El jabalí ya causa una invasión ecológica grave y silenciosa
Llegaron desde Europa hace más de un siglo como animales destinados a la caza deportiva. Escaparon, se reprodujeron y hoy prácticamente ocuparon todas las regiones del país donde podrían vivir. Se estima que ya habría unos 4 millones. Dañan cultivos, silobolsas, y alteran ecosistemas.
Todo comenzó con unas pocas parejas llegadas desde Europa. Más de un siglo después, sus descendientes –muchos cruzados con cerdos domésticos– protagonizan una de las invasiones biológicas más difíciles de controlar de la Argentina.
El jabalí europeo se extendió por buena parte del territorio, genera daños millonarios al agro y plantea riesgos ambientales, sanitarios y viales. Las estimaciones científicas sugieren que su población rondaría actualmente los 4 millones de ejemplares.
Su historia argentina comenzó hacia 1905, cuando fue introducido en la actual Reserva Provincial Parque Luro, La Pampa, para cotos de caza. Luego llegó a la cordillera y otras regiones. Algunos animales escaparon y encontraron condiciones ideales para reproducirse.
“Son los famosos jabalíes de las historietas de Astérix y Obélix”, explicó a PERFIL Francisco Pescio, docente de la Facultad de Agronomía de la UBA. Su extraordinaria adaptación, sumada a la disponibilidad de agua, pocos predadores y abundante alimento, favoreció la expansión. La agricultura aportó además cereales, granos almacenados y cultivos. Según Pescio, ya habrían ocupado gran parte del territorio ambientalmente apto y ahora crece, sobre todo, su densidad poblacional.
Hoy hablar de “jabalí” es una simplificación: muchos ejemplares tienen distintos grados de hibridación con cerdos domésticos y son conocidos también como “chanchos cimarrones”. Omnívoros y oportunistas, avanzan incluso sobre áreas productivas y periurbanas.
Para el campo, el impacto es considerable. Una estimación citada por Pescio calcula daños directos de entre US$ 1.300 millones y US$ 1.600 millones anuales, por pérdidas en cultivos, silobolsas e infraestructura. A eso se suma un costo ambiental difícil de cuantificar. Al hozar en busca de raíces, semillas e invertebrados remueven el suelo y modifican los ecosistemas.
En la Patagonia, por ejemplo, consumen semillas de araucaria y afectan los renovales. También pueden alterar comunidades de hongos y condiciones del suelo. El jabalí está considerado entre las especies exóticas invasoras más problemáticas a escala global.
Existen otros riesgos. Aunque suelen evitar a las personas, pueden atacar si se sienten amenazados. También provocan accidentes viales: una piara que irrumpe en una ruta representa un peligro serio, especialmente porque un ejemplar adulto puede rondar los 100 kilos.
Controlarlos tampoco es sencillo. Son animales capaces de aprender y evitar trampas. Y la caza abre otro desafío: qué hacer con la carne. Existe riesgo de triquinosis, por lo que hacen falta controles sanitarios, faena habilitada, cámaras de frío y trazabilidad.
En este sentido, Pescio propone desarrollar una cadena formal de carnes, chacinados y conservas. Una experiencia en el Parque Nacional El Palmar permitió durante años controlar animales, generar ingresos locales y destinar parte de la carne, debidamente controlada, a comedores.
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