias del carbón renunciaran voluntariamente a un recurso que para ellas era abundante resultaba algo fantasiosa, casi risible. Así que, visto desde ahí, es bastante notable. En 1983, la Agencia de Protección Ambiental elabora un informe que pinta un panorama verdaderamente sombrío de cómo será el cambio climático. Y, al mismo tiempo, concluyen en lo fundamental que no hay mucho que el mundo pueda hacer al respecto, salvo empezar a intentar adaptarse.

—Los incendios forestales, las olas de calor y los eventos climáticos extremos son hoy más frecuentes e intensos que en cualquier otro momento desde que comenzó su investigación. ¿Qué cambia, en términos de política climática, cuando el riesgo deja de ser una proyección a futuro y se convierte en una experiencia cotidiana para cada vez más gente?

—Es bastante notable. Y quiero subrayar que, desde la perspectiva de 1979, el tipo de eventos climáticos que estamos viviendo hoy eran muy difíciles de anticipar. En 1979 todavía había una idea, no quiero decir difusa, pero sí bastante general de cuáles iban a ser los impactos del cambio climático. Las olas de calor sin dudas figuraban en la lista, y quizás algunos científicos sospechaban que íbamos a tener tormentas más intensas. Pero no creo que hubiera ninguna noción de que lo que vivimos hoy iba a convertirse efectivamente en nuestra realidad. Es bastante notable que hoy el clima sea una noticia cotidiana. Es una pregunta importante que se plantea después de los eventos climáticos extremos, o incluso mientras ocurren: ¿cuál es la relación entre el evento en sí y el cambio climático? Y creo que hoy el clima es, de algún modo, una fuerza política por derecho propio. Atraviesa todo, y pone en evidencia hasta qué punto, por ejemplo, nuestros sistemas de preparación para desastres y nuestros programas de políticas ante desastres no están preparados para este nivel de daño y de intensidad extrema. Hoy hay, sin dudas, una nueva percepción de que el cambio climático ya llegó. Ya no es, de ninguna manera, algo que pertenezca al futuro.

“En EE.UU. hay una relación muy estrecha entre la política energética y el problema del CO2.”

—En una columna que usted publicó en “The Guardian”, sostiene que la adaptación climática no es un problema técnico sino que está atravesada por “luchas políticas en curso”. Si eso es así, ¿por qué buena parte del debate público sigue tratándola como si fuera, ante todo, una cuestión de ingeniería, de diques, de semillas resistentes a la sequía, sistemas de alerta temprana, y no de poder?

—Creo que es bastante interesante que la adaptación haya sido tratada realmente como un problema técnico, como un problema que solo se va a debatir en foros internacionales, como las cumbres anuales de las COP. Y muchas veces esos debates giran, en realidad, solo en torno a la cuestión del dinero y el financiamiento, y a cuánto va a pagar el Norte global por proyectos de adaptación en el Sur global. Pero creo que eso pierde de vista lo central, que es que, en primer lugar, el cambio climático afecta a todos los países, no solo al Sur global. Y en segundo lugar, hay cuestiones políticas reales en juego en las decisiones que tomamos cuando nos adaptamos. Creo que hay conversaciones muy importantes que no se están dando sobre, por ejemplo, el trabajo y la protección de los trabajadores, ya sean trabajadores que trabajan durante una ola de calor o trabajadores que no tienen aire acondicionado en sus lugares de trabajo. Pienso todo el tiempo, en Nueva York, donde vivo, en estos trabajadores de Amazon que hacen turnos de 12 horas con calor extremo, y en el hecho de que realmente se hizo muy poco para pensar en la necesidad de protecciones laborales. Entonces, una esperanza de cara al futuro es que el movimiento climático empiece a verse a sí mismo mucho más alineado con las cuestiones convencionales o tradicionales de la economía política, en lugar de seguir por el camino de un encuadre más técnico, tecnocrático.

