domingo 26 de junio de 2022
COLUMNISTAS niveles

Cómo leer

25-02-2022 23:55

Desde luego, cuando uno se lo pregunta, la primera respuesta está en el celular, desde el que se accede a una serie de diarios o de títulos de diarios o de programas de televisión o de radio que día a día nos permiten comprobar, con la insistencia monótona del tarado, que aquello que llamamos realidad y de la que el periodismo –es decir, la máquina de operaciones discursivas para producir sentido– daría cuenta, no es una serie posible de hechos constatables (la invasión de Rusia a Ucrania; la quema de haciendas y humedales y pastizales y esteros en Corrientes; la pelea entre L-Gante y los antivacunas; los gritos de Milei, etc.), sino el modo en que la suma de estos medios, hechos facción, dispensan los argumentos que consideran plausibles para imponer una lectura del mundo y de esos hechos concebida previamente. Los hechos, que son un a posteriori, serían explicados por un a priori, que en el mejor o peor de los casos se fuerza a “encajar”. 

Parece un imposible lógico, al menos temporalmente hablando, que la interpretación preceda al acontecimiento, pero tal vez no existiría percepción del mundo sin una construcción previa. No lo sé. Quizá no se trate de pereza  del lector de información periodística para pensar por sí mismo sino de necesidad de tomar partido por algo (“estoy de acuerdo con A o con B, creo que aquí pasó…”, etc.), una apuesta efímera a una presunta identidad del ser, antes de olvidar la noticia y pasar a otra. 

Pero cuando se trata de leer, me refiero a leer literatura, lo que ocurre es otra cosa.  Porque la literatura, al menos la novela, carga –como el periodismo– con el escrúpulo de la información; no existe novela que no presente un estado inestable de las cosas del mundo, solo que ese estado se plantea como efecto de una intensa selección o combinación de elementos (ya solidarios, ya heterogéneos) para producir el efecto de una serie de iluminaciones sucesivas, destellantes, en la conciencia del lector. Claro que eso es en el caso de las novelas que terminan importándonos, ¿no? Y claro, también, ¿qué tomamos, en la novela y en la literatura en general, como información?  

Un lector del primer nivel, el menos avezado, puede contentarse con captar el esquema argumental de la historia narrada, que comienza en la primera página y concluye en la última. 

Un lector del segundo nivel, dotado de mayor entrenamiento, puede detenerse también en los primores de la sintaxis, el modo de construcción de los párrafos, la feliz o infeliz cópula de las palabras, que no son indiferentes al modo en que se las trata, y suelen vengarse (leer un mal libro, un libro mal escrito, puede llevarnos al bruxismo y a soñar pesadillas).

Un lector del tercer nivel se deja permear, claro, con las posibilidades de los dos niveles anteriores, pero a esa lectura le suma la detección del asunto que se narra, y que no es solo el tema, cualquiera sea, sino la cuestión que intriga o desvela al autor, y que lo arrastra a ocupar parte de su vida en develarlo, en cultivarlo o dejarse desgarrar por este. 

Un lector del cuarto nivel (seguimos sumando, progresistamente) atraviesa las posibilidades anteriores y se detiene o goza también del arte del dispositivo, que no es por supuesto la división de la novela en capítulos sino el modo en que una geometría secreta se va desplazando a lo largo del texto, construyendo figuras en cierto modo abstractas, y que afectan tanto la narración como al propio autor: son formas que no están en el texto sino debajo del texto o producidas por el texto, y que el lector del cuarto nivel puede atisbar, oler, morder o simplemente contemplar como el desplazamiento de las estrellas y las galaxias en el espacio, cuando se ve una filmación del cielo en cámara rápida.

 El lector del quinto nivel, una vez que surcó los niveles anteriores, es  capaz de divisar otra forma, aún más imperceptible, y es el modo en que la escritura de cada libro y la literatura en su totalidad se vuelven para el autor una tarea de captura de fantasmas, la de su propio narrador, y, sobre todo, una actividad de reforma espiritual, que no tiene destino fijo y que lo lanza y lo sostiene y lo hace vivir hasta el último de sus días.

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