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COLUMNISTAS / progresismos
sábado 6 abril, 2019

Amas y esclavas

De regreso del sur algodonero en 1859, antes de que explote la guerra, el editor del New York Tribune intenta explicar por qué las blancas sureñas defienden la esclavitud.

por Pola Oloixarac

sábado 6 abril, 2019

De regreso del sur algodonero en 1859, antes de que explote la guerra, el editor del New York Tribune intenta explicar por qué las blancas sureñas defienden la esclavitud. “Criadas bajo su sombra”, las conciencias de las mujeres “fueron pervertidas precozmente”, por eso no captan las virtudes de la libertad. Asume que la esclavitud funcionaba a sus espaldas (no participaban en subastas de esclavos ni castigos); eran como niñas que no veían la realidad ni comprendían la violencia.

Esa mirada compasiva y a la vez patriarcal sobre el rol de las mujeres blancas es un lugar común, que permitió a los activistas de derechos civiles presentar a las damas como aliadas naturales de los negros (ambos “minorías” frente al patriarcado maligno). En They were her property, la historiadora Stephanie Jones-Rogers hace trizas ese lazo imaginario: muestra cómo las mujeres blancas eran cómplices activas porque se beneficiaban de la violencia. Para una mujer era más común heredar esclavos que tierra, era su acceso a la propiedad: la esclavitud de los negros era su libertad, y si la defendían apasionadamente era porque defendían su capital. Y no eran una anomalía: estaban en todas partes.

Roger-Jones hace hablar a un archivo nuevo, con relatos de libertos que detallan los castigos que sufrían a manos de sus amas. Desde niñas, estas se preparaban para el rol de señoras de la plantación con mano dura, esencial para manejar su capital. Muestra censos donde las mujeres figuran como propietarias de esclavos, cortes donde confrontan a sus maridos disputando esclavos. Las mujeres controlaban el mercado de las nodrizas, donde madres negras recientes eran separadas de sus hijos para amamantar a los hijos blancos, o cuando sus propios hijos morían. Según Thavolia Glymph, las amas sabían ejercer la crueldad con más celo que los amos:  como el caso de Henrietta King, esclava de 8 años, acusada de robar un caramelo. Su ama la ata y pone su cabeza debajo de su mecedora, hamacándose para aplastar su mandíbula mientras su pequeña hija le da latigazos. Desfigurada, nunca más pudo comer sólidos.

La esclavitud fue el primer big business en EE.UU.; el progresismo puritano es su última exportación global. Que las mujeres blancas y los negros son víctimas de un sistema manejado por El Hombre Blanco es central en la teoría feminista, pero ¿qué queda de la teoría cuando la propia historia chirría o aúlla desfigurada de dolor?


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