COLUMNISTAS
huellas de un pasado violento

Bienvenidos a Zárate, bienvenidos a Springfield

Una recorrida por la ciudad de los diez rugbiers acusados de asesinar a Fernando Báez Sosa en Villa Gesell. Silencios y complicidades.

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Prohibido entrar. El Náutico Arsenal no permite el ingreso a personas que no sean socias del club. | pablo cuarterolo

“Zárate es Springfield”, dice un muchacho de algunos años más que “los rugbiers”. Un muchacho, unos 30 años. Y ya, ningún dato más. Habla, cuenta, pero pide por favor que no se revele ni el más mínimo detalle sobre su identidad. Ni actividad, ni dónde está, mucho menos su nombre.

Así están las cosas en Zárate-Springfield: la sociedad no tiene un pacto de silencio. Ni siquiera hay miedo a hablar. O no es el miedo a alguna represalia el principal o el único motivo del anonimato. Ante todo prima el sentido común del pueblo chico: aquí todos se conocen.

No todo el mundo sabe en detalle qué hacían “los rugbiers”. No todo el mundo los conocía. Pero muchos conocen a los padres, o los tíos o algún otro pariente de “los rugbiers”. O algún amigo que conoce a los padres, a los tíos o algún otro pariente de “los rugbiers”.

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El silencio no es producto del terror ni de un acuerdo diabólico. Hay algo más sutil, menos épico y escandaloso, algo mucho más cotidiano y banal. Algo llamado convivencia. El silencio sobre “los rugbiers” tiene que ver con las reglas de convivencia en Zárate-Springfield.

“Los rugbiers”. Sí, suena a estigmatización despiadada. “El otro día veía en televisión un informe que tenía como título ‘Cómo defenderse de un rugbier’”, dice el mismo muchacho. “Somos Springfield y muchos medios informan como Kent Brockman”, agrega, continuando con su analogía sobre Los Simpson.

Sin embargo, en Zárate-Springfield todo el mundo habla de “los rugbiers”. Y más si alguien se presenta como periodista y deja claro que no es local. “Ah, venís por lo de ‘los rugbiers’”, es la frase del desencanto de la kiosquera, de la panadera, del mozo del bar, del comerciante, cuando se dan cuenta de que no están frente a un cliente, sino a alguien que viene a hacer preguntas. Preguntas sobre “los rugbiers”.

Zárate tiene dos clubes náuticos: el Club Náutico Zárate y el Club Náutico Arsenal Zárate. Los dos quedan a una distancia de 150 metros. Pero el Arsenal es el único que tiene rugby. El único club de Zárate que tiene rugby.

El Arsenal tiene unos 500 socios que van a realizar varios deportes: vóley, fútbol, natación, hándbol, rugby. Están federados en la mayoría de ellos y sus deportistas representan al club en las ligas oficiales. El campo del club es amplio, tiene un enorme gimnasio techado, varias canchas bien cuidadas y gente de todas las edades (sobre todo jóvenes) llegan hasta allí para practicar deporte.

En el Club Náutico Arsenal jugaron “los rugbiers”, pero hasta el momento del crimen de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell solo cuatro de los acusados eran socios del club: Ciro Pertossi, Luciano Pertossi, Alejo Milanesi y Blas Cinali. Los cuatro fueron suspendidos inmediatamente después de que se conociera la noticia del asesinato.

En ese momento, el responsable del club, Marcelo Urra, dejó en claro la posición del Náutico Arsenal: “Si bien como club estamos ajenos a los hechos acontecidos, la Comisión Directiva decidió suspender a los socios activos porque están involucrados en un hecho que afecta y mucho a la imagen que pregona el club con sus deportistas”.

Después de aquella declaración, el club optó por guardar silencio. Hoy, en la entrada, nadie dice una palabra sobre “los rugbiers” y se excusan sobre la negativa a entrar para poder ver las instalaciones. “Acá solo entran los socios”, explican las responsables.

Sin embargo, en el comunicado del club, Urra había deslizado un primer comentario público sobre la conducta de los acusados. El dirigente explicó que, si bien los jugadores no tenían sanciones existentes en el club, “parte de ese grupo había tenido problemas en otras salidas en Zárate”. Y agregó: “Era una práctica habitual golpear a una persona entre varios”.