—El Protocolo de Kioto, firmado en 1997, casi dos décadas después de la crisis del 79, fue uno de los pocos intentos serios de instalar la prevención como política vinculante a escala global. ¿Por qué cree que, aun así, terminó siendo un fracaso relativo: porque llegó demasiado tarde, porque la lógica de adaptación ya estaba demasiado arraigada, o por otra razón?

—Desde el principio, una vez que el mundo decidió que efectivamente iba a intentar organizarse en torno a una convención climática global, la pregunta siempre fue si esa convención sería vinculante o no, si tendría plazos y metas obligatorios. Europa había sido muchas veces una firme impulsora de plazos y metas, mientras que Estados Unidos siempre sostuvo que un tratado vinculante sería políticamente inviable de entrada. En 1992, cuando se crea por primera vez la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, ese es un enorme punto de debate, y es conocido que George H. W. Bush solo acepta firmarla después de que los negociadores se aseguran de que no haya ninguna mención a plazos y metas vinculantes en el marco de negociación. En 1997, el Protocolo de Kioto, que es el primer gran tratado que surge de esa convención marco, sí incluye, por supuesto, compromisos vinculantes, y se vuelve políticamente inviable en Estados Unidos. El Senado de Estados Unidos lo rechaza por 97 votos a cero, y así Estados Unidos no lo adopta. Desde esa perspectiva, se volvió, no quiero decir que nació muerto, pero sí mucho menos poderoso de lo que habría sido si el mayor emisor del mundo hubiera adherido a ese tratado. Parecía destinado, en definitiva, a tener muy poco impacto.

—¿Es posible pensar que un sistema democrático, con mandatos de pocos años y elecciones que premian resultados inmediatos, esté estructuralmente mal diseñado para abordar un problema que se mide en generaciones?

—Pienso mucho en eso. Creo que la política reciente ha sido realmente prometedora, y acá donde vivo, en Nueva York, tuvimos la reciente alcaldía que ganó Zohran Mamdani. Lo que fue realmente entusiasmante de la campaña de Mamdani es que, en realidad, estaba planteando un argumento de manera implícita: enmarcaba su agenda de accesibilidad económica a través del prisma de la política climática. Y tiene mucho sentido. Si lográs que más gente pueda quedarse a vivir en Nueva York, donde hay viviendas de alta densidad, un transporte público fantástico y muy poca necesidad de usar el auto en el día a día, si lográs que la gente pueda seguir viviendo en Nueva York y no tenga que mudarse a los suburbios, donde la vida es más barata pero mucho más intensiva en carbono, entonces, implícitamente, ya planteaste algún tipo de política climática. Creo que ese es, de hecho, un camino prometedor cuando pensamos en cómo enfrentar lo que parece ser el cortoplacismo de la política democrática. El tema no tiene por qué venderse con grandes luces de neón, del tipo “esto es una política climática”, sino que creo que hay maneras en que las cuestiones políticas del día a día, las del bolsillo, son en realidad también, implícitamente, cuestiones climáticas, como la campaña de Mamdani demostró de forma muy convincente.

 

—Su próximo libro, todavía en proceso, llevará como título de trabajo “The Perils of Prevention: Climate Politics from the Age of Oil to the End of History”, un guiño evidente al “fin de la historia” de Fukuyama. Fukuyama proclamó el triunfo definitivo del capitalismo liberal casi en el mismo momento en que, según su propia investigación, el mundo ya había resuelto en silencio no prevenir el cambio climático sino simplemente adaptarse a él. ¿Es posible pensar que esa pretendida “victoria final” de Occidente y esa resignación climática temprana son, en el fondo, la misma historia contada dos veces?

