miércoles 07 de diciembre de 2022
COLUMNISTAS Apuntes en viaje

Collages

Me imagino la mesa llena de revistas, un frasco de plasticola, el cigarrillo prendido en el cenicero, Estela con la tijera en la mano, tal vez riéndose...

30-10-2022 00:44

Cuando iba a la primaria me encantaba la hora de plástica. No era buena para dibujar, pero era prolija y paciente. Una de las cosas que más me gustaban era hacer collages y algo que no sé cómo se llamaba, que consistía en rellenar un dibujo con papel glacé picado con la punta de la birome. Lo hacíamos con papel brillante y se generaba un efecto de lentejuelas. Después abandoné las bellas artes completamente.

Hace unas semanas estuve en Rosario y Virginia, una de las hijas de Estela Figueroa, me invitó a su casa porque quería mostrarme unos collages que hacía su madre. No sabía que a Estela le gustaran los collages y me entusiasmó enseguida la idea de verlos. Virginia vive en un departamento chiquito, en un edificio enorme. En la planta baja funciona una galería de locales que estaban cerrados porque era domingo a la mañana. Virginia preparó té y me presentó a su gatita Lucy: mamá le puso el nombre, dijo. Estela no conoció el departamento porque hacía años que no salía de Santa Fe. La última vez que había viajado a Rosario había sido para el Festival Internacional de Poesía. Justamente los collages que Virginia quería mostrarme se iban a exponer en el festival, este año. Arriba de la mesa, frente a la ventana que da a un panorama completamente libre de edificios, aunque estamos en el centro de la ciudad, están las tazas y la carpeta con los dibujos. Virginia me invita a verlos con un gesto mientras arma un cigarrillo. Yo abro la carpeta y empiezo a pasar las hojas tamaño oficio, papel canson, de ese que usábamos en la escuela. Cada vez que tomo uno me dan ganas de apretarlo contra el pecho, pero me contengo. Como ustedes saben, Estela y yo nunca nos vimos, así que estas obras son lo más cercano de ella que puedo tocar. 

La letra es pequeña, como ella misma dijo de su obra en ese maravilloso poema a su amigo Manuel Inchauspe: “Las nuestras, mi amigo, / son obras pequeñas. / Escritas en la intimidad / y como con vergüenza. / Nada de tonos altos. / Nos parecemos a la ciudad / donde vivimos”. En cambio los collages son sinvergüenzas: graciosos, irónicos, picantes… como ese que le dedica precisamente al festival, probablemente hecho a la vuelta de ese viaje. Me la imagino sentada a la mesa del comedor de su casa que tampoco conocí pero que armé en mi cabeza a través de sus poemas y de las fotos que le sacó Natalia Leiderman. Me imagino la mesa llena de revistas, un frasco de plasticola, el cigarrillo prendido en el cenicero, Estela con la tijera en la mano, tal vez riéndose por anticipado como me río yo mirándolos, años después. En ese collage del festival está la imagen de un chanchito escondido atrás de unas flores. El chanchito o la chanchita tiene dibujado un collar de perlas, en el cuerpo escrito “Estela” y del hocico sale un globo de diálogo que dice: “Ni yo me explico cómo salvé el pellejo”. Otro de un útero sacado de esos dibujos de manual escolar, una mano que está metiendo un espéculo y un cotorra que dice: “Somos complicadas, ¿no?”. Tomamos el té y nos reímos con Virginia, mejor dicho con Estela. Hablamos un rato de ella, de sus últimos días, de la desazón en que nos deja su muerte. Virginia me cuenta que en la puerta de su cuarto Estela tenía un montón de cosas pegadas, como si la puerta fuera otro collage. Como el cuarto de una chica, le digo sonriendo. La visita es breve porque tengo que volver a Buenos Aires. Cuando salgo la peatonal está desierta y un poco sucia. Todavía hace frío, faltan dos semanas para la primavera.

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