en presente continuo

Lilia Lemoine: entre el personaje, la política y la imposibilidad de desaparecer del todo

De los trabajos invisibles al cosplay, de ahí a las redes y luego a la política; su recorrido no responde a una lógica de ascenso, sino a una lógica de exposición: hacerse visible, sostener esa visibilidad, incluso cuando el costo es el conflicto permanente. En esa mezcla de performer, influencer y diputada, donde lo privado y lo público se confunden sin esfuerzo, emerge una figura que incomoda porque no se deja fijar. Más que una biografía, la suya se parece más a una secuencia abierta, una insistencia en estar, en decir, en batallar, en ocupar un lugar que no termina de definirse, pero que tampoco se disipa.

Lilia Lemoine Foto: Cedoc

Algunas biografías avanzan en línea recta. Nacen, crecen, se ordenan, se explican. Y después están otras, como la de Lilia Lemoine, que parecen escritas al margen, en los bordes de la página, con una letra apurada que no siempre se deja leer del todo.

Nació en 1980, en José León Suárez, en una familia que no tenía nada de extraordinario salvo, quizá, ese detalle mínimo –y sin embargo decisivo– de las genealogías: una mezcla de ascendencias, un padre policía, una madre cuyo apellido terminaría siendo el elegido.

Lemoine con Karina Milei.

Hay algo en ese gesto –usar el apellido materno– que podría leerse como una forma de corregir el relato, o, si se quiere, de escribirlo de nuevo.

No terminó la universidad. Entró a Ingeniería, se quedó unos años, y después abandonó. Como si la línea recta no fuera lo suyo.

No terminó la universidad. Entró a Ingeniería, se quedó unos años y abandonó.

Durante un tiempo trabajó en lo que hoy llamaríamos trabajos invisibles: atención al cliente, tecnología, soporte. Después vino otra cosa. A los 29 años empezó a disfrazarse. O mejor: a construir personajes. El mundo del cosplay –esa zona donde la identidad se vuelve maleable– le dio algo que la vida anterior no tenía: visibilidad.

Ahí empezó a hacerse conocida. Primero como figura de nicho, después como algo más difuso: influencer, performer, alguien que entiende que la exposición no es un accidente, sino un modo de vida. En sus redes –donde se presenta como “influencer, IT girl, activista libertaria y cosplayer”–, la identidad no es fija, sino una suma de capas.

El pasaje a la política no fue un salto, sino un corrimiento. O mejor, un deslizamiento. En 2019 aparece cerca de José Luis Espert como candidata. No gana. Pero se queda.

Después, el encuentro con Javier Milei –a quien no solo acompaña políticamente, sino también como maquilladora, asesora de imagen, incluso como presencia escénica– termina de consolidar un rol: el de alguien que no está detrás, ni arriba ni abajo, sino al costado, lo suficientemente cerca como para ser parte del cuadro y obligar a los comentadores a escribir su nombre en el epígrafe.

En 2023 llega al Congreso como diputada nacional. Y ahí, en teoría, debería empezar otra etapa. Más institucional, más previsible. Pero no.

Porque si algo caracteriza su trayectoria es la persistencia del conflicto como forma de existencia pública.

Antes de la política formal ya había episodios: aquel escrache en el mundo cosplay que terminó con intervención judicial; la escena de los huevos contra un móvil de televisión; los videos virales donde mezcla provocación y teoría conspirativa.

Después, ya dentro del Congreso Nacional, las cosas no se ordenan: declaraciones polémicas, proyectos discutidos –como la idea de que los hombres puedan renunciar a la paternidad–, enfrentamientos con colegas, denuncias cruzadas, interrupciones en sesiones.

Y siempre, alrededor, las redes. Como un segundo recinto donde todo continúa. O tal vez donde todo empieza.

Hay algo en su figura que incomoda porque no termina de encajar. No es solo política, no es solo influencer, no es solo performer. Es, en todo caso, una combinación de esas cosas, pero sin síntesis. Como si la coherencia fuera una expectativa ajena.

En los últimos años, su nombre aparece asociado a una serie de controversias: desde declaraciones sobre salud, minorías o adversarios políticos, hasta enfrentamientos públicos –como los que mantiene con Marcela Pagano dentro y fuera del recinto, ver recuadro– que convierten la escena política en algo más cercano a una secuencia continua de episodios.