—Gracias por mencionar el título de mi libro. Es el título de trabajo, pero lo del “fin de la historia” es, de hecho, bastante significativo para el argumento que quiero plantear. Porque, como decía antes sobre el hecho de que la prevención efectivamente termina imponiéndose, creo que hay una relación muy estrecha entre el “fin de la historia”, el triunfo del internacionalismo liberal, y el surgimiento del régimen de prevención. De hecho, para mí no es casualidad que en 1991 se derrumbe la Unión Soviética y que seis meses después el mundo esté ratificando lo que se convierte en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Creo que están profundamente relacionados. Y, de hecho, actores de la época hacían explícita esa conexión: decían que, ahora que la Guerra Fría había terminado, quedaba una especie de vacío, un vacío geopolítico, político y económico, y que quizás todos los recursos que antes se habían destinado a la lucha contra el comunismo, la política de ciencia y tecnología, las decisiones de ayuda exterior, las relaciones internacionales, todas esas cuestiones que supuestamente ya habían sido resueltas por la democracia liberal, podían ahora orientarse a combatir el cambio climático. Ese es un argumento central que, por ejemplo, planteaba Al Gore a comienzos de los 90. Y en ese momento había un optimismo genuino. En mi investigación encontré que los países de Europa occidental sostenían que lo que necesitábamos para enfrentar el cambio climático era, en realidad, una nueva institución de la ONU con autoridad supranacional, que fijara límites de emisiones de CO2 y que además tuviera el poder de imponer sanciones a los gobiernos que no los cumplieran. Y esos gobiernos reconocían explícitamente que una institución así implicaría ceder un poco de soberanía. Creo que hay ahí un verdadero momento de entusiasmo, de energía, en torno a la idea de que podían estar surgiendo, en efecto, nuevas formas de política por fuera de nuestras concepciones tradicionales de la soberanía, y de que prevenir el cambio climático iba a ser el primer gran triunfo del nuevo orden internacional liberal surgido tras el fin de la Guerra Fría.

—La administración Trump promueve abiertamente la consigna “drill, baby, drill”, en un momento en que la evidencia científica del cambio climático es más contundente que nunca. ¿Cómo entiende, desde su investigación histórica, que el negacionismo climático no solo sobreviva sino que vuelva a ser bandera de política de Estado medio siglo después de que la ciencia ya diera la alarma?

—Lo notable hoy en día es que Estados Unidos realmente parece estar viviendo en el siglo XX. Y el desarrollo más notable de los últimos 10 o 15 años es el ascenso de China. Creo que es muy importante mencionar que China se convirtió en el gran exportador mundial de tecnologías de energía limpia y renovable. Mientras tanto, acá en Estados Unidos, todavía nunca vi un BYD. Hay una especie de cierre nacionalista del mercado acá en Estados Unidos, de modo que, en muchos sentidos, seguimos por este camino de los combustibles fósiles, mientras que, en realidad, es China la que está llevando estas nuevas tecnologías incluso a lugares como la Argentina, donde por supuesto están teniendo su propio impacto en el mercado automotor y en otros mercados. Quiero ser clara en eso. Pero creo que, si hay un aspecto de todo esto que nadie habría podido prever desde la perspectiva de 1979, es el surgimiento de China como una especie de gigante verde para el mundo.

“EE.UU. nunca tuvo una política climática coherente, ni en la prevención ni en la adaptación.”

—¿Es esta una historia particularmente estadounidense, ligada a su relación específica con el petróleo y la energía, o encuentra la misma lógica de pesimismo-devenido-negacionismo en otros países que atravesaron la crisis del 79?

—El pesimismo de los años 70 es, en gran medida, un fenómeno marcadamente estadounidense, de maneras que a mí, como historiadora, me siguen resultando notables. Pero, como mencioné antes, creo que podemos empezar a explicarlo a través del prisma de la política energética, recordando que en Estados Unidos asegurar el acceso continuo a combustibles fósiles baratos era realmente el objetivo político del momento, mientras que en otros lugares había algo más de experimentación. Hubo transiciones hacia combustibles alternativos. También había interés en desarrollar la energía solar. Y así podemos ver una relación estrecha, al menos en el Norte global, entre si un país es exportador o importador de petróleo y cuán pesimista u optimista es respecto de las posibilidades de prevenir el cambio climático.

