La enfermedad que está a la vista pero no se ve: dos de cada tres personas con obesidad no están diagnosticados
Un estudio realizado entre 320 pacientes del Hospital de Clínicas de la UBA encontró que ocho de cada diez presentaban obesidad, pero apenas el 36% había recibido previamente ese diagnóstico. Los médicos proponen incorporar peso, talla y circunferencia de cintura a las consultas habituales.
Es paradójico: una enfermedad que está “a la vista” y, sin embargo, en un alto porcentaje se queda afuera, por muchos años, del diagnóstico médico. Esto surge de un relevamiento reciente sobre obesidad, realizado por especialistas del Hospital de Clínicas de la UBA.
En ese trabajo evaluaron a 320 personas y ocho de cada diez presentaron obesidad. Pero apenas el 36% de ese grupo tenía previamente el diagnóstico hecho por un médico o nutricionista. En otras palabras, casi dos de cada tres no sabían formalmente que la padecían.
El dato es clave porque no es solamente unos “kilos de más”. Entre los participantes, el 40% mostraba riesgo “alto” o “muy alto” de sufrir un evento cardiovascular; el 36% tenía hipertensión; 34%, hígado graso; 31%, osteoartrosis; 30%, dislipemia y 19%, diabetes.
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Además, casi seis de cada diez tuvieron valores elevados de presión arterial durante la consulta y al 35% se le encontró fibrosis hepática significativa. Es decir, que detrás de una enfermedad no diagnosticada ya estaban avanzando otras alteraciones graves.
“Casi dos tercios de las personas con obesidad detectada nunca habían sido informadas de que tenían esta enfermedad. Y eso refuerza la necesidad de que desarrollemos estrategias activas de detección de esta condición”, le explicó a PERFIL la doctora Pilar Quevedo, jefa de la División Nutrición del Hospital de Clínicas.
EXPERTAS. Pilar Quevedo y Gabriela Radosta, médicas del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires.
Según Quevedo y la médica especialista en Nutrición Gabriela Radosta, esto se relaciona con una falla “multifactorial y sistémica”: durante décadas, buena parte de la medicina consideró a la obesidad como una consecuencia del “estilo de vida” y no como una enfermedad crónica, multifactorial y compleja, como actualmente se la define.
Y persiste el estigma. Algunos profesionales evitan usar el término “obesidad” para no incomodar al paciente. A eso se suma un problema de registro: mientras hipertensión, diabetes y otras patologías crónicas fueron históricamente consignadas en las historias clínicas, la obesidad quedó subregistrada.
Mediciones que pueden encender la alarma
La contradicción es que iniciar la búsqueda no requiere necesariamente tecnología sofisticada. “Con una medición simple de peso, talla y cintura a cargo de un clínico generalista, ya es posible tener el diagnóstico y empezar a atenderla”, señaló Quevedo.
Los especialistas aclaran que estas variables permiten realizar un tamizaje inicial rápido, económico y accesible, aunque los estudios de composición corporal ofrecen mayor precisión diagnóstica.
La cinta de medir, de hecho, puede aportar buena información. En la experiencia del Clínicas, considerando solamente el Índice de Masa Corporal (IMC) la prevalencia de obesidad era del 72,7%. Al incorporar la grasa abdominal, ascendió al 89,7%. “No medir cintura es una omisión que nos hace perder la oportunidad de diagnosticar la enfermedad y el riesgo cardiometabólico”, explicaron. En el relevamiento, el 90% presentó un riesgo cardiovascular “muy aumentado” según su perímetro de cintura.
El escenario local forma parte de un fenómeno mucho mayor. El World Obesity Atlas 2025, de la World Obesity Federation, estima que el 39% de los adultos argentinos vive con obesidad y que el 73% presenta un IMC elevado.
Este problema comienza temprano. Según la Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud, el 41,1% de los chicos y adolescentes argentinos de entre 5 y 17 años presenta exceso de peso: 20,7% tiene sobrepeso y 20,4% obesidad. El Ministerio de Salud recuerda además que el exceso de peso incrementa el riesgo de más de 200 problemas de salud, entre ellos diabetes, hipertensión, enfermedades renales, hepáticas y respiratorias y algunos tipos de cáncer.
Mucho más que el peso
El relevamiento del Clínicas mostró, además, que siete de cada diez participantes declararon algún grado de dolor o malestar cotidiano; el 72%, ansiedad o síntomas depresivos, y el 43% dificultades para caminar. Al realizar un “test de la silla”, utilizado para evaluar funcionalidad física, nueve de cada diez obtuvieron resultados alterados y un 10% mostró valores compatibles con sarcopenia, es decir, pérdida de fuerza y masa muscular.
Para las especialistas, la salud mental y el dolor crónico no deben considerarse simples acompañantes. La pérdida de autonomía, el dolor, las alteraciones del sueño y el estrés pueden sumarse a deteriorar la calidad de vida. Por eso, sostienen, el abordaje actual debe ser interdisciplinario y multimodal: “Si no intervenimos sobre la gestión del estrés, la calidad del descanso y el dolor, cualquier plan nutricional resulta incompleto”.
El desafío, entonces, parece bastante menos complejo que algunas de sus consecuencias: comenzar por buscar la enfermedad. Incorporar peso, talla y especialmente cintura a una consulta habitual permitiría identificar precozmente a personas hoy sin diagnóstico. Porque una enfermedad que no figura en la historia clínica difícilmente puede tratarse a tiempo.
Puede afectar al corazón, hígado y riñones
Durante años, obesidad, diabetes, hígado graso, hipertensión y enfermedad renal fueron abordados como problemas relativamente independientes. Ese mapa está cambiando. “El cuerpo no funciona en compartimentos estancos”, explican las especialistas Pilar Quevedo y Gabriela Radosta. Una acumulación excesiva y disfuncional de tejido adiposo, especialmente abdominal, puede promover inflamación y liberar sustancias que favorecen resistencia a la insulina, alteraciones de los lípidos y daños en hígado, riñones y vasos sanguíneos.
Quevedo utiliza una imagen gráfica: esa grasa abdominal puede funcionar como una suerte de “incendio central” que termina comprometiendo distintos órganos simultáneamente. Ese cambio conceptual también modifica el tratamiento. Ya no se busca simplemente que un especialista controle la glucemia, otro la presión y un tercero el hígado. El enfoque apunta a estrategias integradas y, cuando corresponde, tratamientos capaces de ofrecer beneficios metabólicos, cardiovasculares y renales simultáneamente. El objetivo de fondo es intervenir antes de que las complicaciones se acumulen y preservar la función de los órganos a largo plazo.