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Artificio natural

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Silueta femenina | Unsplash | John Hernandez

Sin que me vean, escucho una conversación entre hombres sobre implantes mamarios. Una mitad está a favor y la otra en contra. Tanto ellos como yo, ingerimos bebidas orgánicas. Estamos esperando el almuerzo en un lugar especializado en productos libres de agrotóxicos, fracking, criaderos industriales y todas las prácticas que algunos sectores juzgan inevitables para eliminar el hambre y otros nefastas por su relación con el cáncer y los problemas medioambientales.  

Amar la naturaleza parece lo mejor que una persona puede hacer, aunque reniegue de la propia

Pienso en esas chicas ricas como Candelaria Tinelli o Charlotte Caniggia y su culto a las intervenciones médicas y cosméticas. “Si puedo sentirme mejor con mi aspecto, ¿por qué no lo haría?”, argumentan a la entrada o salida del quirófano. En las redes, cientos de miles observan y opinan sobre estas mutaciones que la magia de la ciencia hace posibles para quienes las pueden pagar. También pienso en el contraste que aparece entre la fruición por modificar el aspecto mediante tecnología médica de punta y las arengas sobre el retorno a lo natural que se vienen amplificando bajo el paraguas del cambio climático. Me maravilla, aunque no en el mejor de los sentidos, como nuestra época puede hacer que hábitos e ideas que colisionan convivan en un mismo magma discursivo en el que amar la naturaleza parece lo mejor que una persona puede hacer, aunque reniegue de la propia. Pienso en las operaciones y tratamientos para cambiar de género, en las terapias de remplazo hormonal para que la menopausia no se sienta, en la proliferación constante de servicios cosméticos y médicos para hacernos sentir mejor con nuestro aspecto, o nuestra autopercepción o nuestra vejez. Pienso en esos gatos y perros de diseño condenados a vivir mal y morir peor por ser más bellos que el gato o perro original. 

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Los artificios disponibles para modificarnos y las dudas sobre sus límites y legitimidad se siguen presentando en mi cabeza, hasta que llega la comida promocionada como “más natural y sabrosa”. La especulación sociológica y el divague espiritual van desapareciendo. Los tipos que hablaban de tetas callan junto a mi voz interior. Sus paladares, como el mío, terminan dominándolo todo, felices de no pertenecer al campo de las ideas, orgullosos de no caer contradicciones.