—Hoy se repite, en boca de muchas empresas tecnológicas, la promesa de que la inteligencia artificial va a resolver o acelerar la solución a la crisis climática. ¿Reconoce en esa promesa la misma lógica de posponer la acción presente en nombre de una futura salida técnica que identificó en el negacionismo climático?

—Es una gran pregunta. Sin dudas, el tecnooptimismo fue siempre un hilo conductor en la historia de la política climática. Y en muchos casos hubo una comprensión, o una imaginación, bastante ingenua de en qué consisten las transiciones energéticas. Los científicos, cuando imaginaban lo que haría falta para la transición, la vieron realmente a través de un prisma principalmente técnico, más que político y económico. Además, tengo un colega en Francia, Jean-Baptiste Fressoz, que escribió un libro sobre esta idea de la transición energética, y sostiene con firmeza que la manera en que se usó la noción de transición energética en el movimiento político climático funciona, en gran medida, como una táctica dilatoria. Es imaginar que, una vez que existan las tecnologías para una transición energética, los mercados van a empezar a hacer la transición espontáneamente porque esas tecnologías van a ser más eficientes, etcétera. Hay una ceguera respecto de la dimensión política de ese tipo de transiciones. En cuanto a las promesas de la industria tecnológica, todavía no vi grandes avances en lo que hace a la promesa de resolver el cambio climático con inteligencia artificial. Lo que realmente me preocupa es la intensidad energética de las tecnologías de IA y de los centros de datos. Y además, acá en Estados Unidos, ahora hay muchas startups que están innovando en el campo nuclear, intentando inventar nuevas fuentes de energía para esos centros de datos. Pero parece que, desde una perspectiva energética integral, estamos yendo decididamente en la dirección equivocada, en parte por la IA.

—La COP30 de Belém, el año pasado, fue presentada oficialmente como “la COP de la adaptación”, con su resultado central siendo un nuevo sistema de indicadores para medir el progreso en adaptación climática, mientras el financiamiento para la prevención y la reducción de emisiones quedó nuevamente relegado. ¿Qué lee en ese giro: la confirmación institucional, medio siglo después, de la misma lógica que investiga en los orígenes de la política climática?

—Es una buena pregunta. Creo que todo financiamiento para la adaptación que surja de las cumbres de la COP, sea cual sea, es bienvenido. Y al mismo tiempo, como usted mencionó, parece que ese dinero llega a costa de los programas de reducción de emisiones. Lo que siempre me resultó interesante es que la adaptación estuvo muchas veces estrechamente ligada a los argumentos a favor del desarrollo. Y hoy en día, la adaptación suele ser una especie de nueva palabra para lo que en realidad son iniciativas de desarrollo económico. Entonces, desde la óptica de la filantropía liberal, la adaptación es una nueva manera de justificar proyectos que ya se están financiando en lugares como Bangladesh. Y eso, de hecho, también fue históricamente así con los proyectos de prevención. Una de las principales vías con las que el Protocolo de Kioto de 1997 iba a impulsar la reducción de emisiones de carbono era el llamado Mecanismo de Desarrollo Limpio, un programa mediante el cual los países ricos financiaban proyectos de reducción de CO2 en países más pobres. Y eso funcionaría a la vez como una forma de desarrollo, de innovación y de creación de nuevos empleos. Casi todos esos proyectos terminaron fracasando estrepitosamente, sin lograr el impacto que se esperaba de ellos.

—Usted ha escrito sobre cómo el capitalismo desperdició décadas clave fijándose en el “riesgo” climático mientras a la vez lo minimizaba. Hoy las aseguradoras se retiran en masa de California y Florida, calculando ese mismo riesgo con total precisión, pero para dejar de cubrirlo en lugar de prevenirlo. ¿Cómo interpreta el rol de las aseguradoras en esta nueva etapa de la crisis climática?

