miércoles 16 de junio de 2021
COLUMNISTAS Asuntos internos
23-05-2021 02:46

Cuando ya es demasiado tarde

23-05-2021 02:46

Pocas cosas ponen más de manifiesto el espíritu conservador de un oficio que el traductor en el momento en que reflexiona acerca de la necesidad o el deber de cambiarle el título a una obra extremadamente conocida por su nombre equivocado (léase mal traducido). César Aira, infatigable traductor en el pasado, expuso hace tiempo un problema que aún hoy no parece haberse resuelto del todo (aunque como sucede con todo gran problema aparecen soluciones que acaban con él durante al menos tres minutos). El asunto en cuestión es a esta altura el remanido comienzo de Moby Dick, donde Ismael, el narrador, dice: Call me Ishmael, frase que con naturalidad patológica todos traducen como “Llámenme Ismael” –de hecho así se titula también el célebre ensayo sobre Moby Dick escrito por Carles Olson. Lo que Aira decía es que todas las traducciones de esa frase eran erradas: en inglés se apela a la expresión “Call me...” para decirle al interlocutor que la pared de la formalidad erigida entre ellos puede derrumbarse con una sola palabra, es decir que pueden tutearse. Efectivamente, Aira proponía el “Pueden tutearme” como el fiel inicio del libro de Melville.

Todos leyeron ese ensayo, pero las ediciones sucesivas continuaron diciendo “Llámenme Ismael”, del mismo modo que todos siguieron comiendo manzanas a pesar de que fue la causante del pecado original. Lo que viene a demostrar dos cosas: que la teoría de la traducción y la Historia no sirven para nada. Esa negativa a aceptar la propuesta de Aira es una muestra de conservadurismo ejemplar. El traductor acepta, dice que sí, pero a la hora de comenzar la traducción de Moby Dick retoma el erróneo “Llámenme Ismael” que la hizo célebre.  

Algo similar ocurre con muchas otras traducciones. Ricardo Zelarayán me expuso un día una pequeña teoría similar a la de Aira pero referida a una novela de Joseph Conrad, Heart of Darkness. Desde su punto de vista, traducir ese título como El corazón de las tinieblas era erróneo, porque en inglés el término hearth carece de la poeticidad que tiene en español. La palabra heart apela simplemente al centro, al núcleo: la traducción ideal sería En el centro de las tinieblas o, si se prefiere, En medio de las tinieblas. Lo cierto es que aunque todos estuvieran de acuerdo, nadie le haría caso. ¿Por qué? Porque el paso del tiempo hizo del título un organismo inexpugnable, algo a lo que se puede aludir en un prólogo, pero nunca en una tapa. 

No fue conservador, en cambio, el traductor y poeta mexicano Guillermo Fernández García, que decidió traducir I promessi sposi de Alessandro Manzoni, conocida en el mundo hispano por el equívoco Los novios, por el más certero e inusual Los prometidos. La justificación de su elección es ampliamente tratada en el prólogo, y valientemente fue impresa en la tapa, pero incluso quienes conocen esa obra magnífica por haberla leído en la versión de Fernández se refieren a ella como Los novios, porque si alguien la llamara de otro modo implicaría que nadie sabría de qué obra está hablando.

Le avventure di Pinocchio debería llamarse Las aventuras de Pinocha, o si se quiere Las aventuras de Pinaza, o de Tamuja, o de Borrajo, o de Pinolo, o de Piñón. De hecho la primera traducción al español fue realizada por Luigi Bacci y publicada en Florencia en enero de 1900 (por encargo del embajador argentino en Roma) con el título Piñoncito o las aventuras de un títere. La elección de Bacci para el libro era perfecta, pero aunque los editores locos abundan no hay nadie que hoy esté tan loco como para llamarlo así.

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