“Les encantaba salir a cagar a trompadas a la gente”, dice alguien, ya no con nombre y apellido y desde un comunicado oficial de una institución, sino desde el silencio de miedo y convivencia que impera en estos días en Zárate-Springfield. “Lo hacían todo el tiempo y tuvieron la suerte de no haber matado a nadie… hasta ahora”.

“Esto se veía venir”, dice otro que los conocía, siempre en riguroso modo convivencia. “A Pablo, el pibe que salió en los medios diciendo que los Pertossi le habían robado la moto, lo volvían loco. Lo amenazaban todos los días, le decían que le iban a prender fuego la casa”.

“Los Pertossi son de lo peor”, dice alguien que asegura haber sido víctima de la extorsión por parte de Lucas y demás integrantes de la familia. Lo que cuenta suena lógico y hasta es corroborado por otra gente. Pero pide que no se publique, porque el vínculo implicaría revelar la identidad.

“Los Pertossi” son los hermanos Ciro y Luciano. Y Lucas, que es primo de ellos. Lucas, a su vez, tiene tres hermanos: Matías, que está preso hace un par de años por robar un camión; Ramiro, que también estuvo preso por robo; y Diego, futbolista de Deportivo Muñiz, “que es el único que es buena gente”, según dice un vecino, siempre en modo convivencia.

“A los Pertossi nadie los denunciaba porque les tenían miedo”, cuenta una comerciante, en modo full convivencia-terror. “Ahora salió a hablar Pablo, el pibe de la moto, pero hace un año más o menos hubo otro pibe, al que lo golpearon acá en el centro de Zárate”, explica. “Se bajaron de un auto, lo cortaron en el brazo y lo mandaron al hospital”.

La casa de Lucas Pertossi y sus hermanos queda en el barrio San Jacinto, sobre el boulevard Antártida Argentina, una avenida ancha, alejada del centro. Es un barrio de clase media-media, sin ninguna clase de ostentación pero tampoco de carencias. Son dos dúplex muy venidos a menos donde vivían los hermanos y la abuela, según cuentan los vecinos.

Al golpear la puerta no atiende nadie, aunque desde adentro se escucha gente que habla. En la esquina, un pibe con un perro clava la vista a quienes es evidente que sabe que son periodistas y foráneos. Desde una ventana de la casa, otros dos más miran amenazantes.

“Los Pertossi andaban calzados, robaban, pero no por necesidad”, dice alguien. “No eran ricos, pero no necesitaban robar. Son violentos, les gusta agarrarse a piñas. Son una bandita al estilo La naranja mecánica”.

Los otros Pertossi, Ciro y Luciano, viven en el country El Casco, pegado a Panamericana, hacia el otro lado de la ciudad. Obviamente, allí la vigilancia es estricta y el hermetismo, total. Mucho más que el Náutico Arsenal. Adentro, la gente vive y parece feliz.

Cuentan en Zárate-Springfield que a Máximo Thompsen y Enzo Cornelli también les gustaba mucho agarrarse a piñas, y que solían salir en banda con los Pertossi. “No eran de robar ni de andar con fierros, eran más de plantarse a las trompadas. Decían que les gustaba eso”.

Thompsen y Cornelli laburaban en el boliche y restaurante Federico Chopin, que fue clausurado después del crimen de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell. “Ahí hacían buena letra, jamás hubo episodios de violencia”, explica alguien. “La única vez fue con un gordo que estaba muy borracho y quería entrar aunque el local estaba cerrando. Se puso pesado y lo noquearon de una piña”.

“Cuando vi las noticias no me sorprendí de nada”, dice otro que fue víctima de “los Pertossi”. “La van de poronga pero son unos cagones. Acá siempre pasaba esto en los boliches. Y todo este quilombo saltó porque fue en Villa Gesell. Si llega a ser en Zárate, se tapa todo”.

Las opiniones están divididas en cuanto a la implicancia política. Hay gente que cree que el hecho de que “los rugbiers” tengan como abogado a Hugo Tomei es un dato concluyente para hablar de “hijos del poder” y de lazos políticos de los acusados.