Pero quizá lo más interesante no sea la acumulación de hechos, sino el tono. Esa forma de intervenir que parece ignorar la idea misma de límite. Como si todo pudiera decirse, siempre.

Hay, en esa insistencia, algo deliberado. Una comprensión, tal vez intuitiva, de que en el presente la visibilidad no se administra, sino que se sostiene.

En 2023 llegó al Congreso como diputada. Y ahí, en teoría, debería empezar otra etapa.

Y entonces la biografía deja de ser un relato y se convierte en otra cosa. En una sucesión de escenas que no buscan cerrar, ni explicar, ni siquiera justificar.

Lilia Lemoine, en ese sentido, no es un personaje que evoluciona. Es un personaje que insiste. Y esa insistencia –más que cualquier dato, más que cualquier episodio– es lo que termina definiéndola.

Diputada. Lo que caracteriza la trayectoria de Lemoine es la persistencia del conflicto como forma de existencia.

Y tal vez ahí esté la clave: no en lo que hace, sino en la manera en que permanece. Como si cada intervención, por mínima o excesiva que sea, respondiera a una lógica de continuidad, a la necesidad de no desaparecer del todo. En un ecosistema donde el olvido es casi inmediato, insistir se vuelve una forma de supervivencia.

Hay algo, también, en esa figura que parece adelantarse a su propia caricatura. Como si supiera que será leída en clave de exceso y, en lugar de corregirlo, decidiera acentuarlo. No como error, sino como estilo. Una especie de hiperconciencia de la escena: saber que todo es observado y, aun así –o precisamente por eso–, redoblar la apuesta.

Ahora, luego del escándalo con Marcela Pagano, el oficialismo logró constituir la comisión de Juicio Político en Diputados y puso a la leal Lilia Lemoine a presidirla. Y ya hay al menos seis proyectos presentados para investigar por mal desempeño a Javier Milei, pero la oposición no tiene número para avanzar.

 

Lemoine-Pagano: pelea en el barro

Algunas peleas nacen de una idea. Otras, de un malentendido. Y después están estas: las que parecen no necesitar motivo.

Lo de Marcela Pagano y Lilia Lemoine tiene algo de serie mal escrita: episodios repetidos, diálogos cada vez más exagerados, y esa sensación de que nadie recuerda muy bien cómo empezó todo. 

Antagonista de Lemoine: con la diputada Marcela Pagano no se pueden nivel

Primero fueron las redes. Se acusaron de todo: desde deslealtades políticas hasta cuestiones íntimas, pasando por desafíos públicos a hacerse análisis médicos, insinuaciones personales y esa costumbre contemporánea de convertir la vida privada en munición de uso inmediato.

Después vino el Congreso, que debería ser otra cosa, pero a veces se parece demasiado a las redes. Se filmaron, se insultaron, se empujaron, se acusaron. 

Y en el medio, las publicaciones cruzadas: capturas de chats, amenazas veladas, frases que no buscan convencer a nadie, sino lastimar. Una de esas discusiones incluyó aquello de la “pastillita psiquiátrica”, renunciar definitivamente a cualquier elegancia.

Uno podría pensar que en algún momento una de las dos va a decir basta. Que una de las dos va a cansarse. Pero no. Lo que ocurre es lo contrario: cada cruce parece necesitar el siguiente, como si se alimentaran.

Y entonces aparece la idea de ordenar un poco las cosas. Un ring. O mejor: barro. Porque el barro tiene algo honesto. No permite disimular nada. No hay filtros, no hay edición, no hay posibilidad de recortar el video para subirlo después a Instagram o a TikTok con música de fondo. El barro es inmediato, físico, definitivo. Ahí sí: sin tuits, sin stories, sin captions ingeniosos. Solo dos personas que, por una vez, tendrían que resolver su conflicto sin espectadores intermediados por una pantalla.

Tal vez sea eso lo que molesta de estas peleas: que nunca terminan de ocurrir del todo. Siempre están mediadas, diferidas, amplificadas. Nunca llegan al punto en que algo se resuelve, aunque sea mal.

El barro, en cambio, tiene una virtud antigua: obliga a terminar.