miércoles 26 de enero de 2022
COLUMNISTAS opinion
02-01-2022 05:43
02-01-2022 05:43

Ah pero el Pata Medina

02-01-2022 05:43

Los públicos del sistema político tienden a vivenciar sus experiencias de apoyos y rechazos desde un plano esencialista. Cuando deben justificar por qué quieren a unos, y odian a otros, suelen recurrir a descripciones fijas, de condiciones aparentemente estables de aquello que prefieren o rechazan. Así, es sencillo recordar que la campaña reciente de Juntos por el Cambio se basaba en la idea de reivindicación de los “valores” y en la defensa de la República como aparente condición estable de promesa de oferta partidaria; de modo que ellos serían eso, y los rivales justamente lo contrario, unos inescrupulosos sin valores y contrarios a la República. Con estas formulaciones se ofrecen importantes ventajas operativas para la continuidad de la comunicación, ya que quien las usa puede hacer abstracción de las variaciones y las inconsistencias propias de cualquier recorrido vital.

Observada en detalle, la sociedad es en realidad un enorme organismo formado a través de secuencias interminables de diferencias. Al contrario de una máquina en una industria, cuyo “input” ofrecerá siempre un mismo “output”, se puede detectar rápidamente que la comunicación entre personas requiere de un esfuerzo de sostenimiento de ambas partes (cómo mínimo, de dos) sobre un diálogo basado en diversidad de cosas dichas, para que esa charla prospere. Nadie podría fluir en una situación comunicacional si se repitieran hasta el cansancio las mismas palabras o no se avanzara más allá del saludo inicial y su respuesta. Como paradoja, hay que decir cosas distintas para que se pueda seguir hablando, y algunas condensaciones de sentido, como aquella que ofrece la idea cerrada de “valores” vs. “no-valores”, ayudan a que eso pueda producirse sin necesidad de aclaraciones. La gente habla con aquellas personas que ofrecen generalizaciones compartidas.

Durante 2020 el gobierno de Alberto Fernández se imaginó fuerte y eterno en el tiempo, con una generalización que sus seguidores sintieron también perfecta. En el mundo que habían construido alrededor de la pandemia, unos estaban a favor de la vida y otros en contra. Esa generalización pudo expandirse en un formato de crítica al capitalismo, al individualismo y al rol del Estado, conformando un combo ideal en el que los diálogos kirchneristas podían fluir en el tiempo, ya que unos y otros lograban ofrecer ese molde de sentido de manera veloz asegurando respuestas afirmativas de sus pares, a cualquier descripción obsequiada sobre sus enemigos. Igual que en Cambiemos, por un tiempo, tenían recursos para que esas charlas pudieran avanzar en el tiempo sin recortes.

Todos estos son recursos para hablar, para la comunicación, poco expresan sobre la realidad operativa de los procesos sociales. La sociología tiene una extensa trayectoria en incluir a la acción de los hombres y mujeres bajo condiciones que los exceden, en ámbitos complejos que los fuerzan a hacer lo posible, bajo condiciones que nunca terminan de controlar. Esto significa que es más bien el ambiente en que se despliega la reproducción social, más que las aparentes condiciones estructurales de quienes allí participan, lo que mejor puede explicar lo que sucede y lo que no. El kirchnerismo sería supuestamente progresista (y a favor de la vida) pero tiene una alianza estratégica con Gildo Insfrán que solo se explica por condiciones de necesidad de voto. Insfran no festeja victorias en los actos como representante de la lucha por los derechos humanos.

Ahora se ha podido comprobar, por medio de declaraciones registradas por una cámara oculta, que en JxC la idea de la República y la división de poderes no es lo que mejor explica los actos, de por lo menos, uno de sus funcionarios en la pasada administración de la provincia de Buenos Aires. El entonces ministro de Trabajo, Marcelos Villegas, compartiendo una reunión con el intendente de La Plata, Julio Garro, y jefes del servicio de Inteligencia, daba indicaciones de cómo se estaba diseñando un avance para el armado de una causa judicial contra el líder sindical Pata Medina, exponiendo la nulidad de límites entre el Poder Judicial y el Poder Ejecutivo provincial. Casi como un equivalente funcional a la foto del cumpleaños de Fabiola, los defensores y defensoras de JxC quedaron congelados en el silencio producto de la destrucción de una generalización simbólica que lograba, hasta hace un tiempo pequeño y ahora extrañado, que los diálogos entre pares podían suponer que la legalidad era lo que describía mejor su existencia. Y sobre esto no hay comunicación, no hay diálogo, no hay declaraciones, solo sobra el silencio que ha dejado este registro destructor de sentido.

Cuando una cámara oculta improvisada mostró a fin de agosto a una docente en La Matanza maltratando a un alumno por sus opiniones políticas, el espacio público opositor se llenó de recriminaciones a un volumen arrollador. Con esa cuestión en evidencia se podían generar enlaces comunicacionales sencillos entre dirigentes, legisladores y futuros y futuras candidatas, y al mismo tiempo sobre irritar a su público. Una cadena de indignación pudo ser posible. Un tuit por aquí y otro por allá, notas urgentes de opinión y entrevistas para recriminar lo que era un asunto serio: el maltrato basado en una cuestión ideológica. Sin embargo, quién busque alguna declaración de esos mismos dirigentes en relación al armado de una causa judicial, tendrá poca suerte. Todo es ausencia.

Poner esta ausencia en una cuestión de voluntades o incoherencias ideológicas sería errar el foco sociológico. Mientras las generalizaciones puedan ofrecer cierta idea común de sostenimiento, que no deba ofrecerse al replanteo, y que en consecuencia, brinde a la comunicación la posibilidad de fluir, no habrá corte en la señal. El problema aquí es la ruptura, la caída de lo que permitía hablar como si eso fuera cierto. Los silencios en redes, la imposibilidad de encontrar qué opina Vidal de esto, son el shock de la evidencia de que la reproducción social se basa en ficciones, incluidos los reclamos por más valores y las demandas de una República justa.

El último recurso que queda es una huída compensatoria que ofrezca una justificación, igual que el kirchnerismo con sus problemas de gestión. Martín Tetaz hizo su campaña con remeras que se mofaban de las acusaciones persistentes sobre Macri; ya podrían hacer una equivalente con el Pata Medina para justificar los deseos de una Gestapo. No se ven muchas más opciones que la de recurrir a un recurso de la industria textil, sobre todo porque ya deben tener a un buen proveedor. Ningún emprendedor macrista debería perderse un negocio como éste.

*Sociólogo.

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