martes 24 de mayo de 2022
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01-01-2022 23:55

De fines e infinitos

01-01-2022 23:55

No pude ver todavía la película de la que todos hablan bien y mal, pero sí me gustaría referirme al redescubrimiento del meteorito como metáfora de nuestra propia extinción en la melaza de la idiotez. Vivimos en una era donde lo obvio se vuelve obtuso. No sé si creadores con más espíritu clásico se enfrentaron a este problema con la brutalidad con la que lo cuerpean nuestros queridos contemporáneos.

Advertir del daño al planeta o de la necesidad de vacunarse ante un virus mortal son asuntos muy obvios, que –por tan elementales– generan todo un arco de desconfianza, procrastinación, pseudoanálisis y –en el fondo– una pereza que raya con la estupidez.

Decía que el metorito funciona como metáfora y su principal significado es la catástrofe, el puro efecto, tan veloz que jaquea nuestros acercamientos racionales a su naturaleza. El estudio de los meteoritos (tal como me quedó claro en mi última visita a Campo del Cielo, en Chaco, donde se registró la mayor caída sobre la Tierra) es muy diferente cuando el coso ya ha caído que cuando está por caer. El objeto en tierra es fuente formidable de información geológica, química, biológica, astronómica, filosófica, religiosa: para cualquiera de estos enfoques hay procedimientos científicos y es mucho lo que puede saberse (decirse) de ellos. Pero el objeto por caer entraña también una historia grandiosa.

¿Sabía usted que si un meteorito es muy grande es probable que desaparezca por completo en la explosión que produce al chocarnos? Hay un número crítico que surge del peso, la dureza del suelo y la velocidad del proyectil, que hace que no se puedan encontrar los meteoritos más gigantes. Si el meteoro cae en diagonal (y no perpendicularmente) atraviesa más atmósfera y su masa se reduce mucho más en la larga fricción. Si al tocar tierra llega más pequeño, es posible que la horade y se sepulte en su propio cráter. Los meteoritos más grandes que hemos encontrado en Chaco no fueron destruidos en el impacto, precisamente por no ser tan grandes al momento de caer. Y un dato duro aún más inquietante: los meteoritos representan solo el 1% de la materia extraterrestre llegada al planeta. El otro 99% está compuesto por micrometeoritos del tamaño de guijarros o areniscas que están cayendo todo el tiempo, como una caspa de restos del planeta o del misterio que alguna vez explotó o que no llegó a agruparse entre Marte y Júpiter. De hecho, ese cinturón de asteroides no es más que un enorme vacío, en el que cada pedazo de potencial meteorito se halla a unos cinco millones de kilómetros del próximo fragmento. La historia de la búsqueda de orden (de una calma creativa) en ese caos que está allí en el cielo es conmovedora y sí que merecería una película hermosa. 

Empieza así: en 1766 y 1768 Johann Titius y Johann Bode (muy creyentes) encontraron una curiosidad celestial: si a la línea 0, 3, 6, 12, 24, 48 (que duplica siempre la cantidad anterior) se le suma 4 y se la divide por 10 resulta que 0,4, 0,7, 1,0, 1,6, 2,8, 5,2, concuerda bastante con las distancias de los planetas en unidades astronómicas (UA). No se conocía aún Neptuno, que viola la norma; la ley de Titius-Bode predecía un planeta a las 2,8 UA. Pero allí no había nada. Les resultaba inconcebible que el Creador hubiese dejado vacío el espacio de una recta numérica ideal. En vez de dudar de esa casualidad numérica (hoy la sabemos casualidad) buscaron con ahínco el planeta que faltaba para que la Razón y la Fe gobernaran sobre el caos. Y apareció Ceres, un 1° de enero como hoy, pero de 1801, el más grande de esos fragmentos, triunfo del control del hombre sobre el mero azar. El regocijo de Giuseppe Piazzi, su descubridor, duró poco. Pronto aparecieron más planetitas: Palas, Juno, Vesta, Astrea y unos diez más. Como era imposible que dos planetas ocuparan la misma órbita, hubo que hacerse cargo del concepto de asteroide, que hacia el año 2012 rondaban ya los 600 mil.

La tela de nuestra ignorancia sigue inacabable, sobre todo cuando la razón es terca y se aferra a sus métricas anteriores. Ya lo dijo Einstein: “Dos cosas son infinitas: la estupidez y el cosmos”. El afán de conocimiento no puede seguir solo la línea recta de la verificación.