—Creo que durante muchos años existió la idea de que las aseguradoras iban a ser, en realidad, las impulsoras fundamentales de la política climática. Las aseguradoras, en muchos sentidos, han sido motores importantes de las políticas públicas en lo que respecta a la gestión del riesgo. Podemos pensar en los cinturones de seguridad en los autos, o incluso en la obligación de tener seguro automotor para poder circular por las rutas en Estados Unidos. Y en ese sentido, creo que había cierta expectativa de que las aseguradoras iban a ser, efectivamente, las que empujaran a Estados Unidos y a otros países a implementar protecciones significativas para reducir el CO2. Eso no pasó, por distintas razones. Una de ellas es que la industria de los seguros funciona, en realidad, con un horizonte de un año: tu póliza se renueva todos los años, y los riesgos de un evento climático muchas veces eran de uno en cien. Desde la perspectiva de las aseguradoras, recién hace muy poco tuvieron que incorporar a sus precios el costo de que este tipo de desastres ocurra de forma habitual. Ahora estamos viendo una situación realmente desafortunada, en la que las compañías de seguros privadas están dando de baja a propietarios que compraron casas que hoy quedaron en zonas de alto riesgo. En Estados Unidos la vivienda propia es uno de los principales medios para acumular patrimonio. Entonces, cuando el valor de las propiedades se ve amenazado por la retirada de las aseguradoras, eso representa una amenaza seria para uno de los principales activos económicos del estadounidense común. En California y Florida, empezamos a ver que los propios estados intervienen como una suerte de aseguradores de última instancia y crean mercados públicos de seguros. Pero sin dudas hay mucha preocupación sobre qué tan sostenibles son estas situaciones, estos esquemas, y cuánto tiempo más pueden mantenerse solventes.

—En casos como “Juliana vs. Estados Unidos”, jóvenes demandaron al gobierno por no proteger su futuro frente al cambio climático. ¿Qué representa, en términos históricos, que sea la generación más joven la que empieza a litigar contra las mismas decisiones de adaptación que investiga en su libro?

—Es un ángulo muy interesante el del caso “Juliana contra Estados Unidos”. Y plantea realmente esta pregunta: ¿qué les debe un gobierno a las generaciones futuras, y hasta qué punto tiene que garantizar un clima estable para ellas? Siempre apoyo estas iniciativas legales. Lamentablemente, hasta ahora no lograron demasiado avance, pero siempre mantengo la esperanza.

NEGACIONISMO CLIMÁTICO. “Es una historia falsa, había enormes intereses ligados a los combustibles fósiles que se unieron para sembrar dudas sobre el consenso científico y frenar toda acción política”. (FOTO HELENA OBREGON)

—En la Argentina de hoy se discuten cambios profundos a las leyes sobre recursos naturales, en nombre del desarrollo y la urgencia económica. ¿Reconoce en ese debate los mismos dilemas entre desarrollo energético y riesgo climático que investiga en su trabajo sobre Estados Unidos?

—Definitivamente. El desarrollo económico y las promesas de reducción de la pobreza parecen haber chocado históricamente, siempre, con los argumentos a favor de proteger el clima. Realmente parece que recién en los últimos años empezamos a pensar la accesibilidad económica y el crecimiento a través de lo que mencionaba antes, el prisma de Mamdani: verlos como alineados en lugar de opuestos. Pero sin dudas eso fue siempre un gran temor de los científicos que estudio; no un temor, sino más bien una preocupación: que si el Norte global llegaba y planteaba que Brasil tenía que dejar de talar su selva tropical en nombre de proteger el clima, eso iba a derivar, sin dudas, en acusaciones de neocolonialismo. De hecho, en los años 90, mi investigación muestra que ONG de lugares como la India acusaban efectivamente a ONG del Norte global de practicar colonialismo ambiental porque el Norte global intentaba reformular el cambio climático como algo a lo que todos los Estados habían contribuido en distinta medida, en lugar de adoptar un enfoque más histórico. Esta fue siempre una pregunta latente para quienes piensan seriamente en cuál podría ser el horizonte de lo políticamente posible en materia climática, y en cómo conciliar las demandas legítimas de desarrollo económico con la necesidad de proteger el clima.

