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COLUMNISTAS / cuentos
sábado 13 abril, 2019

Agujeros y negrura

Un agujero negro fue fotografiado por primera vez: la joven Katie Bouman lideró el equipo que tradujo la teoría a una imagen.

por Pola Oloixarac

default Foto: CEDOC
sábado 13 abril, 2019

Un agujero negro fue fotografiado por primera vez: la joven Katie Bouman lideró el equipo que tradujo la teoría a una imagen. Mientras su grupo (donde había otras ingenieras) alargaba el ojo para espiar los confines del cosmos, la noticia me hizo pensar en otra mujer cuyas fotos fueron esenciales para el descubrimiento del microcosmos interior: la estructura del ADN.

En un libro cruel y desopilante, el Nobel John Watson narra las peripecias donde Rosalind Franklin, la única capaz de obtener imágenes cristalográficas, es la mala de la película del descubrimiento del ADN. Rosalind era un obstáculo para la paz del equipo masculino; con tono de comedia nabokoviana, Watson cuenta sin inhibición cuánto la odiaban. Tiene cosas malignas para decir de todos sus colegas, pero con Rosalind sobresale. “Es la típica chica que nació para casarse con un banquero, pero desarrolló un orgullo ridículo cuando alguien le dijo que, si se aplicaba, podía tener una carrera científica”, recuerdo de memoria, además de observaciones sobre su forma poco atractiva de vestir. Rosalind “no colaboraba bien”: la trama es cómo pasarla por arriba y hacerse con sus fotos. Un final triste: Rosalind murió de cáncer antes de que les dieran el Nobel de Química por describir la estructura del ADN gracias a sus imágenes.

La publicación de La doble hélice fue un escándalo; muchos colegas dejaron de hablarle (sobre todo por ser un yanqui bocón y exponer el entorno de Cambridge). Libros como el de Watson ayudaron a instalar una discusión sobre el rol de las mujeres en la ciencia: de Rosalind a Katie han habido tremendos avances para las mujeres en la ciencia; sin embargo, en las humanidades el plan es retroceder.

Una escuela de Cataluña vetó Caperucita Roja y la mitad de la biblioteca de cuentos infantiles por carecer de perspectiva de género. Caperucita anda demasiado poco empoderada (¿cómo no activó su Waze para detectar lobos antes de salir? ¿cómo no revoleó al lobo de una patada voladora à la Kill Bill?). Sostener que los cuentos no tienen “modelos positivos” de mujeres y por eso deben cancelarse es el virus de una estupidez intrínseca, que no ve en los humanos pequeños seres capaces de simbolizar y crear metáforas. La literatura nos enseña a empatizar, incluso con el miedo, y negarlo a fuerza de imponer un canon “positivo” es inmoral porque niega el mal en el mundo y promueve criar niñas tontas que no pueden pensar por sí mismas. Es crear un agujero negro para hundirse en él.

Nada define con más desprecio las humanidades que esta clase de conductas; el saldo positivo es que las niñas huirán despavoridas hacia la ciencia con tal de evitar la policía enjuta que ronda las humanidades. Y cuando eso ocurra, ¿podremos tomar una fotografía del agujero negro que habita la mente de los nuevos censores?


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