Tomei es socio de Horacio Henricot, abogado de Osvaldo Cáffaro, intendente de la ciudad de Zárate, perteneciente al Frente de Todos. Pero hay quienes minimizan el dato. “El polilla Henricot es el abogado más famoso y el mejor que hay en la ciudad. Hay un dicho popular que dice: ‘El Polilla te saca la casa, pero te saca’. Porque el hombre es bueno, pero cobra muy caro. Y más en casos como este”.

Obviamente, es una desprolijidad absoluta por parte del intendente. No legal, pero sí moral y hasta metafórica. El hecho de que el intendente de Zárate-Springfield tenga el mismo abogado que los acusados por un crimen aberrante que acaba de poner a la ciudad en el mapa no resulta un dato que ayuda a fortalecer las instituciones de la democracia. Pero más allá de eso, los vínculos de los acusados con el poder político no son directos ni descaradamente visibles.

Zárate tiene una costanera hermosa, con un parque, un sendero para salir a correr o a andar en bici frente al río, con una vista al puente imponente que cruza el Paraná de las Palmas. Y hay una zona donde hay varios bares, en construcciones de chapa que se parecen a los conventillos de La Boca.

El lugar se promociona como ciudad del tango y cada año se realiza un importante festival dedicado al género. En el centro, en la peatonal Lima de Atucha esquina Independencia, hay varias placas que recuerdan que allí nacieron y se criaron los hermanos Virgilio y Homero Expósito, autores, entre muchos otros tangos ilustres, de Naranjo en flor.

Frente a las casitas símil La Boca, en un ámbito coqueto y frente al río, está el también coqueto restaurante La Querencia. El lugar fue sede del episodio más insólito del caso que conmueve a Zárate-Springfield: allí estuvo cenando Pablo Ventura.

Ventura fue acusado por “los rugbiers” de ser el integrante número once de la banda. El pobre Ventura es un chico sensible, eso que el lugar común estigmatizante suele llamar nerd, que era tomado de punto por “los rugbiers”, que solían acusarlo de las cosas más insólitas.

El bueno de Ventura pasó cuatro días preso hasta que se comprobó que no estaba en Gesell sino comiendo en La Querencia, como suele hacerlo seguido con su familia. El susto dejó a Ventura tomando pastillas durante varios días para poder conciliar el sueño. Pero también le dejó como saldo 30 mil nuevos seguidores en Instagram. Tal vez le sirvan para promocionar la actividad que más le gusta: el remo.

“Pobre Ventura, acá pasó a ser un héroe”, explica el mismo muchacho del comienzo, el de las analogías con Los Simpson. “Y hasta en eso somos Springfield. Transformamos a Ventura en un héroe como pasó con el chico que cayó al pozo. ‘Es un héroe porque cayó al pozo y vete a tu cuarto, Lisa’, dice Homero. Y con Ventura pasó algo similar”.

Lo más increíble es cómo circula esta información anónima, llena de convivencia o terror, según el caso. Caminando por la cuadra de la casa de Lucas Pertossi, para un auto, un tipo saca la cabeza por la ventanilla y dice: “Yo te puedo contar quiénes son los Pertossi, llamame en un rato”, y pasa su número de teléfono.

O en el centro, un tipo que se para a tu lado y te dice: “Dame un Facebook que te contacto en un rato”. Y un par de horas después propone una larga conversación por un chat de un perfil de Facebook recién creado. O charlar con alguien frente al río, sin mirar a los ojos “para no levantar sospechas”.

A unos pocos metros de allí, pegado a la costanera, también sobre el río, está el edificio de la Prefectura de Zárate. En la puerta hay un cartel que dice: “Memoria, verdad, justicia. Aquí se cometieron delitos de lesa humanidad durante el terrorismo de Estado (1976-1083). A 43 años del golpe cívico-militar, los crímenes de lesa humanidad no prescriben. Por eso están siendo juzgados”.

Bienvenidos a Zárate. Bienvenidos a Springfield. Ni Homero, ni Marge, ni Bart, ni Lisa, ni Matt Groening se animaron a imaginar tanto.