—La disrupción del comercio de petróleo por el Estrecho de Ormuz en el marco de la guerra entre Estados Unidos e Irán volvió a poner la seguridad energética en el centro de la agenda geopolítica mundial. ¿Por qué una crisis energética puntual alcanza, una y otra vez, para reactivar la vieja tensión entre independencia energética y riesgo climático que usted investiga, como si nunca se hubiera resuelto?

—Es una buena pregunta. En algunos aspectos, se siente como si estuviéramos viviendo de nuevo los años 70, alto costo de vida, el petróleo en las noticias todos los días, los precios del petróleo en las noticias. Y uno se pregunta cuál será el gran punto de quiebre. Creo que también deja ver que la política energética es mucho más que una política energética nacional. También tiene que ver con las rutas marítimas y la economía global. Y en ese sentido, uno puede tener todas las tecnologías renovables del mundo, pero igual va a sentir las consecuencias de este tipo de choques geopolíticos.

—Usted ha señalado que la izquierda históricamente rechazó la geoingeniería por asociarla a una utopía tecnocapitalista sin política ni regulación. ¿Cuánto de ese rechazo sigue siendo, a su juicio, una posición principista y cuánto una comodidad ideológica que ya no alcanza?

—En cierto modo, creo que el momento de la geoingeniería ya pasó, lo cual es realmente interesante. Y quizás no sea algo malo. Lo digo porque la geoingeniería siempre fue esta promesa de restaurar el clima de maneras que, en la práctica, son tecnológicamente imposibles, según de qué tecnologías se trate, ya sea la gestión de la radiación solar o un proceso llamado BECCS (N. del E.: bioenergía con captura y almacenamiento de carbono). Estas tecnologías siguen, hasta hoy, en 2026, sin estar probadas, y además son muy difíciles de lograr, en parte porque ellas mismas son tecnologías que consumen mucha energía. Cómo no solo compensar las emisiones que implica hacer funcionar estas tecnologías, sino además sacar efectivamente el CO2 de la atmósfera, en sentido figurado y literal, es una pregunta real para estas industrias. Creo que cuanto más empiece el mundo a conversar sobre estrategias de reducción de emisiones que estén por fuera de este marco tecno optimista, mejor.

 “Hay cuestiones políticas reales en juego en las decisiones que tomamos cuando nos adaptamos.”

—El “Financial Times” reveló que un grupo de empresarios tecnológicos está construyendo en Argentina, cerca de las reservas petroleras de la Patagonia, un refugio privado y autosuficiente para sobrevivir a un eventual colapso climático o económico. ¿Qué lugar ocupa un fenómeno así en la genealogía que usted traza en su libro, es una forma extrema, casi caricaturesca, de esa misma lógica de adaptación por sobre prevención que identifica en los orígenes de la política climática, o es algo cualitativamente distinto?

—Con los magnates tecnológicos comprando búnkeres en la Argentina, creo que están imaginando un futuro sin futuro. Y eso es algo fundamentalmente distinto de la visión que tenían los científicos que estudio. Puede que los científicos fueran pesimistas, pero seguían creyendo que las sociedades iban a seguir existiendo, que las estructuras políticas iban a mantenerse en pie. Sin dudas no estaban imaginando ningún escenario apocalíptico en el que todo colapsara de repente. Y creo que es realmente desafortunado que la preocupación por el clima haya quedado tan ligada a esta idea de que va a provocar el apocalipsis, porque eso nos impidió tener una conversación más significativa sobre valores políticos, costos y beneficios. En ese sentido, esta suerte de mentalidad de búnker de los magnates tecnológicos queda, en el fondo, por fuera del tipo de análisis histórico que yo hago. Es algo muy distinto. Es muy oscuro y muy triste.

 

Producción: Sol Bacigalupo.